El ciudadano ilustre

Viendo quienes la firman, no debería resultarnos un hallazgo sorprendente “El ciudadano ilustre” (2016). Estamos hablando del duplo Mariano Cohn y Gastón Duprat, probablemente la pareja artística más importante en el ámbito del séptimo arte de toda latinoamérica. Responsables de la imprescindible “El hombre de al lado” -obra que supuso su gran salto internacional-, era de esperar que tras aquella maravilla este tándem de creadores lúcidos, inteligentes y poseedores de un extraordinario don para entender el cine como herramienta para diseccionar lo cotidiano y hablar del aquí y ahora, nos regalaran otra maravilla. Lo que pocos imaginábamos era el extraordinario alcance cinematográfico que iba a suponer este nuevo trabajo, el cuarto de su carrera, un incontestable salto adelante en su ya de por sí estimable filmografía. Seleccionada por Argentina para los Oscar, “El ciudadano ilustre” es una obra tan inabarcable que hasta las subcapas tienen subcapas: un trabajo tan lleno de sustancia que exige necesariamente de un segundo visionado. Una de esas películas, en suma, a las que es imposible acceder a su totalidad con una única proyección. 

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Sully

Siempre he sido un ardiente entusiasta del cine de Clint Eastwood. Desde que tengo uso de razón lo he considerado uno de los más grandes directores en activo, poseedor de una extraordinaria sensibilidad tras la cámara, una habilidad innata para contar historias apasionantes y un gran conocedor de la condición humana. Por eso me pregunto en qué momento dejó de interesarme su cine o, dicho de otra forma, dejé de esperar sus películas como agua de mayo. Hago la vista atrás y descubro que ese punto de inflexión se produce a partir de esa -incomprendida, infravalorada- obra maestra llamada Más allá de la vida (2010), una de las películas más valientes, arriesgadas y desgarradoras de la filmografía del director americano. De ahí para atrás soy incapaz de detectar tropiezo alguno en la carrera de tan brillante creador. Sin embargo, es, ya digo, a partir de hace algo más de un lustro hasta la actualidad cuando Eastwood ha ido encadenando proyectos tan descafeinados como torpes. Películas tan rutinarias, planas y, en algunos casos, malas, que parece mentira que hayan sido firmadas por él. Me estoy refiriendo a: J. Edgar (2011) -quizá la peor película de su cosecha-, Jersey Boys (2014), El francotirador (2014) y, finalmente, la que hoy nos ocupa: Sully (2016), trabajo que acentúa el declive cinematográfico del otrora maestro Clint Eastwood. 

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Joaquín Mazón: “Para la defensa de nuestra cultura y nuestro cine no somos tan patriotas”.

Tras una fructífera carrera como realizador televisivo -donde dirigió capítulos de las series Doctor Mateo, Con el culo al aire, Cuestión de sexo…-, Joaquín Mazón se estrenó en el largometraje con la comedia “Cuerpo de élite”, uno de los grandes taquillazos del cine español de este 2016 cinematográfico. Una película de reparto coral que, tras más de dos meses en cartelera, amasa alrededor de 7 millones de euros de recaudación, lo que se traduce en un éxito total -y la tercera película española más taquillera del año en España, tras “Un monstruo viene a verme” y “Palmeras en la nieve”-. Del estado de salud de la comedia en España, del proceso de rodaje de su opera prima o de lo que piensa sobre iniciativas para acercar el cine al público como la Fiesta del Cine, entre otros muchos temas, hablamos con un director que, tal y como nos cuenta en exclusiva en esta entrevista, se encuentra embarcado en un par de proyectos con la intención de empezar a rodar en 2017. 

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Mazón afirma que ha tenido “la gran suerte de contar con un reparto de primer nivel” para su primera película, y asegura estar trabajando en un par de proyectos para 2017.

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Que Dios nos perdone

3 años después de dar la sorpresa con Stockholm (2013), aclamada cinta de corte independiente que se hizo en el Festival de Málaga con los premios de Mejor Actriz, Director y Guión Novel-, Rodrigo Sorogoyen vuelve a situarse en la primera línea del tablero cinematográfico por el importante salto cualitativo que supone su segundo largometraje en solitario, la imprescindible Que Dios nos perdone (2016), ganadora del Mejor Guión en el Festival de San Sebastián. No es para menos: estamos ante la mejor película española del 2016, un thriller compacto y sin fisuras capaz de dejar con la boca abierta al espectador, que se mantendrá pegado a la butaca durante las dos horas que dura este espectáculo seco, opresivo y lleno de violencia. Habrá quien vea en el nuevo trabajo del director madrileño -el tercero, si contamos la comedia que co-dirigió junto a Peris Romano, 8 citas (2008)- una película de intriga. Y no le faltará razón. Pero también podría funcionar perfectamente como un extraordinario documental sobre la condición humana, como un espeluznante reflejo de nuestro tiempo o como una reflexión filmada acerca de la delgada línea que separa a los monstruos de la gente aparentemente normal.

