Que baje Dios y lo vea

No hay sensación más ingrata -ni más incómoda- a la hora de ver una película que la vergüenza ajena. Y esta es justo la sensación que provoca Que baje Dios y lo vea (2017), el debut en la dirección de Curro Velázquez, guionista del díptico Fuga de cerebros y creador de la exitosa serie Chiringuito de Pepe. Por más vueltas que le doy no logro encontrar la razón de la puesta en marcha de un film tan vulgar, plano, soporífero y mal realizado como este, en el que resulta una tarea titánica encontrar un aspecto que funcione. Confieso que vi la película el día de su estreno en los cines españoles pero he optado por esperar a que pasen varias jornadas para redactar mi crítica, ya que no quería que ésta fuese el fruto de un calentón, del tremendo enfado que me llevé por haber pagado por ver algo tan mal hecho. Pero lo cierto es que ahora, casi una semana después de haberla visto en pantalla grande, mi opinión no ha variado un ápice. A este crítico se le hace imposible hablar bien de un proyecto que pasará a mi memoria cinéfila como la peor película española de los últimos tiempos -aunque si le quitamos lo de “española” también vale-. 

Esta producción de Morena Films y TVE gira en torno a un conjunto de monjes que deciden apuntarse a un torneo de fútbol con el fin de que no cierre el monasterio en el que viven, declarado en quiebra. El problema es que nadie sabe jugar al fútbol y que ganar dicha competición no será tarea fácil. En primer lugar llama la atención la tremebunda simpleza argumental de la película, que consiste básicamente en rellenar hora y media de metraje con monjes en sotana jugando al fútbol. En segundo lugar, y esto es mucho más llamativo, me parece increíble que existan espectadores que encuentren graciosa una película que se entrega por completo -y sin ningún tipo de pudor- al humor más chabacano, absurdo, infantil y, lo que es más doloroso, ridículo. Porque Que baje Dios y lo vea no le tiene ningún tipo de miedo al ridículo; sólo así se explicarían la existencia de la mayoría de gags de la película. Como me es imposible resumirlos todos en esta crítica, voy a citar los 4 momentos aparentemente más graciosos: una mierda de vaca estampada en la cara de los protagonistas, un pedo largo y sonoro de uno de los personajes, la cara de asombro de unos monjes al ver a un tío con el culo al aire agachándose y, por último y no menos importante, el momento en el que un personaje se dirige a otro personaje en la película con el apodo de “panceta”, ya que este padece sobrepeso. Si estos son los 4 momentos cumbres de la cinta, imaginen cómo serán los demás -mejor no mencionar el bochornoso rap final de los títulos de crédito-. 

¿Pensaban que el típico personaje gordito que se pasa el día comiendo bocadillos -incluso haciendo deporte- con el fin de provocar las risas de los espectadores era algo pasado de moda? Se equivocaban. En un alarde de originalidad y buen gusto, Curro Velázquez, también guionista de la cinta, pensó que era buena idea recuperar los chistes de gorditos, de curas o de gitanos, como también pensó que los espectadores iban a encontrar graciosa una película -a todas luces- a medio acabar, con un desastroso trabajo de guión, montaje y edición -¡esos incontables fundidos a negro!-. Es la primera película de Velázquez y eso se nota: detalles sin pulir, dirección discreta -sólo hay que ver lo mal que están filmados los partidos de fútbol- y sin algo realmente destacable, más allá de la correcta partitura del siempre infalible Fernando Velázquez, aunque aquí tampoco haga ninguna maravilla.

Da un poco de pena ver a actores con tanta categoría como Macarena García, Karra Elejalde o Fernando Valverde en unos roles tan insípidos, sin personajes a los que aferrarse, pululando por una cinta que, a todas luces, es fruto del daño colateral del fenómeno 8 apellidos vascos: comedias españolas de corte popular rodadas con el piloto automático a todo trapo, a poder ser con alguno de los actores de dicho fenómeno -María Ripoll lo hizo con la infame “Ahora o nunca”, con Dani Rovira como protagonista, y Velázquez lo hace aquí con Elejalde-. Me provoca el más absoluto de los estupores que alguien haya sido capaz de rodar una película así. Sólo espero que Velázquez tome nota de sus errores y estrene un segundo largometraje que, por lo menos, cumpla con un mínimo nivel de calidad.  Que Dios nos pille confesados.

 

 

 

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