El bar

Álex de la Iglesia pertenece a la familia de directores que resultan imprevisibles. Por mucho que sus películas sean un recital de desenfreno y locura nunca sabes cómo van a terminar, cómo van a actuar los personajes o qué será lo que ocurrirá en la siguiente escena. Y El Bar (2017) no es una excepción. Estrenada a nivel mundial en el Festival de Berlín y encargada también de inaugurar la 20ª edición del Festival de Cine Español de Málaga, la decimocuarta película del director bilbaino es una película 100% Álex de la Iglesia. Es decir, que los incondicionales del director se lo pasarán en grande mientras que, los que no lo son, conviene que sigan alejados. El Bar es un trabajo para disfrutar y partirse de risa, aunque las múltiples lecturas que podemos extraer de ella -algunas más explícitas que otras- no tengan ninguna gracia. Muchos la han catalogado de comedia y lo cierto es que está en las antípodas de serlo. De hecho, adscribir este inclasificable film dentro de algún género es complicado teniendo en cuenta que es un híbrido entre thriller, terror, acción, drama, retrato social, cine fantástico y, efectivamente, comedia. Pero, por encima de todo, El bar es una película sobre la supervivencia.

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Lo que de verdad importa

Intenso dilema al que me he enfrentado con Lo que de verdad importa (2017) el segundo largometraje de Paco Arango, que hace cinco años debutó con Maktub, película nominada a 3 premios Goya. Y digo dilema porque no es plato de buen gusto hablar mal de una producción que se nos ha vendido como “la primera película 100% benéfica de la historia del cine”. Y es cierto. Todo lo recaudado por esta producción que toma su título de una asociación sin ánimo de lucro cuyo fin es promover valores fundamentales para la sociedad a la gente joven está yendo destinado íntegramente a Serious Fun Children´s Network -de la que Arango es miembro a través de su fundación Aladina-; una asociación creada hace más de 20 años por el mítico actor Paul Newman cuyo fin es acoger a niños enfermos de cáncer. Nada que objetar al respecto, más bien todo lo contrario: me resulta admirable cómo un director -y, en este caso, también guionista- es capaz de renunciar a su propio sueldo y pagar de su bolsillo a los cientos de profesionales que han trabajado en la película a cambio de que hasta el último céntimo recaudado vaya destinado a mejorar la calidad de vida de niños enfermos.

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El guardián invisible

Muy de vez en cuando llega a los cines la adaptación cinematográfica de una novela de éxito capaz de contentar por igual a los lectores, a la crítica y también a la autora de la misma. Es el caso de El guardián invisible (2017), dirigida por Fernando González Molina, todo un experto a la hora de trasladar a imágenes fenómenos editoriales. Ahí tenemos el ejemplo de A 3 metros sobre el cielo (2010), Tengo ganas de ti (2012) o  Palmeras en la nieve (2015), tres taquillazos indiscutibles. El guardián invisible es, en efecto, la última adaptación del director pampilonense. Se trata de la primera novela de la archiconocida Trilogía del Baztán de la escritora vasca Dolores Redondo, uno de los fenómenos literarios en castellano más importantes de los últimos tiempos; estamos hablando de unos libros que han vendido alrededor de un millón de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a más de 30 idiomas, lo que convierten a esta trilogía en un éxito sin parangón. La expectación, por tanto, era máxima. Parecía imposible plasmar en fotogramas una novela tan compleja, con la virtud de debatirse en todo momento entre lo místico  y lo puramente terrenal, entre lo perverso y lo fascinante, pero el director sale más que airoso de la jugada. 

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Es por tu bien

Que la comedia española está atravesando una edad de oro es indiscutible. Con los datos de taquilla en la mano es fácil comprobar cómo la gran mayoría de las películas más vistas en nuestro país se engloban dentro de este género. El problema es que, en ocasiones, lo que más triunfa no es lo mejor. Dicho de otra forma: existen comedias que han arrasado en los cines a pesar de sus pocas -o nulas- virtudes cinematográficas -véase el ejemplo de la reciente Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016) o la primera parte de Fuga de cerebros (Fernando González Molina, 2009)- y otras que han pasado sin pena ni gloria cuando llevaban grabado a fuego en su ADN lo que es la alta comedia. Y en esta última categoría los ejemplos son incontables: El rey tuerto (Marc Crehuet, 2016), La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016), Negociador (Borja Cobeaga, 2016) y un largo etcétera que los que critican la (última) oleada de comedias españolas tildándolas de “simples y tópicas” seguro que ni han oído hablar. Eso no quita con que haya casos en los que calidad y taquilla se dan la mano y salgan criaturas como Kiki, el amor se hace (Paco León), Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2015) o Mortadelo y Filemón contra Jimmy El Cachondo (Javier Fesser, 2014). Es por tu bien (Carlos Therón, 2017), viene a adscribirse al género de la comedia española con vocación de multisala, situándose, no obstante, varios peldaños por arriba de la insulsa comedia popular.

