Las 13 Rosas

Además de demostrar que es uno de los directores más polivalentes del panorama español -tras aprobar con notar en la comedia con títulos como Amo tu cama rica (1991) o en el género musical –El otro lado de la cama (2002) y Los dos lados de la cama (2005)- Emilio Martínez Lázaro demostró con Las 13 Rosas (2007), que es uno de los realizadores más comprometidos con la historia de nuestro cine. Ambientada en la guerra civil española -un contexto que generó infinidad de desgracias tan dignas de ser contadas como la que retrata esta película-, Lázaro elabora un arriesgado ejercicio de homenaje cinematográfico al llevar a la pantalla la grande la historia de un grupo de jóvenes mujeres que fueron condenadas a la pena de muerte por el Tribunal Militar del Franquismo. Un argumento, que evoca a la posterior, La Voz Dormida (Benito Zambrano, 2011) y en el que el director se rodea, al igual que en la mencionada obra del sevillano, de un solvente cast femenino, en el que sobresalen Nadia de Santiago, Marta Etura, Verónica Sánchez y, muy especialmente, Pilar López de Ayala. El personaje de ésta última, además, se alza como fundamental en el relato, puesto que, católica y en contra de la República, es vital para contrastar el prisma de imparcialidad del film.

Las 13 rosas arranca con los que son, después de los de Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia, 2010), los mejores títulos de crédito de la historia del cine español. Líricos y emotivos -gracias, en buena medida, a la extraordinaria partitura de Roque Baños y a la no menos subrayable fotografía de José Luis Alcaine-, constituyen toda una declaración de principios de un director cuya máxima prioridad es filmar, con el corazón en la mano, la historia de este grupo de 13 mujeres víctimas de la sinrazón fascistaLas 13 rosas logra esquivar la absurda etiqueta de “una cinta más sobra la guerra civil” -como si los alemanas empleasen la misma vara de medir con cada una de las películas del holocausto que llegan a sus carteleras-, vista desde el bando que no ganó gracias a la verídica y desgarradora historia que hay detrás. Quizá el conjunto nos provoque una cierta sensación de déjà vu -aquí se vuelven a dar cita el Cara al sol, los “¡Arriba España!” o los “¡Viva la República!”– pero éstos se antojan como imprescindibles, junto con la notoria recreación del Madrid de la época, para  conseguir un alto grado de fidelidad histórica. 

Aunque peca de un comienzo algo titubeante y la primera parte de la película, correspondiente a la presentación de los personajes, no termina de despegar, es a partir de la segunda hora de metraje, correspondiente a la entrada en prisión de las protagonistas, cuando Lázaro se adentra de lleno en el drama y consigue imprimir de emoción un relato que hasta entonces no terminaba de asentarse debido a su carácter excesivamente coral y a una narración algo confusa. Las 13 rosas, por tanto, es un film que crece a medida que avanza el metraje, hasta desembocar en un final que, no por esperado, es menos emocionante. El director, a pesar de estirar en exceso su desenlace con el objetivo de que empaticemos con unos personajes con los que hasta entonces no habíamos conseguido conectar del todo, logra un desenlace sobrecogedor en el que es imposible emocionarse. 

Sin posicionamientos ideológico y reivindicando en todo momento el derecho a vivir en paz, quizá se eche en falta un mayor sentido del riesgo – en forma de inversión económica- en una película que podía haber dado mucho más de sí. No obstante, Las 13 rosas se alza como un encomiable documento histórico que atina en sus esfuerzos por recrear una España desolada y la perseverancia con la que se perseguían a quienes no comulgaban con una forma de gobierno putrefacta. La película, ganadora de 4 premios Goya de un total de 14 nominaciones, habla de seres humanos, de mujeres, muchas de ellas con descendencia, como el muy bien perfilado personaje de López de Ayala, Blanca Brisac, por lo que esta época, viva imagen del salvajismo, aún hay quien la sufre en la actualidad. Y parece que esto hay a quien se le olvida. Es por ello que no creo que cintas como estas abran viejas heridas, como diversos sectores apuntan. Todo lo contrario: se antojan imprescindibles para que cicatricen. 

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