Toc toc

Era cuestión de tiempo la adaptación cinematográfica de la exitosa obra de teatro “Toc toc”, escrita por el autor y humorista francés Leaurent Baffie. Estrenada en más de 20 países y representada durante 9 años ininterrumpidos en el Teatro Príncipe Gran Vía -lo que la convierten en la obra de teatro más longeva de la cartelera madrileña-, no cabe duda que Toc toc” tenía altas posibilidades de ser llevada al cine, aunque la materia prima no fuera excesivamente original ni nada del otro mundo. Con todo, era una responsabilidad trasladar a fotogramas este éxito internacional y el escogido ha sido Vicente Villanueva, autor de Lo contrario al amor (2011) y la desternillante e infravaloradísima Nacida para ganar (2015), donde Villanueva demostró un gran dominio de los códigos de la comedia. Y lo cierto es que en esta adaptación homónima (2017) el cineasta sigue estando en plenas facultades y vuelve a dar una lección de cómo hacer alta comedia. Y demuestra, y he aquí el gran mérito del autor, que la alta comedia no tiene que ser necesariamente aburrida ni gris, sino que puede habitar en un proyecto como este, con una clara vocación comercial y de apariencia fresca y ligera.


La película gira en torno a seis personajes aquejados de TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) que coinciden en la sala de espera de un reputado psicólogo. A lo largo de sus casi 100 minutos, el film narra las tronchantes peripecias de estos 6 personajes en un espacio reducido mientras esperan al experto para que los trate. Sería interesante dividir la película en dos bloques a mi juicio claramente diferenciados: una primera mitad que sirve como -excelente- presentación de los personajes y en la que apreciamos cómo van llegando uno a uno a la consulta y, por otro lado, una segunda mitad en la que ya están todos reunidos y comienzan a interactuar entre ellos. Ambos bloques son igual de estimables y gozan de un excelente sentido del ritmo, aunque es en el segundo donde esta propuesta cinematográfica con pegadiza banda sonora de Macaco alcanza sus mayores cotas de comicidad. Algunos momentos, incluso, podrían pasar a adscribirse entre las mejores escenas cómicas del cine español contemporáneo.

Era fundamental en una película de estas características, eminentemente teatral y en la que la única acción consiste en las manías y trastornos de los propios personajes, contar con un reparto de excepción. Y lo cierto es que Villanueva se ha rodeado de la mejor troupe actoral posible. Es imposible quedarse con uno de los actores que integran la función porque todos están fabulosos, aunque quizá sea Alexandra Jiménez quien destaca por encima del resto. La que es sin duda una de las actrices mejor dotadas de su generación demuestra una vez más su extraordinaria vis cómica, su increíble manejo de la gestualidad y, en definitiva, una entrega absoluta a la causa. Junto a ella sobresale también un excelso Paco León -que se reencuentra con Jiménez tras Embarazados (Juana Macías, 2016)- y una Rossy de Palma absolutamente en su salsa; todas y cada una de las intervenciones de la actriz son para enmarcar -ojo a su ataque en mitad de la película al percatarse de que no lleva las llaves de casa en el bolso, un momento glorioso-. Sorprende de todas maneras el gran equilibrio que hay entre todos los personajes, en los que prácticamente ninguno destaca sobre otro, concediendo a todos casi la misma importancia.

Pasando por alto su final algo previsible -la sorpresa final no es tan sorpresa-, es agradable ver lo bien que se maneja el director en un espacio tan reducido, haciendo bailar la cámara -y a los actores- de forma constante, regalándonos unos tiros de cámara fugaces y originales que ayudan a que la función mantenga el tono en todo momento. Rodada prácticamente en un único espacio -la cámara sólo sale fuera de forma puntual para contextualizar a los personajes-, Toc toc no da tregua, y cumple su máxima -hacer que el público se pase la hora y media riendo sin parar- con matrícula de honor. Endiabladamente entretenida, trufada de diálogos que atesoran ingenio, la película no tiene más intención que hacernos pasar un buen rato y evadirnos de nuestros problemas -que no es moco de pavo-, aunque el trasfondo está ahí: saber reírnos de nosotros mismos y el inmenso respeto que hay que tener a los demás. Y es que si la obra teatral, primero, y la película, después, han conectado tan bien con el público es porque, quizá, nosotros mismos no nos situemos tan lejos de esos personajes, tan imperfectos como cualquier espectador. Al fin y al cabo quien esté libre de manías, vicios o excentricidades que tire la primera piedra.

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