Azul y no tan rosa

Hay películas que trascienden su mera condición cinematográfica para convertirse en auténticos fenómenos sociales. Es el caso de Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012), cinta venezolana que nació con una clara vocación: dar voz a las minorías, a todos aquellos colectivos que se sentían marginados por la sociedad. Y es que, a pesar de que males como la homofobia siguen aún muy presentes en todo el mundo, Venezuela es uno de los lugares donde más arraigada está. El drama de ser homosexual en un país con un alto rechazo a este colectivo es uno de los asuntos que aborda, con grandes dosis de humanidad y respeto, una obra que tampoco descuida otros temas como la transexualidad, la violencia machista o los nuevos modelos familiares. Estrenada el 30 de noviembre de 2012 en su país de origen, una de las razones por las que Azul y no tan rosa se mantuvo durante 11 semanas en la cartelera venezolana y fue vista por casi 150.000 espectadores se debe precisamente a las ganas que tenían estos sectores sociales de verse reflejados en la gran pantalla; de hacerse notar. De, en definitiva, normalizar su situación.

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La película gira en torno a la difícil relación que mantienen Diego (Guillermo García), un reconocido fotógrafo, y su hijo Armando (Ignacio Montes), recién llegado de España y al que hace cinco años que no ve. En medio de esta coyuntura, Diego aún deberá hacer frente a otra desagradable noticia: su novio, con el que pretendía casarse, es víctima de una brutal paliza por un grupo de delincuentes. Así las cosas, el protagonista contará con el apoyo de Delirio, una transexual amante de la vida; Perla Marina, una joven embarazada víctima de los malos tratos de su novio y su propio hijo, con el que intentará limar asperezas. A Azul y no tan rosa se le podrán reprochar muchas cosas, desde su estrechez presupuestaria hasta su rutinaria puesta en escena, pasando por algún que otro personaje caricaturesco. Lo que nadie le podrá negar es que se trata de un ejercicio fílmico rodado con determinación y, sobre todo, con ingentes dosis de valentía. Nunca hasta entonces el público venezolano había visto a 2 hombres besándose en la gran pantalla, algo que sucede a los cinco minutos de película -y que, muy astutamente, nunca más vuelve a ocurrir, en un intento por no centrar el film únicamente en la homosexualidad y abrirse a otros campos-. Es elogiable también que, al fin, una película de temática LGTB no busque protagonistas ultramusculados, sino personas de carne y hueso con los que cualquiera puede identificarse: el único hombre ligero de ropa que vemos en la película aparece casi a las 2 horas de función y en mitad de una discoteca.

El reconocido actor venezolano Miguel Ferreri, que debutó con esta co-producción española en el largo, dijo al recoger el Goya a la Mejor Película Iberoamericana que Venezuela había esperado con muchas ansias una película como esta y que, después de 6 nominaciones, el hecho de que su país de origen estuviese presente en los galardones de cine más importantes de España “se estaba viviendo como la final de un Mundial de fútbol”, expresión que viene a reflejar las ganas que Venezuela, al margen de las lecturas sociales del film, tenía de ser escuchada, de alzarse como el paradigma de cómo se puede hacer lo máximo con lo mínimo. Si tenemos en cuenta el papel de la cinta para despertar conciencias en su país de origen y la VERDAD en mayúsculas que irradia un trabajo que desprende sentimiento por los cuatro costados no es de extrañar que la cinta de Ferreri se impusiese a las favoritas: la argentina El médico alemán, la mexicana La jaula de Oro y la chilena Gloria. Las carencias formales y narrativas de Azul y no tan rosa -esa vídeo casero, clave para destripar el caso criminal, que surge de la nada; unos saltos temporales discutibles- quedan compensadas por la osadía, por la ilusión que baña todos y cada uno de sus fotogramas. 

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Sumamente clara en sus intenciones y en su discurso, uno de los mayores atractivos de este soplo de aire fresco al cine latinoamericano es lo bien que maneja su tono tragicómico, consiguiendo momentos de profunda emoción – la ópera teatral, el abrazo final entre padre e hijo-, y otros en los que la risa es inevitable. Sin descuidar nunca, claro está, su gran carga de denuncia social, no sólo contra los intolerantes que menosprecian a los que no son como ellos, también contra la televisión, el medio de comunicación más poderoso de nuestro tiempo, que durante años ha dado una imagen distorsionada del colectivo gay: Azul y no tan rosa ha demostrado al pueblo venezolano que se puede ser homosexual sin vestir plumas ni calzar tacones. Y que todas las personas merecen un respeto, como nos recuerda Delirio en su vibrante discurso final, capaz de poner la carne de gallina hasta al espectador más insensible. Parece un mensaje obvio. Pero en pleno S.XXI, donde se sigue matando a la gente por no ser como la mayoría, sigue siendo un mensaje necesario.

 

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