Muñeco diabólico

Aprovechando el filón de los slashers alumbrados en la primera mitad de la década de los 80, el director especialista en películas de terror Tom Holland sorprendió a finales de la misma con Muñeco Diabólico (1988), unos años en los que el género parecía estar de capa caída. Tras su notable Noche de miedo (1985) y la irregular Belleza mortal (1987), el cineasta norteamericano filmó el que no tardaría en convertirse en uno de los clásicos del género más importantes de todos los tiempos. A pesar de que las últimas entregas  ha derivado en la autoparodia y en el festín gore, Muñeco diabólico fue ideada como un proyecto de terror puro y duro, cuyo realizador -aquí también responsable del guión en colaboración con el polivalente Don Mancini, autor del libreto de todas las películas de la saga-, sortea la aparentemente absurda idea de partida de que un muñeco de plástico pueda convertirse en un sádico asesino. Quizá por ello, por lo descabellado de su propuesta, esta película aún sigue entusiasmando tanto a los que se animan a descubrirla en la actualidad como a toda esa generación que la asocia con su infancia. 

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“Hola, soy Chucky y seré tu amigo hasta el final” o “Me gusta que me abrecen”, son las dos frases más repetidas del que se ha convertido en el muñeco de moda en la ciudad: el Good Guys. Como muchos niños, Andy Barclay (Alex Vincent, actor que repetiría en la segunda parte de la serie), tampoco quiere quedarse sin el juguete del momento, así que insiste a su madre para que se lo compre. Tras hacer realidad su sueño, el niño comienza a entablar una relación con Chucky fuera de lo normal, hasta el punto de que el pequeño asegura que su muñeco está vivo y que puede comunicarse con él. Tras el asesinato de su niñera, la madre del niño buscará ayuda en el policía interpretado por Chris Sarandon -actor fetiche del director- para deshacerse de lo que, ciertamente, no es un simple muñeco sino un ente sádico poseído por magia vudú por un asesino en serie que ahora busca transferir su espíritu en el propio Andy. A pesar de que ya existían El muñeco diabólico (Lindsay Shonteff, 1964) y Magia (Richard Attenborough, 1978), Muñeco diabólico no deja de ser una original cinta de terror, en parte beneficiada por el buen hacer de un director curtido en el género. Prueba de su talento son escenas tan conseguidas como en la que la madre de Andy descubre que el muñeco de su hijo está vivo o el portentoso tour de force -de trágicas consecuencias- entre tía Anna y el susodicho juguete. Además, es especialmente remarcable su acertado uso de la cámara subjetiva, como si se tratara de los propios ojos de Chucky.

Conviene no reprochar incredulidad -ni siquiera en escenas en la que la madre se sumerge completamente sola en los suburbios de la ciudad para encontrar respuestas acerca de Chucky o que el protagonista no acierte a detener su coche cuando está siendo atacado por el susodicho- a una película que versa sobre un muñeco que cobra vida; un muñeco, además, que se antoja inmortal, como el mejor de los iconos del terror, como Michael Myers, Freddy Krueger o Jason. Chucky, auténtico estandarte del género, estaría sin duda a la altura de todos y cada uno de ellos. Prueba es que, al igual que It (Tommy Lee Wallace, 1990) despertó el resquemor y la animadversión hacia los payasos, Muñeco diabólico hizo lo propio con los muñecos. El resultado es un film realizado sin complejos, que se ve sin desdoro y con cierta nostalgia de una época en la que bastaban un puñado de efectos especiales artesanales para aterrorizar al personal –y, también, para hacerlo reír, o si no miren lo que responde este adorable trozo de plástico a la pareja de ancianos en el ascensor-. A su favor también juega su escasa duración, menos de hora y media.

 

 

 

 

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Aunque tramposa en algunas escenas -pocas veces se nos muestra al muñeco de cuerpo entero en acción- y no tan violenta como cabría esperar -quizá porque en esta primera entrega se presta una especial atención a la presentación del personaje, lo contrario a lo que ocurre en posteriores películas-, Muñeco Diabólico es un ejercicio inquietante para los que, al fin y al cabo, busquen pasar un buen rato. Y es que, no nos engañemos, nadie negará que tiene su gracia ver a un muñeco, cuchillo en mano, cometiendo mil y una fechorías, correteando como un loco por el pasillo o mordiendo y matando al personal. Su esencia de serie B, lejos de perjudicarle, beneficia una película que deja bien abierta su puerta a una segunda parte alumbrada un par de años después que, curiosamente, mantiene el nivel de calidad de la primera. Que no es poco. 

 

 

 

 

 

 

 

 

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