La tribu

Como mejor se puede definir La tribu (2018), el largometraje número 21 del reputado y veterano Fernando Colomo, es como una feel-good movie, un término relativamente moderno que se inventó para todas aquellas producciones que tienen como objetivo principal que el público se sienta bien. Durante y después de la proyección. Estamos hablando de películas que hablan de temas cotidianos, con facilidad para conectar con el lado más sensible del espectador y, sobre todo, cargadas de buenas intenciones. Todos estos requisitos los cumple La Tribu, un trabajo inspirado en el caso real de Las Mamis, que es como se hicieron llamar un grupo de mujeres de mediana edad de Badalona que gracias a su pasión por el baile urbano llegaron a participar incluso en el programa televisivo Got Talent. A través de situaciones y personajes fácilmente reconocibles. el cineasta madrileño elabora un trabajo que se ve siempre con una sonrisa en la cara, aunque en realidad no tenga situaciones excesivamente graciosas ni provoque la carcajada más allá de un par de momentos puntuales -el mejor de todos: esa Carmen Machi enseñando a bailar a una compañera de trabajo-

A pesar de tener como telón de fondo una historia real, la película aporta un elemento de ficción importante a través del cual se vertebra la historia: el reencuentro entre Virginia (Carmen Machi) y su hijo Fidel (Paco León), al que dio en adopción con 16 años. Ella es limpiadora de profesión y amante del baile urbano y él un ejecutivo caído en desgracia que acaba de perder la memoria tras intentar suicidarse. Al conocer a su madre biológica, Fidel entra en contacto con Las Mamis, y descubrirá cómo poco a poco el baile y, sobre todo, esas mujeres pueden hacerle superar su amnesia y ser mejor persona. Uno de los puntos fuertes de la nueva producción de Atresmedia es su duración: apenas 90 minutos. Se agradece que Colomo no caiga en tiempos muertos, situaciones repetitivas y que vaya directo al grano: en los primeros 20 minutos de película, por poner un ejemplo, están casi todos los personajes presentados. El otro gran aliciente del film es su pareja protagonista, que se reencuentra por primera vez en la pantalla grande después de la exitosa serie Aída. Machi y León vuelven a demostrar la química que tenían antaño y, aunque la película es eminentemente coral, son ellos los que llevan -y muy bien- esta producción sobre sus espaldas.

La inagotable comicidad de ambos actores y su extenso bagaje escénico queda aquí patente una vez más, ya no sólo por su forma de hablar, expresarse verbalmente y moverse, también aquí por su forma de bailar. Ambos tienen momentos de lucimiento absoluto en situaciones de mera fisicidad, como esa escena de baile de Paco León en el supermercado, sólo al alcance de intérpretes con una vis cómica innata. Pero, más allá de estas virtudes, La Tribu no pasa de ser un trabajo más bien modesto y correcto sin más, a pesar de cierto empaque técnico -para que quede claro ahí tenemos esos ¿innecesarios? planos aéreos del primer tramo, en los que la película pretende sacar músculo-. Más allá de que el guión nunca es excesivamente ingenioso y que la dirección se limita a ser meramente funcional, sin alardes de ningún tipo ni personalidad alguna, del principal problema que adolece La Tribu es que se empeña constantemente en conformarse con el aprobado raspado antes de aspirar a más. Y eso es aplicable a todos los aspectos de la cinta. La principal consecuencia de esta falta de ambición es que la película se olvida una vez que se encienden las luces de la sala de cine. No cabe duda que no es uno de los trabajos más inspirados del director, que se entrega aquí por completo y con toda la legitimidad del mundo al cine de consumo rápido.

La película está repleta de mensajes positivos, especialmente en toda su reivindicación de que hay vida más allá de los 50, 60 o 70 años; que las personas y, sobre todo las mujeres -atención a la lectura feminista del film- pueden sentirse tan motivadas a esa edad como una chica de 20, siempre y cuando encuentre algo que las apasione. En este caso es el baile, que se reivindica aquí como una práctica sanadora. A esto se suma su retrato de la generación nini, los ERE, las entrañas de la televisión en búsqueda constante de la bilis y otros temas de primer orden, como es el hecho de que todo el mundo merece una segundan oportunidad -ojo al monólogo final del protagonista, el mejor momento del film-. El problema es que todo está escrito con brocha, con trazo grueso, sin profundizar en las situaciones ni en los personajes. El resultado es una película luminosa -de alma y de espíritu pero también a nivel técnico: no hay ni una escena nocturna-, que no desagrada pero que tampoco hace ningún mérito para verla una segunda vez.

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