Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

En una época en la que los grandes estudios imponen cada vez con más frecuencia sus reglas a los cineastas o es el propio director el que se autocensura para resultar políticamente correcto, se agradece una película como Birdman (o la inesperada virtud de la ingorancia) (Alejandro González Iñárritu, 2014); una cinta que irradia libertad por cada uno de sus poros. El director de Biutiful (2010) hace, para entendernos, la película que le da la gana. Auténtico torrente de libertad creativa y artística, nadie puede negar este incuestionable mérito a la obra de Iñárritu. Dicho lo cual, ¿a qué se debe que me dejara más frío que el hielo? El principal problema de Birdman es que se cree más transgresora de lo que realmente es. Sin ánimo de restar valor a sus peripecias técnicas, a su intención de erigirse como un número visual continuo, recordemos que no es la primera vez que se rueda una película en un (falso o no) plano secuencia –La soga (Alfred Hitchcock, 1950), El arca rusa (Alexandr Sokurov, 2002)-, ni, ciñéndonos al plano narrativo, Iñárritu descubre nada del otro mundo hablando de la caducidad de la fama o la prepotencia de las estrellas de Hollywood, temas que ya abordaron, y con más maestría, cintas como El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). 

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La película tiene como figura principal a Riggan (Michael Keaton), un actor que se hizo famoso en todo el mundo interpretando a Birdman, un superhéroe. Tras años sumido en el olvido y en plena decadencia existencial, intenta reverdecer los laureles del éxito dirigiendo una obra en Broadway. Pero la sombra de Birdman, el personaje que lo marcó para siempre y del que es imposible escapar, es alargada. No hay que ser un erudito para darse cuenta la osadía de Iñárritu al lanzar varios dardos contra la industria hollywoodiense, a quien acusa de forma nada velada de ser responsable directa de las borracheras perpetuas de ego, la efemeridad de la fama o el hecho de que el público encasille a un artista con un determinado rol el resto de su vida. Hollywood, en definitiva, como fábrica de juguetes rotos, como industria que te lanza al estrellato y que el día siguiente te condena al más cruel de los olvidos. En esta línea, resulta un aliciente añadido la elección -nada circunstancial, me temo- de Keaton como intérprete principal, actor que, en el mismo proceso de resurrección actoral emprendido por John Travolta cuando Tarantino lo rescató para Pulp Fiction (1994), vuelve ahora a la primera línea de fuego tras caer progresivamente en el olvido después de dar vida, curiosamente, a otro superhéroe: a Batman, en las dos películas de Tim Burton. 

No es el la única fusión de realidad y ficción presente en Birdman, donde el (falso) plano secuencia -muy sutil en sus transiciones- se marca como objetivo prioritario dejar patente que la vida real o lo que se cuece entre las bambilinas o los camerinos de un teatro siempre es más increíble que la propia ficción, que la propia representación de la obra.  El hecho de que la mayoría de las personas presentes en la mítica y complicadísima a nivel lógitistico escena de Michael Keaton paseándose en calzoncillos por pleno Times Square fuesen anónimas y les pillase de sorpresa, incrementa la genialidad de la película, haciendo que la frontera entre realidad, la ficción y narrativa cinematográfica explosione. Apoyada en un complejo y excepcional trabajo de fotografía de Lubezki –Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), este festín arrollador de nombre Birdman destaca sobre todo por ser un canto a la libertad de expresión, por ser un lienzo donde el creador -en este caso el director- se expresa sin miedos de ningún tipo a través de unos diálogos perfectamente calzados. Destaca, así, su manifiesto contra la crítica literaria -más destructura que constructiva- o su estimable sucesión de finales abiertos, por mucho que me pese que no se eche el telón, y nunca mejor dicho, con la magnífica escena de Keaton sobre el escenario, máximo cúlmen de la redención del actor frente al personaje. 

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Me resulta difícil de entender la razón por la que, a pesar de sus ramalazos de humor negro, se ha vendido más como comedia que como drama  cuando sentimientos tan peliagudos como la soledad, el fracaso, la nostalgia, la impotencia o la desesperación extrema son los que sostienen la obra. No es la película total de Iñárritu como muchos apuntan, ni siquiera es una obra maestra, y sus ramalazos excéntricos y torrencial surrealismo pueden jugar en contra del público más convencional, pero es una película que no deja indiferente y sobre la que te sientes obligado a debatir al salir del cine. Bidman es una obra intensa, lo que no significa obligatoriamente una gran obra. Más mesura y más haber acotado el territorio sobre lo que se quería tratar hubieran hecho, sin duda, que este pájaro volara más alto. 

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