El gran showman

“El arte más noble es el de hacer felices a los demás”. La frase con la que echa el cierre El gran showman, debut en la dirección del australiano Michael Gracey, es toda una declaración de intenciones de uno de los musicales más exitosos de los últimos tiempos. Y lo es porque pocas veces se ha visto un musical con tanta vocación de hacer que el público se lo pase bien, que disfrute, que vibre incluso. Conscientes de que estaban ante uno de los géneros más peligrosos para la taquilla, los responsables de la que muchos han calificado como la heredera directa de Moulin Rouge -aunque Gracey no alcance el nivel de maestría ni el barroquismo de Luhrmann-, han apostado a lo seguro: canciones pegadizas, cast archiconocido, ritmo endiablado y duración ajustada. Estos son los ingredientes en los que se sustenta una película que no se avergüenza de estar ideada para las masas, que en ningún momento disimula su firme intención de llenar las salas de cine. Es más, parece incluso vanagloriarse de ello. ¿Es malo? Para los elitistas culturales quizá. Para este crítico desde luego que no.

Biopic de P. T. Barnum (1810-1891), mítico empresario circense americano creador del término show-business y fundador del circo Ringling Brothers, más conocido como “el mayor espectáculo en la tierra”, la película se ha granjeado el término de polémica por el enfoque que hace del personaje de Barnum, al que retrata casi como un héroe cuando ha pasado a la historia, además de por su ambición desmedida, como un dictador y como alguien de ser capaz de cualquier cosa por dinero. Confieso que no conozco en profundidad la figura de Barnum y no sé hasta qué punto la película dulcifica su imagen, así que los espectadores que se encuentren en mi situación lo más inteligente que pueden a hacer es no tomar estos 107 minutos audiovisuales como un fidedigno documento histórico y disfrutarlos alejados de polémicas. Lo más sensato, sin dudar, es dejarse llevar por un musical que puede tener mil errores históricos, pero cuya capacidad hipnótica está fuera de toda duda. El gran showman es un artificio para pasarlo en grande, repleto de coreografías magníficamente ejecutadas y poseído por un ritmo absolutamente vertiginoso; uno de esos espectáculos para ser devorado una y otra vez, de esas películas que verías en bucle el resto de tu vida sin cansarte. 

Lo peor es que algunos la vean como un placer culpable cuando no hay motivo alguno para avergonzarse por reconocer que te ha gustado esta película. Al fin y al cabo el cine se hace para el público, no para los críticos, y es a éste a quien hay que contentar porque es el que paga la entrada. De esto es plenamente consciente una película que, además de dejar muy clara su postura ante este tema, exhibe sin pudor la bandera de la libertad. El gran showman está confeccionada al milímetro para arrasar en taquilla y en ningún momento lo disimula. Eso honra a este tipo de cine, tan necesario y digno como la cinta de autor más recóndita y estrafalaria que nos podamos echar a la cara. ¿Placer culpable? Ya quisieran muchos musicales ofrecer la puesta en escena, los decorados o contar con los medios técnicos con los que cuenta esta película. Con todo, la mayor virtud del film es que gustará tanto a los que les gusta el cine musical como a los que no. En realidad es una cinta que gustará a todo tipo de público, excepto a los puritanos de siempre. Eso no quita con que sea, ni mucho menos, perfecta: las trampas de guión son más que evidentes, la profundidad de los personajes -construidos a base de tópicos, de dos o tres simples brochazos- nula y la densidad dramática es directamente inexistente -con enamoramientos, desenamoramientos y reconciliaciones que se producen en milésimas de segundos, sin ninguna lógica-. Pero quizá por ello, porque la película en su estructura interna no tiene ninguna lógica, la película funciona. Porque, como canto a la fantasía y a la vida que es, ¿hay algo más ilógico que la vida misma? ¿algo más irracional que la fantasía? La película no se preocupa de sus personajes, es risible en momentos dramáticos, a veces tan estrafalaria que es del todo irreal… pero lo fuerte es que a pesar de todo eso FUNCIONA. 

Nominada al Globo de Oro a mejor comedia y musical y repleta de numerazos musicales que han venido a hacer historia en el género -atención al “This is me” o el “Never enough”, entre otros muchos, todos ellos firmados por los letristas de La La Land, con la que ganaron el Oscar-, El gran showman es una de esas películas de las que sales del cine con ganas de vivir. No es una obra maestra, pero hay en ella una buena dosis de triunfo crepuscular, de épica, que nos dice que este musical ha venido para quedarse. 

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