Joe

Joe (David Gordon Green, 2013) es una película que va de menos a más; un drama rural al que le cuesta arrancar pero que, cuando lo hace, va creciendo en intensidad hasta desembocar en uno de esos explosivos finales que están llamados a permanecer en la retina. En efecto: los primeros coletazos de este relato de complicidad entre Joe (Nicolas Cage), un ex presidiario, y Gary, un joven (Tye Sheridan) maltratado por su padre, nos puede echar para atrás, bien por su sensación de algo visto mil veces, bien por su momentánea imprecisión. Tendrá que llegar esa improvisada entrevista de trabajo del primero al segundo para que nuestra concepción cambie. Es a partir de entonces cuando la nueva criatura del director de raíces indies comience a coger cuerpo y se revele como lo que verdaderamente es: un interesante estudio acerca de las relaciones humanas, sobre la búsqueda de referentes; el enésimo reflejo de cómo los lazos del afecto, el cariño y la comprensión pueden ser más fuertes que los de la sangre. Así, la emocionante relación que se va forjando entre los dos protagonistas es el mayor atractivo de una cinta cargada de buenas intenciones.

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Basada en la novela de Larry Brown y ambientada en Misisipi, la película se centra en la ambición de Gary por convertirse en un hombre y, de paso, huir del entorno familiar violento y hostil que la ha tocado vivir. En estas circunstancias comenzará a trabajar para Joe, con quien formará una atípica pareja que, de alguna forma, pasarán a necesitarse mutuamente para sobrevivir: mientras uno intentará huir de su pasado, el otro luchará por construir su futuro. Joe, en este sentido, es una película más profunda de lo que parece. De atmósfera poderosa y estética deslumbrante, estamos ante un film con cuerpo, tan lleno de matices que hasta la subcapas tienen subcapas. A los temas ya citados, que construyen la espina dorsal de la obra, se dan cita otros como la prostitución, la desobediencia civil, la reinserción social de ex presidiarios o el maltrato infantil, que dan fe de la densidad narrativa de una película que no se conforma sólo con el brochazo e intenta ir más allá, dejar poso. A pesar de que algunos de sus personajes secundarios no están tan bien dibujados como cabría esperar -la madre del joven, la prostituta que vive con Joe-, los dos personajes centrales destacan por el realismo con el que están construidos -esas visitas de urgencia en busca de una felación que exorcice toda la violencia acumulada; esa estampa de un joven al que no le importa empaparse con tal de conseguir su sueño-, lo que provoca una empatía directa con el espectador, que no tarda en creerse lo que le están contando.

Este buen diseño de sus dos figuras principales sería en balde de no contar con dos actores que se mimetizaran con sus personajes. Y, en esta línea, Joe no defrauda, ya no sólo por la excelente labor de Tye Sheridan, que le valió el premio a la mejor interpretación en el Festival de Venecia, sino por regalarnos al mejor Nicolas Cage de los últimos tiempos. El actor, que por fin parece haberse dado cuenta que sus incursiones en películas de acción de tres al cuarto no era la mejor decisión para perpetuar el prestigio ganado con Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995) vuelve a la primera fila cinematográfica. Junto a su buen trabajo actoral, en Joe destaca su impecable factura, sus conseguidas localizaciones -la mayoría de la acción transcurre en exteriores-, su adecuada duración, el no escatimar recursos cuando tiene que mostrarse desagradable -las escenas de peleas están logradísimas-, así como un impactante desenlace donde esa violencia seca y de particularísima personalidad que Gordon Green nos ha mostrado hasta el momento estalla hasta costa inimaginables; unos minutos por los que la película queda engrandecida y tras los que se desarrolla un epílogo para enmarcar, a pesar de que las similitudes con Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) sean más que sospechosas.

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Por el buen sabor de boca que deja su final y un epílogo que sorprende por enzarzarse en un melodrama pulcro y nada tramposo, es una lástima que durante el trayecto hayamos tenemos que lamentar algunos aspectos como el discutible uso de la cámara lenta, las piruetas suicidas en la sala de montaje respecto al sonido ambiente o algunos tramos prácticamente vacíos de contenido o excesivamente ralentizados. Un trabajo que evidencia, en contra de lo que mucha gente cree, que en Estados Unidos se puede hacer cine independiente ejemplar. Alguno incluso sobresaliente, como es el caso. 

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