La Mula

La mula (Michael Radford, 2013) llega a nuestro país después de más de tres años de conflictos legales que culminaron con la salida del director del proyecto a falta tan sólo de una semana para finalizar el rodaje. Las discrepancias con la productora y sus trifulcas con el Ministerio de Cultura motivaron al cineasta anglo-indio, que aquí también ejerce de guionista y coproductor, a renunciar al proyecto, hasta el punto de borrar su nombre de los títulos de crédito. Lástima que lo que podría no haber trascendido de la anécdota se convierta en algo más serio cuando este hecho actúa en detrimento a la calidad de la cinta en relación con el montaje, casi caótico. Con todo, esta adaptación homónima de la novela de Juan Eslava Galán  -que se inspiró en la vida de su padre, un herrador del frente- sorprende. Y, además, está confeccionada para dejar buen sabor de boca en el público. Emotiva y tierna a partes iguales, La Mula es, ante todo, un ejercicio cinematográfico valiente, ya que es una de las pocas veces en las que una cinta ambientada en la guerra civil española se narra bajo la perspectiva nacional, y no desde la óptica republicana, algo a lo que el cine patrio no nos tiene acostumbrados. Además, se sitúa en las entrañas del conflicto, en las propias trincheras, una posición desde la que también rompe varios tópicos.

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Este alegato antibelicista narra la historia del cabo Juan Castro (Mario Casas), que a falta tres meses para que finalice el conflicto armado, se hace amigo de una mula abandonada en un frente fratricida de Andalucía. En ella ve la compañía que tanto necesita, además de la esperanza para su trabajo en el campo en su pueblo natal de Jaén, al que tiene previsto regresar en breve. Además, en materia amorosa conocerá a Conchi (María Valverde), una joven de ideas fascistas de la que no tardará en enamorarse. A partir de estos hechos se va diseñando una obra a la que, conflictos legales aparte, se le nota el amor y el cariño con el que ha sido rodada. La Mula no está dispuesta a reabrir heridas, sino a sanarlas, y hace gala para ello de un excelente sentido del humor que, en su mayoría, emana del personaje del Chato (Secun de la Rosa) o de tronchantes escenas como la de ese cura montado en la mula. A nivel actoral la película no puede estar mejor, incluido Mario Casas, que demuestra que es algo más que Hache de A 3 metros sobre el cielo (Fernando González Molina, 2010) y firma, junto con Grupo 7, su mejor papel. Su trabajado acento andaluz y su potente carisma le hicieron merecedor de la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, donde se presentó la película. Los secundarios también están a la altura.

Fábula entretenida y entrañable, La Mula tiene esa personalidad y ese reconocible aroma que la hacen asemejarse con las películas italianas de la segunda mitad del siglo XX que retrataban la época de Mussolinni, firmadas por cineastas de la talla de Ettore Scola –Una jornada particular (1977)- o Luigi Comencini. Quizá carezca de la falta de pretensiones de éstas, pero tampoco las necesita. El gran problema de La mula es, junto con su pobre calidad fotográfica, su alarmante estrechez presupuestaria, ejemplificado en unos decorados de cartón piedra y en las escenas de los ataques, de esencia televisiva. Se echa en falta una puesta en escena más contundente que acompañe el lapidario mensaje de la película: la lucha de la libertad y la estupidez de la guerra, tal y como se desprende una de sus escenas capitales, en la que se apunta eso de: “prefiero que me cojan muerto a vivir sin libertad”. También es remarcable el fragmento final del pozo, que deja entrever como el proceso de maduración que ha supuesto la guerra para Castro ha llegado a buen puerto. Todo bajo una banda sonora de Óscar Navarro que destaca por su esencia melancólica y afligida, por su virtud, en suma, de poner los pelos de punta y dotar de carácter épico a la producción. 

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Por encima de su conflicto principal, el director de El cartero (y Pablo Neruda) -1994-, firma una película en la que reivindica la humildad y la sencillez como valores supremos, de ahí que Valentina, el inseparable animal del protagonista, simbolice estas virtudes, cada vez más exiguas. La Mula no es una cinta que pasará a la historia, pero permanecerá como un digno documento que encara un tema espinoso sin prejuicios, suma coherencia y refrescantes gotas de humor. 

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Un pensamiento en “La Mula

  1. De acuerdo de nuevo contigo. Me quedo con esa sencillez y esa ternura de la que hace gala la historia. Lo de la labor de montaje y fotografía es de escándalo.

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