Villaviciosa de al lado

Se apagan las luces y comienza la película en la sala del cine. Me dispongo a ver una comedia popular, un género injustamente denostado que a lo largo de su historia le ha dado grandes alegrías al cine español. Y, no seamos hipócritas, también nos ha hecho reír. Películas mejores y peores, hechas con más o menos sutileza, que nos han enseñado a reírnos de nuestras miserias, radiografiando en la mayor parte de los casos un país a la deriva. No será este cronista el que se sume al carro de los puritanos, de esos intelectuales gafapasta que huyen como de la peste de todo lo que contenga la palabra “popular”. Yo amo y defiendo todo tipo de comedia, también la popular. El problema es que todo tiene un límite y que, como en todos los géneros o subgéneros -comedia negra, comedia refinada, comedia popular…- las películas se miden por diferentes patrones de calidad. Y Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016), el último exponente de un tipo de cine que aún sigue llenando las salas en nuestro país, es un claro ejemplo de que risas y calidad no van necesariamente de la mano.

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Vi esta película en una sala de cine absolutamente abarrotada, con aproximadamente 400 personas. Y doy fe que durante los 90 minutos de función la gente reía sin parar, muchos incluso lloraban de la risa. Objetivo cumplido: Nacho G. Velilla consigue hacer reír con su nuevo trabajo, que supongo era lo que pretendía. El problema es cuando pasamos a analizar el tipo de humor o, mejor dicho, la calidad de los diálogos de una película que no tiene ningún miedo al ridículo y que, en más de una ocasión, logra provocar ese sentimiento tan ingrato como es la vergüenza ajena. Cuando al primer minuto de película un personaje afeminado le dice a otro: “te lo he dicho por activa y por pasiva”, y éste le responde: “tú eres más de pasiva”, ya nos hacemos una idea de por donde van a ir los tiros. El problema es que lo que podía haber sido un desliz de los guionistas, un ¿chiste? inmundo, simple y grueso que nunca debería haber estado ahí, no es más que un breve anticipo de lo que está por venir. Resulta imposible contar todos los chistes fáciles sobre putas, negros y maricones que aglutina la película, algunos tan elaborados como decirle a un personaje negro que “se ha quedado blanco” cuando recibe una noticia sorprendente. La sala, claro, estalla en risas. ¿Deberíamos por ello considerar al libreto de la película El Manual de Buen Humor? Evidentemente, no. Más bien todo lo contrario: ni adherirse bajo el epígrafe de “comedia popular” ni la legítima y sana voluntad de su director por querer llenar las salas de cine, justifica una película rancia, machista, desfasada y, salvo un par de escenas contadas, carente de gracia alguna.

Confieso que yo no soy de los buscan estrictamente el humor más elaborado. Me puedo reír con las películas de Torrente -a las que el director hace un guiño en la película en una escena en la que en el cineclub del pueblo se programa Sucedió una noche, en una clara alusión de que ambos tipos de cine son compatibles- y con la comedia más refinada de Billy Wilder. Y ambos cines, ojo, me parecen igual de dignos. El problema es que, insisto, existen líneas rojas. Y Villaviciosa de al lado no es que las pise, es que las cruza sin ningún tipo de pudor. Situaciones carentes del más mínimo ingenio, personajes estereotipados hasta el límite, la sensación de estar rodada con el piloto automático a todo trapo, frases que sonrojarían al mismísimo Ozores… Sinceramente no veo qué diferencia hay entre esta película y toda esa oleada de comedias populares que arrasaron en la España de los 70 y 80, con Pajares y Esteso a la cabeza y que, los que amamos y defendemos el cine español, intentamos olvidar. De nada sirve que el empaque técnico de la película sea sobresaliente si su contenido es insustancial, frívolo y de una simpleza que sonroja.

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Da pena ver cómo una de las mentes de comedia más importantes de nuestro país se ha hecho cargo de una película tan absurda, en el que ni su aparentemente original argumento es original -está basada en un hecho real-. Ni un fantástico Leo Harlem en su salto a la gran pantalla -de lejos, lo mejor de la película- en el papel de político corrupto, ni todo su extraordinario plantel de secundarios -sin una frase ingeniosa a la que aferrarse, manda narices- ni las dos mejores escenas de la película -la de la procesión y la de la carrera de tractores- salvan del desastre un trabajo que demuestra lo difícil que es hacer humor de calidad y, al mismo tiempo, lo fácil que es llenar una sala de cine cuando construyes tu película en base al humor de caca-culo-pedo-pis. Literalmente.

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