La librería

La librería (Isabel Coixet, 2017) es uno de esos caramelos envenenados que de cuando en cuando llegan a la gran pantalla. Todo vaticina que será una película de esas que muchos cinéfilos denominamos como “agradables de ver”. Desde el cartel promocional, hasta el tráiler o la propia sinopsis nos vaticinan una obra bonita, liviana, sin más trascendencia que su bonita fotografía y el toque intimista necesario para que salgas del cine con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. Cierto es que la nueva obra de la directora, una nueva cima en una carrera plagada de éxitos, es una película con mucho, muchísimo encanto, y su fotografía, en efecto, es preciosa, pero de liviana no tiene absolutamente nada. Algo lógico, por otra parte, viniendo de quien la firma. Estamos ante una cinta exquisita trufada de sensibilidad, emoción y humanidad que aparenta ser extremadamente simple cuando en el fondo es extremadamente compleja, pura dinamita. Un trabajo que habla de tantos temas y de forma tan natural que parece que no está contando nada cuando, en realidad, te lo está contando todo.

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Nadie quiere la noche

A lo largo de su prolífica carrera, Isabel Coixet ha alumbrado éxitos mayúsculos –La vida secreta de las palabras (2005), Mi vida sin mí (2003)-, películas aceptables –Aprendiendo a conducir (2014), Ayer no termina nunca (2013)- y otras directamente olvidables –Mi otro yo (2013)-. ¿En cuál de las tres categorías se podría situar Nadie quiere la noche (2015)? Para hacerlo quizá haya que crear otra nueva categoría que oscilase entre la primera y la segunda, es decir, grandes películas a las que, sin embargo, les faltan el empujón definitivo para hacerlas imprescindibles. De lo que no cabe duda es que Nadie quiere la noche está entre lo mejor de su cosecha de la directora catalana, no ya tanto por su ambición técnica -rodaje extremo a temperaturas de 23 grados bajo cero a través del que se consiguen planos de gran poderío visual-, sino por su magnífico retrato de los sentimientos. Estamos, sin duda, ante uno de los trabajos en los que la cineasta mejor plasma las emociones humanas, como la angustia, el dolor, la desesperación, la incertidumbre, el amor, la complicidad o el afecto. Y lo que es mejor: sin caer en la lágrima fácil, con ingentes cantidades de verdad.

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Ayer no termina nunca

Hay veces en la vida en la que lo das todo por sentado, disfrutas con el sabor de la estabilidad para, de repente, encontrarte a la deriva. La quiebra de los sueños es una realidad que nos puede golpear en cualquier momento, sacando a relucir la fragilidad de un ser humano que creía tenerlo todo atado y bien atado. Es lo que nos cuenta Isabel Coixet en Ayer no termina nunca (2013), una película que contentará a los fieles seguidores de la catalana pero que, como de costumbre, echará a patadas de la sala al resto. Cine independiente en su máximo nivel, esta vulnerabilidad de la que hablamos aquí se refleja en una pareja que ha pasado cinco años distanciada a raíz de la muerte de su hijo por una negligencia hospitalaria consecuencia de los recortes. Él (Javier Cámara) decidió poner tierra de por medio y emigrar a Alemania. Ahora, en esa España asolada por la miseria del 2017 en el que se ambienta la acción, vuelven a reencontrarse. Y no importa tanto revivir los motivos que le obligaron a marcharse como todas las emociones que se despiertan al volverse a tener cara a cara. Frente a frente. 

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Cosas que nunca te dije

Que Isabel Coixet es una de las directoras españolas de más inclasificable personalidad no es ningún secreto; la realizadora catalana sorprendió a propios y extraños con Cosas que nunca te dije (1996), su segundo largometraje, una cinta romántica que, como digo, no es una historia de amor al uso. Coixet convierte este relato, que parte con una ruptura, en una eficaz reflexión acerca sobre la pérdida, frustración y, en definitiva, el vacío que provoca el desamor. Como si se estuviese desnudando emocionalmente, la cineasta se vuelta por completo en una película intimista, sincera, sin artificios, de aspecto frágil y delicado pero construida sobre pilares de hierro, de cuidada ambientación y sustentada por un guión sólido, repleto de frases que trascienden su mera condición literaria y se convierten en auténticas lecciones de vida, como la que reza: “Puedes amar tanto a una persona que tan solo el miedo a perderla haga que lo juegas todo y acabes perdiéndola”, y que es la detonante de la acción dramática. Aunque, si tuviese que escoger una de ellas, sería la que inspira al título del film: “Las cosas que nunca se dicen suelen ser las más importantes”. Una afirmación nada circunstancial en una obra que, por encima de todo, aboga por expresar en todo momento lo que dicta el corazón con la persona que queremos porque, en ocasiones, la vida no concede segundas oportunidades. A veces, decir “te quiero” a tiempo puede ser la solución.

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