Que baje Dios y lo vea

No hay sensación más ingrata -ni más incómoda- a la hora de ver una película que la vergüenza ajena. Y esta es justo la sensación que provoca Que baje Dios y lo vea (2017), el debut en la dirección de Curro Velázquez, guionista del díptico Fuga de cerebros y creador de la exitosa serie Chiringuito de Pepe. Por más vueltas que le doy no logro encontrar la razón de la puesta en marcha de un film tan vulgar, plano, soporífero y mal realizado como este, en el que resulta una tarea titánica encontrar un aspecto que funcione. Confieso que vi la película el día de su estreno en los cines españoles pero he optado por esperar a que pasen varias jornadas para redactar mi crítica, ya que no quería que ésta fuese el fruto de un calentón, del tremendo enfado que me llevé por haber pagado por ver algo tan mal hecho. Pero lo cierto es que ahora, casi una semana después de haberla visto en pantalla grande, mi opinión no ha variado un ápice. A este crítico se le hace imposible hablar bien de un proyecto que pasará a mi memoria cinéfila como la peor película española de los últimos tiempos -aunque si le quitamos lo de “española” también vale-. 

Sigue leyendo

Anuncios

Ocho apellidos catalanes

En 2014 irrumpió un ciclón en la taquilla española que, contra todo pronóstico, arrasó con todo lo habido y por haber. El huracán Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro) se convirtió en un fenómeno social sin precedentes, dejando para la posterioridad unas cifras -más de 56 millones de € y casi 10 millones de espectadores- que le bastaron para ser la película española más taquillera de la historia. Me pongo, pues, en la piel de los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José -artífices indiscutibles del éxito de la primera parte, junto a otros factores como el carisma de Dani Rovira o la buena mano de Martínez Lázaro tras la cámara- a la hora de recibir la notificación de que se pone en marcha una secuela y que, de nuevo, ellos serán los encargados de escribirla, y siento auténtico vértigo. ¿Cómo igualar algo que es inigualable?; ¿Cómo superar un éxito que es insuperable? Y lo más importante: ¿cómo conseguir cumplir con las (altísimas) expectativas de un público cada vez más exigente? Los ex guionistas de Vaya semanita parecían tener la respuesta a todas estas preguntas: recurriendo al talento. Tan simple -pero tan difícil- como eso. 

8catalanes2-MagaZinema

Sigue leyendo

La madre muerta

En su segundo largometraje, Juanma Bajo Ulloa retorna a algunos de los temas que ya exploró en su primera película, Alas de mariposa (2001) -ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián-, como el sentimiento de culpa, la fragilidad de la niñez o el vínculo materno. Temas, todos, que el director vasco lleva en esta ocasión al extremo. Atípica dentro de la cinematografía española, La madre muerta (1993) también comparte con la opera prima del vizcaíno el afán por sorprender, la singular personalidad de su autor y su canon estético, equiparable al de Vacas (Julio Medem, 1992). Ganadora del premio a la Mejor Dirección en Montreal y del Goya a los mejores efectos especiales, sorprende lo cuidada que está en el plano visual, a lo que contribuye la fotografía de Javier Aguirresarobe. Bajo Ulloa, que demuestra un excelente manejo del lenguaje cinematográfico, consigue imágenes de gran belleza apostando siempre por el tiro de cámara más atractivo y el encuadre más singular, sin que el resultado caiga nunca en la pomposidad, en la artificiosidad de la que pecan otras producciones. 

la-madre-muerta Sigue leyendo

Ocho apellidos vascos

Si los prejuicios culturales de los habitantes de un país respecto a los de otro son difíciles de entender desde la óptica del sentido común, ni qué decir los que se producen entre los residentes de un mismo territorio. Los españoles tenemos muchas cosas buenas, pero hay una que, si no somos capaces de gestionar de una vez por todas, corre el riesgo de empañar todas estas virtudes: juzgar a nuestros vecinos a través de los tópicos. Disfrutar y reírse con éstos está bien, incluso es saludable, el problema viene cuando hay gente que los utiliza como alma arrojadiza. O, dicho de otro modo, para descalificar. Por este motivo se hace especialmente necesaria una película como Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014); cinta que, a pesar de situarse en las antípodas de lo trascendental, nos obliga a reírnos de nosotros mismos. Aunque es una comedia pura y dura, con una habilidad extraordinaria para no herir sensibilidades con un tema tan delicado como el nacionalista, si hay algo a destacar en la nueva cinta del director madrileño es su -inesperada, poderosa- lectura sobre la fraternidad, sobre todo en una coyuntura económica como la actual, en la que estar más unidos que nunca no sólo es recomendable, sino necesario. 

ocho_apellidos_vascos_01_0 Sigue leyendo