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La chica del tren

Partamos de la base de que no era fácil trasladar a imágenes La chica del tren, una novela contada desde múltiples puntos de vista, trufada de flashbacks y viajes temporales de todo tipo. Adaptar un best seller tan complejo narrativamente a la gran pantalla, sin duda, no era moco de pavo, si se me permite la expresión. Y eso sin contar la enorme presión que supone filmar la adaptación del que es considerado el último gran fenómeno editorial mundial, como demuestran sus 11 millones de ejemplares vendidos. Para que nos hagamos una idea, basta decir que cada 6 segundos se despachan en las librerías de todo el mundo un ejemplar de esta novela negra que ha convertido a su autora, Paula Hawkins, en multimillonaria. La cuestión es si la película está a la altura del potente material en el que se basa y, como suele suceder en la mayoría de ocasiones, desgraciadamente no es así. Si la novela de Hawkins se caracterizaba por su ritmo ágil, su carácter imprevisible y su intriga más o menos lograda, en la película (Tate Taylor, 2016) todo sabe a añejo, a algo mil veces visto. No ayuda, en absoluto, el tono desganado y frío con el que parece que está rodada, dando como resultado una película espesa, pasada de moda, taciturna. 

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Cuerpo de élite

De entre los muchos factores que contribuyen a que una película sea un éxito, no hay duda que la fecha elegida para su estreno es uno de los más importantes. Cuerpo de élite (2016), debut en el largometraje del director madrileño Joaquín Mazón, se ha visto enormemente beneficiada por haber llegado a las salas en un momento en el que los españoles parecen pedir a gritos una cosa: reír. Con la crisis económica todavía haciendo de las suyas y los conflictos nacionalistas en su punto álgido, no hay duda que lo que el público demanda son películas que les ayude a desconectar de sus problemas cotidianos. En este sentido la opera prima de Mazón es irreprochable: da exactamente lo que su público pide de ella. Humor costumbrista, risas construidas en base a los tópicos regionales -en la línea de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2014)-, más mala baba de la esperada -genial toda su afilada crítica a los falsos defensores de la patria- y mucha acción son los ingredientes de una película cuyos pros y contras son claramente palpables. Pasamos a analizarlos.

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Un monstruo viene a verme

Cuando terminé de leer “Un monstruo viene a verme” pensé que ahí había un inmejorable material para rodar una película sobre el poder de la fantasía y lo difícil que resulta reunir el valor para contar la verdad. Mi alegría fue mayúscula cuando me enteré que la celebrada novela de Patrick Ness había caído en manos de J. A. Bayona, director que ya demostró su exquisita sensibilidad tras la cámara en El orfanato (2007) y Lo imposible (2012), y que éste había decidido llevarla a la gran pantalla. Así nació la tercera película del director catalán y la primera inspirada en un libro, de título homónimo. Y lo cierto es que no pude tener mejores impresiones al salir del cine: me sentí reconfortado por haber visto plasmado en imágenes de forma meticulosamente fiel todo el poderoso universo visual, artístico y sentimental ideado por Ness -guionista de la película-, envuelto, como no podía ser de otra forma firmándolo quien lo firma, en una coraza técnica inmejorable y con un plantel de actores de primera fila -y grandes descubrimientos, como el pequeño pero no por ello menos superdotado Lewis MacDougall- dando vida a todos los personajes. 

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Alfredo Navarro: “El IVA al 21% es una vergüenza porque te cargas la cultura”.

