Una vida mejor

Dentro de esa cuadrilla de películas que procuran descifrar la crisis económica, podemos discernir dos subgrupos: las que tienen como misión explicar quiénes son los culpables de esta convulsa situación -con Inside job (Charles Ferguson, 2010) como máximo exponente en los últimos años- y las que, aunque sin dejar de criminalizar a los auténticos responsables, se centran más en el lado humano, en el ciudadano de a pie que, al fin y al cabo, es el que sufre en sus carnes dicha realidad. En esta segunda agrupación existen ejemplos tan reconfortantes como la americana The company men (John Wells, 2010), la española 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2011) o la francesa Una vida mejor (Cédric Kahn, 2011). A juzgar por el origen de las películas, la crisis económica no atiende a una nacionalidad específica, sino que la mayor parte de cinematografías del mundo han reflejado, con mayor o menos tino, un tema que preocupa a todos y para el que es necesario disponer de una sensibilidad especial si se pretende lograr la conexión con el público. Es lo que ocurre con éste último ejemplo, protagonizado por el director de Pequeñas mentiras sin importancia (2010), un film que hace 10 años no tendría sentido -o, por lo menos, no tanto como ahora-, pero que en en la actualidad se hace terriblemente necesario. 

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Las zapatillas rojas

Las zapatillas rojas (1948) ocupa un lugar privilegiado entre todos los títulos que nos regalaron el binomio de directores Michael Powell & Emeric Pressburger. No sólo porque su influencia en el cine musical resulta innegable -tanto por ser uno de los primeros ejemplos en los que los números de ballet se integran en el propio argumento como por su influencia en obras posteriores, desde Un americano en Paris (Vincente Minnelli, 1951) hasta Tetro (Francis Ford Coppola, 2009)-, sino porque pocas veces el poder de la abstracción del arte ha sido radiografiado con el arrebato y el ímpetu que desprende esta libre adaptación de un relato de Hans Christian Andersen. Paradigma de que el talento creativo de la época no era terreno exclusivo de Hollywood, Las zapatillas rojas, encuadrada dentro de una de la edad de oro más incontestable del cine británico, aún sigue ostentando el título de una de las películas inglesas más exitosas de todos los tiempos. Cosechó triunfos en muchos países del mundo -especialmente en Estados Unidos donde, además de que directores de la talla de Eastwood o Scorsese la colocasen en su ranking de favoritas, atesoró el Oscar a la Dirección Artística y a la Música- excepto en España, cuyos estamentos de poder impedían que se asomara cualquier síntoma de manifestación artística. 

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20 centímetros

Reconozcámoslo: cualquier película musical que suba el telón con Tómbola de Marisol, y lo baje con el I want to break free de Queen, se merece, cuando menos, una ovación, aunque sólo sea por la osadía de la propuesta. En efecto, quizá sea osada la palabra que mejor defina 20 centímetros (2005), segundo largo del malagueño Ramón Salazar, quien se ganó el respaldo de la crítica con Piedras (2002), su opera prima. Esta incursión en el musical es un film imposible de definir, no sólo por sus malabarismos entre drama y comedia, sino porque se desarrolla a partes iguales en el mundo terrenal y en el imaginario, consecuencia de los sueños de su protagonista, víctima de narcolepsia. Uno de sus grandes atractivos, además del interés del director por ofrecer algo diferente -hecho que siempre es bienvenido- es lo bien que éste se maneja en mostrar esta dicotomía de realidad y ficción: mientras en la primera aprovecha para capturar ese ambiente marginal y suburbano en el que se desarrolla la acción, en la segunda, referida a los números musicales, despliega un singular y enérgico torrente de color, vitalidad y dinamismo. Despliega vida. 

Credit: ALIGATOR PRODUCCIONES / Album

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Despertando a Ned

“El dinero cambia a las personas y no hay mayor cambio que pasar de la vida a la muerte”. La brillante línea de guión articulada por uno de los roles secundarios de Despertando a Ned (Kirk Jones, 1998), da buena cuenta de lo que el espectador va a encontrarse en ella: una crónica de cómo el dinero transforma -para mal- la vida del ser humano; cómo el afán de lucro le hace renunciar a sus ideales y sacar lo peor de uno mismo, desde el egoísmo hasta la mentira. Sin embargo, a pesar de que a muchos pueda parecerles una temática más o menos socorrida, Jones se distancia del tópico para elaborar un relato diferente, fresco y alejado de cualquier parámetro de cine comercial. Cuenta de ello da, por ejemplo, el propio lugar donde se desarrolla la acción, un apartado pueblo irlandés de apenas 50 habitantes, los cuales presentan una edad media de 70 años. Sin embargo, a pesar de la avanzada edad de los lugareños -por mucho que se incluya la historia de amor entre dos jóvenes, trama palalela que, como todas sus subtramas del film funciona a la perfección-, el resultado final está confeccionado para que el disfrute del público de todas las edades. 

