Mil cosas que haría por ti

Siempre he defendido la idea de que si no tienes dinero para hacer una película en condiciones, mejor no la hagas. Ni qué decir ya del talento. Si el tema económico es importante a la hora de ofrecer un producto de calidad -a pesar de que hay películas excelentes rodadas con presupuestos ínfimos-, el talento es directamente crucial. Y me temo que Dídac Cervera no ha contado ni con una cosa ni la otra para su debut en el largometraje, la vergonzante y por momentos bochornosa Mil cosas que haría por ti (2017). Sería muy aventurado por mi parte asegurar que el director no posee el talento ni el ingenio para rodar una película sin que el sentimiento de vergüenza ajena asalte al espectador desde el minuto uno, pero desde luego esto es lo que consigue con su opera prima. Cervera ha estrenado su filmografía con una cinta soporífera, increíblemente aburrida y carente del más mínimo sentido del ritmo. Y lo que es todavía peor: que no tiene el más mínimo pudor en tratar al público como si fuera tonto. Sólo así se explica que se haya puesto en marcha un proyecto que atenta de forma severa contra la inteligencia del espectador. 

Vendida erróneamente como una comedia alocada y divertida -no es ni una cosa ni la otra-, Mil cosas que haría por ti narra ¿en clave de humor? las peripecias a las que tiene que enfrentarse Dani (Peter Vives) para recuperar a su novia (Iris Lezcano), la cual rompe con él después de que este pierda el reloj que le regaló. El argumento, ya de por sí, es de aúpa. No hay más. Un protagonista que se pasa toda la película intentando recuperar un reloj. La cosa podría tener su gracia si tras las cámaras estuviese alguien que convirtiese una premisa argumental tan absurda en un ejercicio de vodevil, disparatado y con cierta gracia. Ni por asomo. Más bien todo lo contrario. Desde esa primera escena en la que se ve al protagonista corriendo tras la policía ya se divisa que lo que debería ser un ejercicio con la entidad cinematográfica suficiente se trata más bien de un (mal) trabajo de fin de carrera por algún estudiante de Audiovisuales. Es muy incómodo para el espectador no poder desprenderse ni un minuto de ese sentimiento tan ingrato como es la vergüenza ajena mientras ve una película, máxime después de haber pagado más de 7 euros por verla en el cine como fue mi caso. Si eso no es una tomadura de pelo se queda cerca. 

La lista de aspectos olvidables de esta producción en la que es imposible encontrar un gramo de talento es infinita: puesta en escena televisiva, efectos especiales de saldo, pobreza de los decorados -si no hay dinero ni siquiera para construir escenarios en condiciones donde se desarrolla la acción, mejor quédate quieto y dedícate a otra cosa-, y actores de saldo que no tienen ningún pudor en doblarse a ellos mismos al castellano, ya que la película está rodada en catalán. Y aquí radica uno de los principales problemas de la producción cinematográfica de este país: creer que los actores que ruedan en las otras lenguas oficiales de España están capacitados para ejercer de dobladores, cuando es una profesión complejísima que requiere a profesionales cualificados. Es extenuante ver a un actor doblado a sí mismo, y más en este caso en el que ni los actores ni el doblaje son mínimamente aceptables. Lo único salvable del film son los momentos protagonizados por Carmina Barrios, una titán de la escena que tiene un par de momentos muy divertidos. Es ella y su hijo en la ficción, Jordi Vilches, los que aportan la gracia y la chispa que el resto de película no tiene. Gran torpeza del director por desaprovechar a los dos únicos actores con el potencial suficiente de haber levantado su película. Ambos, absolutamente brillantes en sus respectivos papeles, están relegados injustamente a un muy segundo plano. 

Han comparado esta película con el cine de Woody Allen -por esa insistente e irritante manía del director por hacer que sus actores miren a cámara- o con el humor absurdo de Homer Simpsons, pero me temo que meter en la misma lista a Allen o la venerable familia amarilla debería ser catalogado directamente como delito.  Hay películas que pivotan en torno al humor absurdo y funcionan como un cohete, el problema es que aquí se extirpa la palabra “humor” para quedarse simple y llanamente con la de “absurdo”. Lo más irritante es que el director se cree que está haciendo un trabajo original y novedoso cuando ninguno de los elementos que lo componen lo es -los toques surrealistas del film o el propio hecho de hablarle a la cámara ya lo han hecho un millón de directores antes, y entendiendo algo que Cervera no entiende: que son elementos que deben sumar, no restar-. Película injustificable se mire por donde se mire, Mil cosas que haría por ti es una mezcla de thriller y fantasía indigerible, risible y sin la más mínima lógica. ¿Algo bueno? Dura poco: poco más de 80 minutos, aunque realmente parezca el doble. Un desastre. 

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