Fui uno de los espectadores que la noche del 6 de octubre de 2016 tuvo el privilegio de disfrutar en la Filmoteca de Murcia de “Sueños de sal”, documental dirigido por Alfredo Navarro (Novelda, 1982) ganador del Goya 2015. Ese día se estrenaba en Murcia -tierra que el director conoce muy bien, pues ha vivido y trabajado aquí algún tiempo- esta película cargada de sensibilidad que logró tocarnos el corazón. Sin caer en el sentimentalismo barato y con grandes dosis de verdad y humanismo, Navarro sorprende con un trabajo que también irradia esperanza e ilusión a partes iguales. Humilde y cercano, hablamos con un cineasta que afirma que lo más complicado de un director es “encontrar su propio sello y que habría que apostar por métodos de proyección alternativos para el cine menos convencional “como museos, Filmotecas o aulas de cultura”. De esto y mucho más -el IVA Cultural, lo que sintió cuando ganó el Goya, el presupuesto oficial de su película, etc- hablamos con el artista alicantino Alfredo Navarro, un talento a seguir. 

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Alfredo Navarro mostrando orgulloso su primer Goya gracias al documental “Sueños de sal”, una historia de esperanza e ilusión en tiempos revueltos.

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Elle

En un tiempo en el que cada vez más directores sucumben a la tentación de lo políticamente correcto, en el que cada vez cuesta más encontrar riesgo, atrevimiento y osadía en el séptimo arte, se agradece (y mucho) un film como Elle y un director como Paul Verhoeven, autor de una filmografía que se caracteriza precisamente por no casarse con ningún parámetro preestablecido y hacer básicamente el cine que le da la gana, ajeno a si éste resulta más o menos polémico. Y este adjetivo es, precisamente, el que mejor describe a su última criatura, un film que desde su triunfal proyección en el Festival de Cannes (dentro de la sección oficial de largometrajes a concurso) ha despertado un inusitado respaldo unánime de la crítica. Los factores que convierten a Elle, la elegida por Francia para representarle en los Oscar, en una película polémica van mucho más allá del hecho de mostrar algo que nunca se ha visto en el cine -como es el retrato de una mujer violada que se niega a aceptar el papel de víctima-, sino en todo el conjunto de debates morales que va desplegando su(s) trama(s) y la aguda mirada del director por mostrar un mundo enfermo. 

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No respires

Debería existir una máxima en el mundo del cine que impidiese rodar un remake si éste no nace con la ambición de mejorar o, por lo menos, igualar, a la obra original. Dicha máxima, ignorada o directamente despreciada por la mayoría de cineastas que se aventuran a hacer un remake, se la tomó muy en serio Fede Álvarez cuando en 2013 decidió hacer su particular versión del clásico de Sam Raimi Posesión infernal (1981). El debut del director en el largometraje, tras una exitosa carrera como cortometrajista, nos dejó a todos de piedra: no sólo por conseguir superar en calidad a la icónica obra de Raimi -tomándose muy en serio lo que para el director de la saga Spider-man era un cachondeo puro y duro-, sino por demostrar una personalidad fílmica, una concisión y un tono estilístico impropio en un director novel. No respires (2016), película en la que Álvarez reincide en el terror, viene a confirmar que lo que parecía un espejismo no lo es en absoluto y que el uruguayo, último de una estirpe de cineastas iberoamericanos afincados en Hollywood, ya puede considerarse uno de los más grandes directores de terror de los últimos años. 

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Nunca apagues la luz

Digámoslo alto y claro desde el principio: Nunca apagues la luz (2016) es una película de terror que da miedo de verdad. Y esto, en una época en la que el género está infectado de remakes insufribles, cintas que más que miedo dan risa y otras que pretenden ser tan falsamente vanguardistas que olvidan que el principal objetivo de una cinta de terror es que el espectador se retuerza en la butaca, es de especial agradecer. David F. Sandberg, que debuta en el largometraje con la adaptación de un corto dirigido por él –Lights out (2013)- nos regala una película confeccionada para que el amante del cine de terror se lo pase pipa. Y, como sabe que el público de este tipo de productos es de todo menos paciente, empieza a disparar sangre y sustos desde el minuto uno. El cineasta sueco, que aplica la máxima de lo bueno si breve dos veces bueno -la acción queda condensada en apenas hora y cuarto- no se va por las ramas y comienza a darle a su público lo que pide desde el primer segundo. Parece poco, pero no lo es. Y más en un género en el que parecía que había que acostumbrarse a que transcurriera el ecuador de la película para encontrar un susto, por mínimo que fuese. La afilada capacidad de provocar miedo es algo que cada vez cuesta más encontrar en las películas de terror y este es, precisamente, uno de los platos fuertes de un film del que el propio director ya está preparando la secuela.

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Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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