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15 años y un día

15 años y un día (Gracia Querejeta, 2013) supone un importante punto de inflexión en la carrera de la realizadora: no sólo porque es la primera película producida sin su padre -el prestigioso productor Elías Querejeta, casualmente fallecido la misma semana del estreno de la película en España-, sino porque supone un paso de gigante en un tema tan recurrente y tan campo de cultivo en su filmografía como son los reencuentros familiares, asunto explorado en títulos como Cuando vuelvas a mi lado (1999) o Héctor (2004). Gran triunfadora en el Festival de Málaga, donde entre los 4 galardones que atesoró destaca el de Mejor Película o Mejor Guión-, 15 años y un día es una de esas películas que tenían todos los ingredientes para ser algo grandioso, un acontecimiento en nuestro cine pero que, lástima, al final se conforma con un mero notable. Este hecho atiende a un motivo principal: la fallida elección del joven protagonista. Si bien es cierto que el chaval no desentona, se sitúa a años luz de gigantes interpretativos que le rodean, algo incomprensible en un film cuyo argumento gira en torno a su figura, incluso el propio título.

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El Sur

En El sur (1983), Víctor Erice congregó muchas de las temáticas que diez años antes ya había citado en El espíritu de la colmena (1973), la otra película de su filmografía si exceptuamos el documental El sol del membrillo (1992). Es sorprendente como con tan sólo un par de títulos en su haber, Erice dejó constancia para la posterioridad de unas de las personalidades más inclasificables de cuantas ha dado el cine español. Tras el aplastante éxito cosechado con El espíritu de la colmena, premio Donosti incluido, el vizcaíno volvió a arriesgar, a sorprender en El sur; una historia, aunque no lo parezca, ambientada en el norte, aunque nunca se especifique realmente el lugar geográfico donde se desarrolla la acción. Quizá porque el director, que escribió el guión basándose en una historia de Adelaida García Morales, no le interesa tanto el mundo terrenal como el espiritual, ejemplificado en ese Sur al que tanto se hace referencia pero al que pocos tienen el privilegio o la fuerza de acceder y, de hacerlo, escapar de ese contexto, ese contexto de una época, responsable en buena medida del enrarecido y apagado ambiente del film, de su atmósfera gris y oscura. 

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Fuera de carta

Lo primero que pensé cuando tuve constancia de la existencia de Fuera de Carta (Nacho. G. Velilla, 2008), es que ya era hora de que el creador de las dos sit-com más influyentes de la historia de la televisión en España -7 vidas y Aída-, pudiese demostrar también su talento en la gran pantalla. Siguió así el ejemplo de Tom Fernández, también guionista de ambas series, que un año antes debutó con la estimable opera prima La torre de Suso (2007). Velilla, auténtico buque insignia de la comedia en nuestro país, pone al servicio de  Fuera de carta todo el ingenio y gracia de la que hizo gala en la pequeña pantalla, en una obra confeccionada para erigirse como remedio a todas las penas, como refugio a todos los males. El director y guionista explota esa máxima sagrada de la sit-com que obliga ofrecer un gag cada quince segundos para regalarnos una historia construida a base de tópicos, sí, con personajes que no escapan del cliché, también, pero en la que todo ello termina dando igual ante la búsqueda incesante de la carcajada que persigue, con rotundo éxito, el realizador.

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Todo lo que tú quieras

Si algo ha demostrado Achero Mañas en su corta pero intensa filmografía, es que es un director amante de los retos, de las películas complejas. De ello dejó constancia en El bola (2000), Noviembre (2003) y, siete años después, en su tercer largo: Todo lo que tú quieras (2010), donde volvía a poner de manifiesto su comprometida personalidad. Quizá sea este último trabajo, esta nueva  incursión en el cine social de Mañas, el más arriesgado de todos. El autor firma una película concebida para los que, como él, miren de frente el mundo que les rodea para, ulteriormente, detectar una sociedad desclasada, intolerante, no tan evolucionada como cabría esperar. Para ejecutar esta obra lúcidamente denunciatoria, Mañas usa el pretexto de Leo (Juan Diego Botto) un padre de familia que, tras la repentina muerte de su mujer víctima de un ataque epiléptico, se las verá y deseará para consolar a su hija de cuatro años, única testigo del suceso. A pesar de sus reticencias iniciales y su declarada homofobia, asumirá la propuesta que le hace la pequeña: trasvestirse de mujer, a fin de personificar lo más fidedignamente posible a su madre muerta.

