La lengua de las mariposas

Nunca he entendido a esos detractores del cine español que, para menospreciar la industria, argumentan que buena parte de la temática de nuestras películas versa en torno a la guerra civil. Si este contexto histórico sirve para ofrecernos obras de arte como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985) o, la que hoy nos ocupa, La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), bienvenido sea. No sólo me parece admirable sino, además, necesario. Porque, no lo olvidemos, el cine es un arte que debería aspirar a ser un fiel reflejo de nuestro tiempo y, queramos o no, la guerra civil forma parte de una historia no tan lejana como algunos piensan. No estoy hablando de posicionamientos ideológicos, ése es otro debate: a lo que me refiero es que, al igual que hacen los norteamericanos con sus Guerras de Secesión o sus conflictos de Independencia, aquí se pueda hablar algún día de nuestra historia sin que nos ruboricemos, sin que se caldee el ambiente y, lo más importante, sin que utilicemos este hecho como excusa para infravalorar a una larga lista de impecables artefactos audiovisuales, capaces de explicar mejor nuestro origen, nuestras raíces, que muchos libros de texto. 

Adaptando un relato del escritor Martín Rivas -aquí coautor, junto a Rafael Azcona y el propio director, de un texto galardonado con el Goya al Mejor guión adaptado-, José Luis Cuerda nos sitúa en La lengua de las mariposas en esa Galicia rural que ya exploró en otra de sus obras cumbres, El bosque animado (1987); en ella vive Moncho (Manuel Lozana), un niño de ocho años que, tras una enfermedad, se resiste a volver a la escuela, temeroso de que sus maestros le golpeen. Pero su caso será diferente al de una generación que sufría en sus carnes la represión educativa de la época: su maestro, Don Gregorio (un muy creíble Fernando Fernán-Gómez), es un hombre sabio, atento y contemplativo que le inculcará todo tipo de conocimientos, valores humanos y curiosidades. Así, el pequeño iniciará un largo proceso de madurez por el cual el pequeño aprenderá asuntos tan variopintos como el origen de la patata, la invención del submarino por parte de las arañas y, sobre todo, la necesidad de que las mariposas tengan la lengua en forma de espiral. Y es que, tal y como le dice su mentor, “la naturaleza es el espectáculo más sorprendente que puede mira el hombre”. Instruyéndolo además en la importancia de la lectura, aunque tan sólo sea para escapar del cierto futuro en el que estaban inmersos , Don Gregorio le dirá frases tan simbólicas como: “Los libros son como un hogar; es donde podemos refugiar nuestros sueños para que no se mueran de frío”. Pero, sobre todo, el maestro, firme defensor de cultura para adquirir una propia autonomía lejos de cualquier tipo de manipulación, le inculcará el valor de la libertad a través de una frase impecable que bien podría ser el lema de la película: “Si conseguimos que una generación, una sóla generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad”. 

La película apuesta por observar ese ambiente previo a la guerra civil a través de la lúcida mirada inocente de un niño, aspecto que evoca a esa ingenua observación de la realidad que hacía una jovencísima Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), película con la que comparte además un cierto aroma fantástico, aquí en forma de fábula infantil, sin que por ello se reste credibilidad a sus dramáticas situaciones. El único reproche que se le puede hacer a la obra de Cuerda es, al igual que sucedió con Los girasoles ciegos (2008), otra de su películas ambientadas en la guerra civil, es su patente imparcialidad. No sólo por presentar a los curas -figuras con las que, dicho sea de paso, no comulgo en absoluto- como personas amorales, fachas o reprimidos, sino por ese tramposo final que, aun estremecedor y desgarrado, manipula las emociones del espectador. En este tramo final, en el que sobresale el desencajado rostro de Fernán-Gómez, no sólo se nos presentan a los rojos como los salvadores, sin que sea patente un ápice de autocrítica, sino que cargan todas las tintas contra los nacionalistas o también denominados fascistas. A pesar de que Cuerda se ampara en todo su derecho de la libertad creativa, en mi modesta opinión creo que lo más inteligente hubiese sido no posicionarse en ninguno de los dos bandos y haber dejado patente que, como en todas las guerras, todos asesinan. Y que, por tanto, no hay culpables ni inocentes. Sólo culpables.

Con una portentosa banda sonora de un Alejandro Amenábar y nominada a 13 Goyas, La lengua de las mariposas es, sobre todo, un alegato a favor de la figura del maestro; un pilar educativo tan importante que puede llegar al punto de condicionar la vida del alumno para siempre. Ese fue el caso de un Moncho que, con el paso de los años se arrepentiría de por vida de cada una de las piedras que arrojó a su profesor, camino al matadero, en esa inolvidable estampa final. Quizá contenga una escena  de sexo un tanto innecesaria -a pesar de que sirva para retratar el despertar sexual del protagonista- y que dinamita en parte el carácter familiar que caracteriza la película, pero nadie puede negar que es un ejercicio intenso que remueve la conciencia. Ni siquiera esos detractores del cine español que, si tienen un mínimo de sensibilidad, sabrán apreciar la calidad artística y humana de esta joya. 

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