Asesinato en febrero

Asesinato en febrero (Eterio Ortega Santillana, 2001) supuso un paso decisivo en la carrera del considerado El Productor en mayúsculas del cine español: Elías Querejeta. Aunque el documental no es un género que le fuese ajeno –El desencanto (Jaime Chávarri, 1976); La espalda del mundo (Javier Corcuera, 2000)-, en este trabajo el productor de Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002) firmó en solitario el guión de uno de ellos. El éxito fue tal, que repitió en su siguiente ejercicio de compromiso en su lucha contra ETA y su última contribución al género documental: Al final del túnel (2011), del mismo director, centrado esta vez en el final de la histórica banda armada. Encargado también de la producción, Querejeta afianzó en Asesinato en febrero su compromiso con la sociedad en general, y vasca en particular, al abordar la lacra de la organización terrorista ETA y, muy especialmente, de cómo sus atentados tienen consecuencias irreparables en los familiares y amigos de las víctimas. El guionista se centra en el caso concreto del dirigente socialista vasco Fernando Buesa, asesinado por la banda cuando caminaba por el campus de Vitoria de la Universidad del País Vasco por un coche-bomba que costó también la vida a su escolta, el erzaina alavés Jorge Díez Elorza, miembro de la Policía Autónoma Vasca. Con este punto de partida, las personas más allegadas harán un repaso por sus vidas y ofrecerán su réplica a los que piensan que una determinada tendencia política justifica un asesinato.

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Asesinato en febrero consigue transmitir perfectamente lo que sienten los más allegados de las víctimas -aunque también ellos lo son-; no tardamos en perdernos en las miradas de los familiares y amigos de Fernando y Jorge y empatizar con unos seres que son una lección de dignidad; una personas en las que no hay espacio para la venganza, pero sí -y con toda la razón del mundo- para el odio. Desarmantemente humanos, sus testimonios no son meras opiniones personales, sino la crónica de una época, una impecable forma de ilustrar uno de los capítulos más oscuros de la historia de España. Y todo mientras dejan entrever ese pozo de angustia irreparable del que nunca llegarán a salir del todo. El documental se muestra consciente de que ETA forma parte de la memoria colectiva de un país, y su simple voluntad de ponerlo en marcha ayuda a que nunca se olvide la barbarie que durante medio siglo ha sacudido España. 

A pesar de que un método de narración algo convencional, Asesinato en febrero sorprende intercalando las meras declaraciones a cámara con el testimonio -en primera y tercera persona- de un narrador al que nunca llegamos a ver del todo que explica de forma clarificadora la forma de operar de la banda; a través de su misteriosa voz el público medio entiende un poco mejor cuál es el proceso operativo de un atentado y toda la maquinaria logística para perpetrarlo, como el hecho de conocer muy bien el escenario escogido para ello. El resultado final presume de entidad propia, mezclando los tópicos de este tipo de trabajos -voz en off, fotografías-, con un sentido poético -la forma de filmar la naturaleza- que lo diferencia del resto y que, a su vez, es lo que desprende ese aliento a esperanza, lo que ayuda a taponar ese odio con el que diariamente viven estos familiares. En cualquier caso, si algo me ha llamado la atención de este trabajo es cómo, a pesar de la materia prima sobre la que trabaja, se muestra alérgico a las lágrimas y al dolor explícito; es más, el objetivo de la cámara  se apaga precisamente en el momento en el que el dolor de los familiares se hace más visible, algo de admirar. No es que la postura contraria hubiese sido reprochable -al fin y al cabo hubiesen mostrado la realidad tal cual es-, pero se agradece ver cómo un trabajo acerca de las consecuencias de la violencia armada sobre las personas que la sufren de cerca no se deja seducir por el morbo y el tremendismo. Su único matiz violento llega al final, con esa explosión que dinamita los sueños y esperanzas no sólo de quienes conocían a estas dos figuras de la sociedad vasca, sino de todos los que soñamos con un mundo en paz. 

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No es el trabajo más conocido de Querejeta, qué duda cabe, pero puede que sea una de sus obras más comprometidas y valientes -no olvidemos que en la fecha de su estreno, sólo un año después de los acontecimientos aquí narrados, la banda terrorista seguía a pleno rendimiento en su hora de derramar sangre inocente-. Un documental imperdible que cosechó un gran éxito en la semana de la Crítica del Festival de Cannes que refleja de forma casi inédita lo que queda en el mundo del terrorismo cuando el criminal esconde sus armas, los manifestantes vuelven a sus casas o los políticos apagan sus micrófonos;  el perpetuo silencio, la injusta soledad y la latente oscuridad en la que viven las verdaderas protagonistas de esta historia, las únicas a las que hay que tener compasión y a las que rinde tributo este trabajo: las víctimas. 

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