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Moonlight

Resulta casi un milagro que una película como Moonlight (Barry Jenkins, 2016) haya llegado hasta donde ha llegado. Hay que exprimir mucho la mente para recordar cuándo una película tan alejada de los parámetros comerciales tradicionales, protagonizada por actores prácticamente desconocidos para el gran público y pilotada por un director casi debutante -por no hablar de su escaso presupuesto: apenas 5 millones de dólares, cifra casi insólita en el Hollywood actual- llegaba a las carteleras de todo el mundo de forma tan masiva, cosechando entusiastas acogidas de público y crítica. Un recorrido fulgurante que vivió su punto álgido la noche del 26 de febrero, fecha en la que esta cinta de corte independiente acerca de lo duro que es ser gay y afroamericano en América se alzó con el Oscar a la Mejor Película -uno de los tres galardones que logró de un total de 8 nominaciones-, arrebatándole el premio gordo a la que todas las quinielas daban como gran favorita: La la land (Damien Chazelle, 2016). Se convertía, así, en la primera película de temática LGTB en ganar el Oscar más importante. Pero, ¿es justificable este fenómeno? ¿por qué tras su historia aparentemente manida, y pese a abordar temas muy sobados en el cine -maltrato escolar, drogas, las trabas de la homosexualidad-, ha logrado conquistar al público?

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Tarde para la Ira

Ganar el Goya a la Mejor Película cuando tus competidoras son Julieta (Pedro Almodóvar, 2016); El hombre de las mil caras (Alberto Rodríguez, 2016), Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen , 2016) y Un monstruo viene a verme (J. A. Bayona, 2016), sólo puede certificar que la película premiada es, salvo error garrafal de la Academia de Cine, una auténtica maravilla. Y en este caso no se equivocó. Con semejante plantel de rivales, de un nivel extraordinario de calidad y perfección, resulta aún más meritorio el triunfo de Tarde para la ira, el debut en la dirección del reconocido actor Raúl Arévalo. Ganadora de 4 Goyas de los 11 a los que estaba nominada, este thriller seleccionado para la sección Orizzonti del Festival de Venecia es una de las óperas primas más deslumbrantes, fascinantes y extraordinarias que ha dado el cine español a lo largo de su historia. La veo y me resulta increíble que haya sido filmada por un director novel, por mucho que en sus venas corriera cine prácticamente desde que nació: cada plano, cada decisión creativa, cada construcción de los personajes y cada plano parecen más propios de alguien que lleva toda una vida dirigiendo -buen- cine que de alguien se pone por primera vez detrás de una cámara -exceptuando sus cortos Un amor y Foigrás-. 

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Múltiple

Imagino que para cualquier artista debe resultar agotador que el público compare cada una de sus nuevas creaciones con su obra cumbre. De esta realidad no se libran, ni mucho menos, los directores de cine. El cineasta M. Night Shyamalan firmó a finales de los años 90 un título clave ya no sólo para el cine de misterio -con un giro final del que se habló hasta en el rincón más recóndito del planeta-, sino también para la cultura popular, provocando un impacto social con pocos precedentes. El bombazo de El sexto sentido (1999) fue tal que, le guste o no, el director hindú tiene que soportar que público y crítica, a veces por mera rutina, infravaloren algunos de sus nuevos trabajos por el hecho de no estar a la altura de la mítica película protagonizada por Bruce Willis. Sirva esta introducción como autocrítica por no juzgar, a veces, las obras de un director de forma independiente, sino comparándolas con -digamos- el buque insignia de la filmografía del cineasta en cuestión. En cualquier caso, y como en en la cosecha de todo director de cine, Shyamalan ha firmado películas para recordar y otras para olvidar. Múltiple es de las primeras. Con sus puntos fuertes -la mayoría- y los débiles -la minoría-, este thriller psicológico termina en el lado de la balanza de las películas del cineasta que no nos podemos perder. 

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La la land

Ocurre de cuando en cuando. Y, cuando sucede, no cabe otra que celebrarlo. Estoy hablando de la película perfecta. Aquella a la que es (casi) imposible ponerle un “pero”. Me estoy refiriendo al que muchos califican como el musical del S.XXI y, sin duda, uno de los fenómenos cinematográficos  más importantes de los últimos años. Y lo más fuerte de todo es que, a la hora de escribir estas líneas, la cinta apenas lleva unos días en cartel. Tiempo más que suficiente para comprobar como La la land (2016) ha trascendido su condición de película para pasar a convertirse en un fenómeno social; no hay rincón del planeta en el que no se hable del tercer largometraje de Damien Chazelle, el aclamado director de Whiplash (2014). Como no soy de dejarme llevar por las opiniones mayoritarias, me dejé caer en una sala de cine dos días después del estreno de la película temeroso de que las expectativas disparadas -algo inevitable, después de leer y escuchar todo lo BUENO que se estaba diciendo del film en cuestión- no se cumplieran. Pero se cumplieron. La la land es una de esas bendiciones que agradecemos todos los amantes del cine. Un regalo. 

