X-Men

Lo confieso: nunca he sentido el más mínimo interés por los X-Men. Desde que nací, he dado la espalda a este grupo de mutantes, alabados iconos de la cultura popular, por no parecerme lo suficientemente atractivos. La cosa tiene más delito si tenemos en cuenta que siempre he sido un pertinaz devorador de cómics de superhéroes, especialmente de todos los amparados por el sello Marvel, mítica editorial que ha parido a personajes sin los cuales me resultaría imposible concebir mi infancia, como Spiderman o Hulk. Es por ello que, cuando al fin me decidí a ver X-Men (Bryan Singer, 2000), no tardé en darme cuenta de mi error: estos personajes, en contra de lo que yo creía, tenían mucho que decir. Lo que más me llamó la atención del film, cuyo éxito derivó en la puesta en marcha de varias secuelas y propició que la Marvel diera luz verde a nuevas cintas de superhéroes, es que es accesible a todo tipo de público: de toda edad, sexo y condición. Y, lo que es más importante, está orientada tanto al que está familiarizado con los cómics como a los que no: los que nunca hayan leído una historieta de los X-Men no tendrán problemas en seguir una película que brilla por su nitidez expositiva.

X-Men

Basada en los cómics que Stan Lee -que hace otro de sus habituales cameos- creó en la década de los 60, la historia plantea un futuro cercano en el que la humanidad se ve obligada a convivir con una nueva raza: los mutantes. Éstos, se dividen en dos grupos: los que confían en la integración con el resto humanos, liderados por Charles Xavier (Patrick Stewart) y entre los que se incluyen Tormenta, Lobezno y Cíclope, y los que declaran la guerra a todos los que son diferentes a ellos, capitaneados por Magneto (Ian MacKellen), y entre los que figuran Dientes de Sable, Mística y Sapo. Aunque todos tienen sus momentos para lucirse, si hay un mutante que destaque por encima del resto es Lobezno, interpretado por un Hugh Jackman que, por su gran mutación física, encaja como anillo al dedo a su papel. A él corresponden la mayor parte de escenas de la película y, desde su gloriosa presentación en un ring de boxeo hasta su último instante en moto, nos regala los mejores momentos, incluyendo las escasas notas de humor del film. No es casualidad, pues, que después de tres secuelas, se encargasen dos spin-off -sin el alma ni la profundidad de esta primera entrega- de su personaje, recomendables a quienes tengan interés en indagar en su pasado, aspecto que aquí se deja bastante en el aire. En cualquier caso, conviene remarcar la complejidad de todos los personajes, alejados de típicos maniqueísmos. El malo malísimo, por poner un ejemplo, no es malo porque sí, sino como consecuencia de un pasado y circunstancias específicas que podemos llegar a entender. 

Pero por lo que X-Men me ganó fue por ser una obra totalmente atípica dentro del género de superhéroes, alejada de lo convencional. No sólo por su escasa duración de alrededor de hora y media -las cintas de estas características suelen rebasar las 2 horas-, o por el hecho de que los dos villanos hayan sido, durante años, grandes amigos -ojo a la escena final del ajedrez-, sino por su densidad. En efecto: una de las claves de que soporte tan bien el paso del tiempo es su llamamiento a la integración, a la aceptación del diferente. Un mensaje tan intemporal como enriquecedor. La película dispara contra una sociedad que no tiene reparos en criticar todo lo que se sale de lo políticamente correcto, convirtiéndose en un documento que, por encima de sus escenas de acción y efectos especiales -puestos, por fin, al servicio de la historia y no al revés-, aniquila cualquier tipo de segregación. Así, cabe interpretar la escena final del interior de la Estatua de la Libertad como una bella metáfora en este sentido, dando la sensación de que nada está aquí colocado al azar. El resultado final lo disfrutarán los ávidos del cine de multisalas, pero también los que esperen ese trasfondo, esa miga de la que muchas veces carece el cine de acción. Eso sí: sin rastro pedantería ni que esa carga filosófica que recorre de punta a punta la obra quede nunca impostada. 

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Heterogénea y compacta, ni el hecho de que algunos echaran en falta los personajes originales de los cómics -como Ángel, Hombre de Hielo o Bestia– en pro de los de la última hornada desvirtúa las bondades de una película rabiosamente entretenida orquestada por alguien que demuestra en todo momento un respeto absoluto tanto a su material de partida como al público al que se dirige. Considerada como una de las mejores traslaciones del cómic a la gran pantalla, no es de extrañar que Singer pilotase la secuela de la misma ni que, más de una década después, retorne al universo de estos mutantes para ponerse al frente de la secuela de X-Men Primera Generación (2011), el reboot de la saga. Una obra, en conclusión, que dignifica las películas de superhéroes y a raíz de la cual éstas adquirieron el prestigio del que gozan en la actualidad. 

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