Toro

Después de conquistar el Goya al mejor director novel por su opera prima Eva (2011), fascinante y arriesgadísima historia futurista sobre una niña androide -y con el mediometraje Tú y yo (2014) de por medio-, Kike Maíllo regresa al cine por la puerta grande con Toro (2016), intenso y vibrante thriller con la capacidad de no dar ni un solo minuto de respiro al espectador. A partir de un guión firmado por Rafael Cobos y Fernando Navarro, el director catalán pilota una historia con sabor andaluz repleta de sangre, carreras de coches y escenas de acción que bebe de los clásicos setenteros de USA de Scorsese o De Palma -especialmente de Atrapado por su pasado (1993)- que destaca principalmente por su estilización visual de influjo hollywodiense. Lo primero que merece la pena señalar de la película es su honestidad a prueba de bombas: Toro da exactamente lo que esperamos de ella, así como lo que el tráiler o las campañas de publicidad nos han vendido: los fans del cine de género difícilmente saldrán decepcionados de esta película, por mucho que hayan muchos aspectos mejorables y otros directamente olvidables. Pero el cómputo general, que es lo importante, aprueba con nota.

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La acción de la película, que transcurre durante un periodo de 48 horas, gira en torno al personaje que da título a la película, Toro (Mario Casas), un presidiario que, tras salir durante unas horas de prisión, se reencuentra con su hermano López (Luis Tosar), con el que lleva 5 años sin hablarse. Éste acude a Toro con motivo de la deuda que tiene con Romano (José Sacristán), un mafioso sin escrúpulos que, además, tiene secuestrada a su hija. Ambos deberán unir fuerzas para rescatar a la joven y derrotar a ese fanático religioso sin ningún tipo de piedad. El hecho de que el personaje de Sacristán sea un devoto extremo me parece uno de los aspectos más interesantes de la película; una forma magistral de denunciar la hipocresía y doble moral de muchos feligreses o creyentes que no dudan en manifestar su fe a los cuatro vientos cuando, en el fondo, no son más que carroña. Pura fachada. En este sentido destaca un determinado fragmento del film en el que se fusionan las más altas cotas de violencia que podamos imaginar con imágenes de la Virgen y la Semana Santa, dando como resultado una insólita y acertada simbiosis con mucha enjundia. Se trata, sin ninguna duda, de una de las escenas con más potencial del film. 

Además de cómo traslada al plano exclusivamente visual muchas de sus decisiones narrativas -si por algo destaca Toro es por sus escasos y secos diálogos, en detrimento de las imágenes, llenas de contenido- o de contener algunas de las persecuciones automovilísticas y escenas de acción más logradas y mejor coreografiadas del cine español de los últimos años, conviene resaltar su excelente trabajo de montaje. En cada imagen de la película se palpita la pasión, las ganas y la energía con la que está rodada, y eso es un plus a su favor. Por eso fastidia, y mucho, que una película que contaba con todos los ingredientes para ser un peliculón se quede en lo que es una buena película, sin más. Con otra vuelta de tuerca a su guión, Toro podía haber ido mucho más lejos si hubiese sabido aprovecharse de la corrupción y de los negocios turbios en los que está sumido el país para ahondar en su retrato -y crítica- social. Asimismo hubiese sido un punto a su favor recurrir en menor medida a ciertos recursos puramente efectistas, como la molesta y recurrente cámara lenta. 

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Encargada de inaugurar el Festival de Málaga quizá Toro no invente nada nuevo ni vaya a aportar ninguna novedad al género, pero bien es cierto que tampoco lo necesita. Se conforma con ser un mero entretenimiento y un digno espectáculo narrativo y visual que se ve con ganas aunque no tarde en olvidarse. Una película que te mantiene siempre alerta y ante la que es imposible bajar la guardia. El director comienza la película en alto y la termina en alto, sin tramos muertos ni escenas de relleno. Depurada al máximo y de 4 millones de euros de presupuesto, Toro podría volar más alto de no haber sido Mario Casas el protagonista, un actor ensombrecido por la talla de unos colosales Sacristán, Tosar y García Jonsson. No dudo de la capacidad de entrega y sacrificio del actor juvenil, remarcada por todos los directores con los que trabaja, pero a veces ser actor no es cuestión de trabajo, sino de talento. Todo el reparto lo tiene. Él no. 

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