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Amor es todo lo que necesitas

Amor es todo lo que necesitas (Susanne Bier, 2012), nació en medio de una gran expectación. Por un lado, venía precedida de En un mundo mejor (2010), la anterior película con la que Bier conquistó el Oscar y el Globo de oro a la Mejor Película de Habla no Inglesa -también protagonizada, por cierto, por Trine Dyrholm-. También había interés de disfrutar de esta comedia romántica porque se trataba de la primera incursión en el género de la realizadora, por mucho que la historia se sustente en una base trágica. Refrescante ejercicio en el que se hermanan la comedia y el drama, este híbrido entre El lado bueno de las cosas (David O. Russell, 2012), Mamma mía (Phylllida Lloyd, 2008) y Bajo el sol de la Toscana (Audrey Wells, 2003), se eleva por encima del resto por abordar temas tan comprometidos como la homosexualidad, el cáncer o el divorcio sin caer en el dramatismo, esquivando todo rastro de convencionalismo. A diferencia de producciones similares, aquí los personajes no son de cartón piedra, sino de carne y hueso, extraídos directamente de la realidad. Tanto los protagonistas como los secundarios, sometidos a constante evolución, a un moldeamiento constante de sus sentimientos, deberán hacer frente a unas adversidades del destino en las que cualquiera del resto de los mortales podremos reconocernos. No será difícil, pues, cogerles cariño.

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Concursante

Concursante (Rodrigo Cortés, 2006) es una película que me desconcierta. De esas pocas que, una vez acabada la proyección, dudo entre aprobarla o suspenderla. Un bicéfalo ejercicio fílmico que atesora tantas virtudes como defectos. Como tiendo a subrayar más lo primero que lo segundo, de entrada diré que esta opera prima se sitúa por encima de la media; al primer largometraje del hasta entonces cortometrajista Cortés sorprende por su arrojo visual y por las buenas intenciones que deja asomar su potente idea de partida, la cual, y aquí viene lo malo, no está lo bien desarrolla como cabría esperar. Éste fenómeno, el de no saber llevar a buen puerto una sinopsis que vale su peso en oro, más tarde lo repetiría en la irregular Luces Rojas (2012), no así en la magistral Buried (2010). Concursante aspira a constituir una sátira de la sociedad actual a través del relato de un hombre premiado con el mayor premio de la historia de la televisión: 3 millones de € o, lo que viene a ser lo mismo, 500 millones de las antiguas pesetas. Objetivo que el film sólo consigue a medias: falta mucha mala baba para que la película pueda ser definida como todo lo mordaz o hiriente que pretende ser.

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Madre amadísima

Madre amadísima (Pilar Tavora, 2009) es una película valiente. Además, y aunque esto no aparezca especificado en ningún momento de la misma, es una triste historia basada en hechos reales. Su protagonista, un homosexual reprimido en la época del franquismo, es un personaje colectivo en el que muchos podrán reconocerse y, los que no, fácilmente identificarán en su entorno alguien similar. La vocación universal de este arriesgado ejercicio fílmico del segundo trabajo de la directora tras Yerma (1999), adaptación de una obra de teatro de Santiago Escalante, está fuera de toda duda. Pero es que, encima, si Tavora no hubiese rodado Madre amadísima alguien habría tenido que hacerlo: pocos ejemplos existen de cine social con tanta vocación de poner los puntos sobre las íes, de repartir justicia y de (¡por fin!) llamar a las cosas por su nombre. Sin manifestar conjeturas políticas ni atisbos ideológicos, el film sorprende por su imparcialidad, por criticar tanto al bando nacional -esa dictadura recalcitrante que asfixia al protagonista y le fuerza a vivir a escondidas- como a la izquierda, tal y como se desprende de esa ilustrativa escena en la que el protagonista no puede alistarse en el Partido Comunista por ser afeminado.

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Espartaco

Hubo un tiempo, aquel en el que Roma era el centro del mundo civilizado, en el que los esclavos se revelaron contra su Imperio, contra una República Romana abusiva e inclemente que los tatuaba a fuego, los sometía a infinidad de vejaciones y privaba de toda dignidad. Un indeseable sistema que usaba a sus súbditos como auténticas mercancías. Es la época en la que se ambienta Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), una de las más grandes obras maestras del genero péplum jamás realizadas. Basada en el best seller de Howard Fast, esta superproducción es algo más que una crónica acerca de la rebelión, mucho más incluso que un relato de aventuras: es la radiografía de un hombre que lucha por conquistar el más preciado de sus bienes: la libertad. Algo en lo que se inspiró la posterior Braveheart (Mel Gibson, 1995). En esta línea, la película no sólo muestra hasta donde puede llegar el ser humano por recuperar un bien espiritual tan valioso, sino el alto coste que llevaba implícito perseguirlo. Y todo alejado -en muy buena medida- de ese cristianismo recalcitrante en otras producciones de temática similar, como Ágora (Alejandro Amenábar, 2009).

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