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Contratiempo

Contratiempo (Oriol Paulo, 2016) es, ante todo, una película pensada para el público. Este matiz, al que sin duda aspiran todas las películas -ningún director rueda una película sin pensar en los espectadores que más tarde la disfrutarán-, se cumple en esta ocasión de forma más que explícita. El nominado al Goya al mejor director novel por El Cuerpo (2012), confecciona en su segundo largometraje un espectáculo para que los que somos adictos al cine negro y a los giros de guión capaces de dejarnos con la boca abierta, nos lo pasemos pipa. Y vaya si lo consigue. No son muchas las películas que se estrenan que, al margen de que estén mejor o peor hechas, te tengan con un nudo en el estómago todo el metraje al tiempo que consiguen que te hagas mil y una preguntas sobre cada uno de sus personajes, sin saber nunca quién dice la verdad o quién miente. Todo esto, a priori algo muy fácil de lograr pero en el práctica verdaderamente difícil, lo consigue Contratiempo, un eficaz truco de magia de 100 minutos de duración que me ha tenido embobado de principio a fin. 

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Marcel Barrena, director de 100 metros: “Dani Rovira se ha dejado la vida en cada secuencia”

Es uno de los directores españoles clave de este 2016 a punto de acabar. Buena parte de culpa de ello la tiene su película “100 metros”, una de las cintas más aplaudidas del año. Basada en la historia real de Manuel Arroyo, paciente de esclerosis múltiple famoso por completar maratones y un triatlón después de que sus médicos no le dieran esperanzas ni de andar 200 metros, la película pretende ser un altavoz que sirva no sólo para dar a conocer una enfermedad poco conocida -a pesar de los 50.000 pacientes diagnosticados en España-, sino para pedir más amparo social e institucional hacia los que la sufren. Protagonizada por Dani Rovira, hacia quien el director solo tiene palabras de gratitud –“nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento y admiración hacia él”, afirma-, Karra Elejalde y Alexandra Jiménez, sin duda este proyecto que ha costado 3 años levantar y sacar adelante ha sido decisivo para situar al director, guionista y montador español Marcel Barrena en primera línea de los directores más a tener en cuenta de este país. No os perdáis esta entrevista en la que pasamos a conocerle más a fondo.

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Barrena afirma que el humor era “una de las claves” a la hora de hacer llegar su película “100 metros” al público.

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Villaviciosa de al lado

Se apagan las luces y comienza la película en la sala del cine. Me dispongo a ver una comedia popular, un género injustamente denostado que a lo largo de su historia le ha dado grandes alegrías al cine español. Y, no seamos hipócritas, también nos ha hecho reír. Películas mejores y peores, hechas con más o menos sutileza, que nos han enseñado a reírnos de nuestras miserias, radiografiando en la mayor parte de los casos un país a la deriva. No será este cronista el que se sume al carro de los puritanos, de esos intelectuales gafapasta que huyen como de la peste de todo lo que contenga la palabra “popular”. Yo amo y defiendo todo tipo de comedia, también la popular. El problema es que todo tiene un límite y que, como en todos los géneros o subgéneros -comedia negra, comedia refinada, comedia popular…- las películas se miden por diferentes patrones de calidad. Y Villaviciosa de al lado (Nacho G. Velilla, 2016), el último exponente de un tipo de cine que aún sigue llenando las salas en nuestro país, es un claro ejemplo de que risas y calidad no van necesariamente de la mano.

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La Reina de España

18 años después de la triunfal acogida de La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998), se estrena la secuela de esta película que consiguió una conexión con el público casi mágica. Quizá porque la regocijante galería de personajes que Rafael Azcona y el resto de guionistas crearon en esta primera parte eran tan humanos, tan reconocibles, que cualquiera podíamos identificarnos con ellos. Casi dos décadas después el director madrileño se reencuentra con toda esta tropa de personajes impagables que tan dentro quedaron grabados en la memoria colectiva y nos muestra en qué han cambiado sus vidas. Dirigida y escrita por él, si algo vuelve a poner de manifiesto La reina de España (2016) es el extraordinario director de actores que es Fernando Trueba. Al igual que en la primera parte, sorprende cómo a lo largo de sus dos horas largas de duración, les da oportunidad a todos y cada uno de sus actores a lucirse y tener su momento de gloria. Este hecho, a priori nada significativo, es tremendamente difícil de conseguir en una película coral, donde a veces unos personajes quedan deslucidos o pasan totalmente inadvertidos. Aunque algunos tienen evidentemente más peso que otros -Resines, Cruz, León-, todos tienen ocasión de brillar, de seguir demostrando que su talento interpretativo permanece intacto.

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