Amanece, que no es poco

Una mujer que da a luz veinte minutos después del acto sexual; hombres que brotan de en medio de un bancal; un señor que confiesa a la policía, con toda la tranquilidad del mundo, haber matado a su mujer; personajes que comienzan a volar -literalmente- de golpe y porrazo; votaciones populares para presentarse a adúlteras, putas, monjas o marimachos; una declaración de amor a una calabaza…. La cosmología de personajes peculiares y la lista de surrealistas situaciones que nos proporciona Amanece, que no es poco (José Luis Cuerda, 1988) es tan refrescante como, sin duda, alérgica a cualquier lógica. Paradigma del cine del absurdo, este título de culto del cine español -a pesar de que en su estreno pasó inadvertido- ha ido despertando la fascinación de varias generaciones hasta consolidarse como un espectáculo imprescindible. Si, a día de hoy, un extraterrestre aterrizase en el planeta Tierra y tuviese que explicarle cómo es España, me ahorraría el sermón y le pondría esta película. Cima del humor patrio, el trabajo del director de La lengua de las mariposas (1999) es un espejo de lo que fuimos, de lo que somos y, muy probablemente, de lo que seremos. Una sangría de situaciones cada cual más esperpéntica a la que jamás se le podrá recriminar su incoherencia porque la vida real, queramos o no, le gana por goleada.

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La lengua de las mariposas

Nunca he entendido a esos detractores del cine español que, para menospreciar la industria, argumentan que buena parte de la temática de nuestras películas versa en torno a la guerra civil. Si este contexto histórico sirve para ofrecernos obras de arte como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985) o, la que hoy nos ocupa, La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), bienvenido sea. No sólo me parece admirable sino, además, necesario. Porque, no lo olvidemos, el cine es un arte que debería aspirar a ser un fiel reflejo de nuestro tiempo y, queramos o no, la guerra civil forma parte de una historia no tan lejana como algunos piensan. No estoy hablando de posicionamientos ideológicos, ése es otro debate: a lo que me refiero es que, al igual que hacen los norteamericanos con sus Guerras de Secesión o sus conflictos de Independencia, aquí se pueda hablar algún día de nuestra historia sin que nos ruboricemos, sin que se caldee el ambiente y, lo más importante, sin que utilicemos este hecho como excusa para infravalorar a una larga lista de impecables artefactos audiovisuales, capaces de explicar mejor nuestro origen, nuestras raíces, que muchos libros de texto. 

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