Loreak (Flores)

Loreak (Flores) (José María Goenaga & Jon Garaño, 2014) supone la confirmación del inmenso talento de una pareja de directores que ya dejaron constancia del mismo en su opera prima En 80 días, una de las propuestas más fascinantes, insólitas y arriesgadas del cine español reciente. Dos largometrajes que, a pesar de sus diferencias, presentan varios nexos en común: la habilidad con la que el tándem Goenaga & Garaño cuentan historias fascinantes a partir de circunstancias cotidianas, la pasmosa sencillez con la que las desarrollan o, ciñéndonos al plano visual, su sofisticación y elegancia en las formas. Quien se haya dejado engatusar por Loreak, una historia en la que, al igual que en su primera película, los directores y también guionistas demuestran estar increíblemente dotados para hablar de sentimientos -frustrados, ocultos, reprimidos-, sabrá que todo este cúmulo de calificativos hacia este par de cineastas no son en absoluto gratuitos. Porque digámoslo alto y claro: Loreak es una película que cala, y de qué manera, en los espectadores con un mínimo de sensibilidad. De gran espesor emocional y de un sustrato dramático inabordable, esta ejercicio de gran cine nominado a 2 Goyas -Mejor Película incluida- sigue creciendo, palpitando en los corazones tras su visionado, el cual consigue dejarte completamente exhausto. 

loreak

La historia pivota en torno a Ane (Nagore Aranburu), una mujer cuya vida cambia radicalmente cuando comienza a recibir semanalmente un ramo de flores en su casa de forma anónima. Al mismo tiempo, las vidas de Lourdes y Tere (Itziar Aizpuru), esposa y madre de un compañero de trabajo de Ane, también darán un vuelco por culpa de las flores. Tres mujeres que ven alterada su estabilidad física y emocional por culpa de unas flores que le harán preguntarse lo que nunca se habían preguntado y enfrentarse a sentimientos hasta ahora inexplorados. De argumento insólito, Loreak seduce porque en todo momento sus responsables son leales al espectador, al que tratan siempre como un ser inteligente. En las antípodas de pretender dar gato por liebre, se proponen contar una historia de tejido emocional complejo en hora y media, sin apenas tiempos muertos ni frases vacías o inocuas. Y lo consiguen. Todo en Loreak está meticulosamente pensado: cada fotograma, cada decorado, cada frase, cada personaje. No hay nada al azar en este melodrama íntimo que muchos achacan de dejar un amargo poso en el espectador pero en el que, por encima de las cosas tan tremendas de las que habla -muerte, frustración, impotencia, engaño-, hay algo que nos consuela, y es que al final todos y cada uno nos ilusionamos con los que creemos oportuno y/o moldeamos la realidad a nuestro antojo, siempre con la búsqueda de la felicidad como fin último. Habrá quien lo llame autoengaño. Otros prefieren llamarlo bienestar.

No es fácil hablar de Loreak, una película donde hasta las subcapas tienen subcapas y en la que, aunque parezca que no pasa nada, pasa absolutamente de todo. Es por ello que se hace casi obligatorio un segundo visionado que nos permita entender toda la palestra de sentimientos que se van apoderando de los personajes a los que su increíble terna de actrices se encargan de dar vida. Estudio aparte merece la figura del compañero de trabajo de Ane, que a pesar de su escaso tiempo en pantalla, es la pieza clave en todo el entramado argumental. Habrá quien le reproche a la que tiene el mérito de ser la primera cinta rodada completamente en euskera en participar en el Festival de San Sebastián -donde despertó el aplauso de público y crítica, al igual que otros certámenes donde se ha proyectado como BFI de Londres o Zúrich…-, el no dar la suficiente información de sus personajes, cuando ahí radica precisamente gran parte de su encanto. Loreak es de las pocas películas que el hecho de desconocer casi por completo a sus personajes, unido a ese toque de perversión de unos directores que no tienen reparos en coquetear con el misterio y algunas teclas del thriller, se traduce en un punto a su favor. Aquí se plantean muchas preguntas y se ofrecen muy pocas respuestas, puede que ninguna. Es el espectador el que se ve obligado a responderlas una vez finalizado el pase, obligándole a tomar partido.  He ahí la grandeza de la película, tan retorcida como elegante, tan simple como compleja. 

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Loreak pone sobre la mesa cómo las flores son un vehículo perfecto para transmitir emociones como el perdón, el afecto, la pérdida o el amor, al tiempo que habla de la fragilidad y la vulnerabilidad del ser humano o la memoria, entre un sinfín de temas más. Y lo hace sin trampas, sin recursos efectistas de manual y a través de una economización de medios realmente sorprendente. Una cinta presidida por el buen gusto y de un valor humano inconmensurable que no solo no da tregua a la desazón del espectador, sino que hay momentos en la que, inmisericorde, incluso parece ponerla al límite. No es una cinta fácil, pero la vida tampoco lo es. Y Loreak, no nos engañemos, es la vida misma. 

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