La isla mínima

Conviene decirlo de entrada: La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), es un disparate de película. A todos los niveles. Entiéndase por “disparate” como el mejor calificativo que se puede aplicar a un trabajo que no sólo es un clásico instantáneo del cine español sino también uno de los thrillers más sólidos jamás realizados, nacionalidad aparte. A pesar de que el director andaluz no lo tenía nada fácil para superar a Grupo 7 (2012) -todo en aquella película nominada a 16 Goyas y ambientada en las barriadas sevillanas de finales de los 80 funcionaba con la precisión de un reloj suizo-, con La isla mínima asesta el golpe definitivo para consagrarse como un cineasta en mayúsculas. Ganadora de 2 premios en la 62 edición del Festival de San Sebastián -fotografía y actor principal-, la cinta consigue eso que para cualquier aficionado al séptimo arte es un auténtico milagro: lograr el sobresaliente en todos y cada uno de sus apartados. Todo, claro está, sustentado en un guión sin fisuras que bien podría estudiarse en las Escuelas de cine como paradigma del libreto perfecto. Robusta, envolvente y con personalidad propia, La isla mínima está llamada a dejar huella, poso, a permanecer en lo más hondo de los valientes que se atrevan a adentrarse en ella; en un ejercicio fílmico tan intenso que duele; tan realista que hace daño. Tan perfecto que asusta.

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La obra gira en torno a la investigación criminal que llevan a cabo dos policías de métodos contrapuestos en pleno río Guadalquivir: el contenido Pedro (Raúl Arévalo) y el menos ortodoxo Juan (Javier Gutiérrez). Su misión consistirá en dar caza al asesino de dos adolescentes, hijas del barquero de la isla (Antonio de la Torre). Sin embargo, la película no se ciñe únicamente a desentrañar las incógnitas de su trama criminal, sino que aprovecha para hacer un demoledor retrato socio político de la España post franquista. Al final, en efecto, puede que no importe tanto quién es el asesino como todo su trasfondo social: la corrupción del sistema policial -ejemplificada en el personaje de Javier Gutiérrez, una de las composiciones más excelsas y a la vez más vomitivas que nos ha regalado el cine español reciente- o la falta de recursos en una Andalucía -y, por ende, en España- masacrada por los nocivos efectos de la dictadura, no parecen fruto de la casualidad. El país que se dibuja en La isla mínima, el del alumbrado público nocturno inexistente o en el que el salario digno para sus jornaleros es mucho más que una utopía no es el de la África profunda: estamos hablando de España hace apenas 30 años. La crisis económica que late como telón de fondo en la nueva criatura de Rodríguez, en este sentido, bien podría trasladarse a la contemporaneidad. Estamos ante una obra, pues, totalmente actual en todos sus frentes.

Este retrato político español nos obliga a responder a dos inquietantes preguntas: ¿a quién te queda por confiar cuando ya no te puedes fiar ni de las autoridades?; ¿a quién pedir ayuda si el que supuestamente se encarga de proporcionártela es la peor de las bestias? Pero si en su densidad y recovecos narrativos la película brilla con luz propia, no menos reforzada sale de su apartado técnico. Desde los originales, casi vanguardistas, planos aéreos con los que se abre la función, hasta la hipnótica fotografía de Alex Catalán, cuyo soberbio tratamiento de la imagen logra la atmósfera sucia, áspera y angustiosa ideal, pasando por la destreza del propio Gutiérrez para dirigir a actores o para convertir en un paraje tan bello como las marismas del Guadalquivir en un escenario tremebundo, gris, oscuro, asfixiante. He aquí una de las más brillantes paradojas del film: cómo sus paisajes, de extraña y casi poética belleza, provocan auténtico pavor. El director, asimismo, se maneja con una destreza impagable en el thriller, sorprendiendo con unos tiros de cámara certeros, astutos, y una puesta en escena impecable. Tampoco podemos olvidar su gran trabajo de  ambientación y caracterización de personajes, cuyos conflictos emocionales quedan magistralmente expuestos, y la habilidad que demuestran sus responsables en jugar con el sonido ambiente, un aspecto técnico que tiende a descuidarse y que aquí se cuida con mimo para que, más que como espectadores, nos sintamos como parte de la historia.

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Obra magma del séptimo arte, con tintes de cine negro y western, de quedarme con un par de escenas éstas serían la logradísima persecución nocturna en la que Pedro descubre la sorpresa que hay en la parte de atrás del coche al que intenta dar caza, y la reacción de este mismo personaje ojeando las fotografías que desenmascaran al verdadero monstruo de la película que, no nos engañemos, no es el asesino de las dos jóvenes. De ahí que la película no termine con la resolución del caso criminal y que en su especie de epílogo se centre en el rol de Juan. La frase final, ese significativo y demoledor “¿todo en orden, no?“, remata una película que, pese a cerrar su trama principal, deja un final más abierto de lo que parece. ¿Algún pero? Sí: Alberto Rodríguez ha firmado una obra que no podrá superar en el futuro, haga lo que haga. Es imposible.  

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3 pensamientos en “La isla mínima

  1. Ayer la vi por tercera vez y me provocó las mismas sensaciones que la primera…es que está bien hecha!! Yo también dudé 3 veces si Juan tenía algo que ver, pero luego te das cuenta de lo potente que es el final con este rol, y pas mi la escena de la persecución es alucinante, pelos de punta total, y no tiene nada!! La volveré a ver!!!

    • Es que es un peliculón de mucho cuidado! La escena que comentas de la persecución es de lo mejor que se ha rodado en el cine español (y en el cine en general) en los últimos años, y como tú bien dices no tiene nada de especial. Ya la he visto 3 veces y sigue pareciéndome perfecta. Imposible elegir entre esta película y “Magical Girl” como la mejor española del pasado año. Un besazo paula!

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