La noche que mi madre mató a mi padre

Han pasado varios días desde que disfruté de La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016) en pantalla grande y todavía sigo riendo recordando muchos de sus puntazos. Confieso que esto me sucede con un número muy reducido de películas; son pocas las que consiguen que me ría a carcajada limpia durante toda la función -algo que, en los tiempos que corren, se agradece-, pero prácticamente ninguna la que tiene la habilidad de seguir provocándome la risa días después de su visionado. Conviene decirlo alto y claro: la segunda película en solitario de la directora y guionista Inés París -la tercera, si contamos el documental sobre mujeres negras africanas Manzanas, pollos y quimeras (2013)-, escrita junto a Fernando Colomo, es un trabajo imprescindible. Una de esas sorpresas cinematográficas que convienen que no pasen desapercibidas porque está pensada exclusivamente para el público. ¿Esto qué quiere decir? Que hay prácticamente un 100% de posibilidades de que la gente que la vea salga encantado, como me consta que está ocurriendo. En unos tiempos de películas predecibles, de fórmulas manidas y de tópicos varios, se agradece -y mucho- un artefacto tan original y sorprendente como este, en el que nunca sabes lo que va a ocurrir en la siguiente escena y mucho menos cómo va a terminar. 

rueda

Estamos ante una de esas películas ante las que conviene saber lo mínimo posible antes de disfrutarla; por tanto, cuanto menos indaguemos en su argumento, mejor. Pero en líneas generales podemos decir que narra la historia de una pareja –Isabel (Belén Rueda) y Ángel (Eduard Fernández)- que  intentan convencer durante una cena en su casa al prestigioso actor argentino Diego Peretti para que protagonice su nueva película. En la velada también estarán presentes la ex mujer de Ángel y el ex marido de Isabel, que se presenta por sorpresa junto a su nueva novia. Sin embargo, lo que podría haber sido una cena idílica, se transforma en un disparate de dantescas proporciones. Comedia frenética con aires de vodevil, La noche que mi madre mató a mi padre es una película genialmente escrita e interpretada que, además de hacernos reír, rinde un homenaje más o menos velado a la literatura -con Ágatha Christie como máximo referente-, al teatro -con Yasmina Reza como principal inspiración- y al cine -aquí hay mucho de directores como Woody Allen o Frank Capra, pero también de películas como Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976) o Arsénico por compasión (Capra, 1944)-.

Uno de los principales bastones de esta cinta de atractivo título, como digo, es su espléndido reparto. Los actores no pueden estar mejor en sus respectivos papeles. Y aunque todos brillan con luz propia -una María Pujalte pasada de copas, un Eduard Fernández divertidísimo en el papel de guionista neurótico, Peretti interpretando una versión algo distorsionada de sí mismo…- la gran sorpresa del film es una Patricia Montero que manifiesta en este trabajo su espectacular salto adelante como actriz desde que la conociésemos hace años en televisión. Montero va a sorprender, y mucho, con uno de esos papeles que son una auténtica golosina para cualquier intérprete. Los actores, que imantan la pantalla enriqueciendo con mil matices cada uno de sus personajes, llevan el peso de la acción con soltura. A pesar del tono de autoparodia, de no querer nunca tomarse en serio a sí misma, los actores se toman muy en serio a sus personajes y defienden con uñas y dientes unos gags inspiradísimos que harán reír a todo tipo de público: desde el que busca la risa sin más, hasta al amante del humor inteligente que no se conforma con el chiste fácil, sino que busca un trasfondo, una cierta carga crítica -en este caso los dardos de la creadora están claros: el egocentrismo de las estrellas, la incapacidad de superar los fracasos personales, el machismo en el mundo del cine y un largo etcétera-. 

La noche

Aunque la película no es redonda y que se lo podría haber exigido mayor dosis de mala leche, sí que es una de esas joyas que de cuando en cuando llegan a las carteleras y que, con la única promoción de su buen boca-oreja, intentan hacerse hueco en medio de capitanes américas, superhéroes varios y mega taquillazos americanos de toda índole. Galardonada con el Premio del Público en el Festival de Málaga, La noche en que mi madre mató a mi padre es cine de evasión de primera categoría que demuestra lo alto que puede llegar el cine español cuando hay un buen guión de por medio y unos buenos intérpretes que lo defienden. Y, sobre todo, confirma el inmenso talento de Inés París, quien pilota esta nave de locura y enredo, este glorioso invento que dan ganas de ver una y otra vez, con una gracia, elegancia y un sentido del ritmo difícil de encontrar en el cine actual. 

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