X-Men 2

Tres años después de ponerse al frente de X-Men (2000), película que trasladó a la gran pantalla los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby en 1963, Bryan Singer se hizo responsable también de la secuela de una obra que desató la fiebre de las adaptaciones cinematográficas de cómics. Superior a su predecesora en presupuesto, duración y recaudación mundial, X-Men 2 (2003) está también por encima en cuanto a sentido del espectáculo. Su excelente fragmento inicial en el interior de la Casa Blanca -escenario poco casual en un filme que trata de señalar a la política como herramienta fundamental para articular el discurso de integración que, a fin y al cabo, es lo que da sentido a los X-Men-, con la soberbia presentación del Rondador Nocturno, constituye la mejor carta de presentación de lo que está por venir: escenas de acción que sacan todo el jugo posible de la tecnología que hacen a la cinta impermeable a cualquier atisbo de aburrimiento. Este potente arranque, unido a momentos como el de su vibrante clímax -con un mensaje en voz en off capaz de poner los pelos de punta- certifica el gran nivel lúdico de una película que, al mismo tiempo, no renuncia al intimismo que hizo de la primera entrega algo diferente. Synger, en efecto, logra una dicotomía perfecta entre las escenas de combate y las de diálogo; una montaña rusa de emociones dispuesta a satisfacer a todo tipo de público. 

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Hay secuelas que funcionan independientemente de sus predecesoras, algo que no ocurre con X-Men 2, que exige el visionado de la primera parte para entenderla, sobre todo porque sigue las líneas narrativas expuestas en el anterior film. En esta ocasión los mutantes, seres perseguidos por ser diferentes al resto de los mortales y que aquí siguen polarizados entre los que abogan por el exterminio y los que apuestan por la integración, deben hacer frente al malvado científico Stryker (Brian Cox) -villano que retornarán en X-Men: Primera Generación (Matthew Vaughn, 2011)- que pretende acabar con ellos a toda costa, máxime tras el atentado sufrido por el presidente de los EE.UU. Si la primera entrega se encargó de presentarnos a los personajes, esta segunda tienen como misión desarrollarlos, ahondar en sus motivaciones y aspectos más desconocidos -como la extraña relación que mantienen Xavier (Patrick Stewart) y Magneto (Ian McKellen)-, algo que le permite de sobra sus muy bien aprovechados 133 minutos. Se agradece, pues, que repitan los mismos actores de la primera, algo que facilita al espectador seguir la historia sin estridencias, así como la presentación de una nueva hornada de personajes, como Stryker, Rondador Nocturno, Pyro y Dama Mortal, a pesar de que esta irrupción de mutantes se cobre dos víctimas como Pícara y Cíclope. Ambos quedan totalmente relegados a un segundo plano a pesar de que el romance de la primera con Hombre de Hielo podía haber dado mucho más juego. 

Pero, tal y como sucedía en X-Men, si hay un personaje que destaque por encima del resto éste es Lobezno (Hugh Jackman) que, en esta secuela y gracias a los jugosos datos sobre su pasado, adquiere la entidad y solidez definitivas. Es él, además, el que nos proporciona la otra gran imagen del filme, junto con la de la Casa Blanca: su huida de la cárcel, donde vuelve a quedar de manifiesto lo bien que se maneja Singer a la hora de imprimir sentido del ritmo a la historia. Y todo a pesar de que el guión, incapaz de hacer extensible el mismo nivel de espectacularidad de su poderoso arranque al resto de metraje, pierde fuelle en momentos puntuales, lo que no le impide funcionar con la precisión de un reloj suizo y mantener casi sin pestañear al personal. Y, todo, envuelto en una carrocería elegante y sofisticada. Si a ello le añadimos una trama más compleja -en fondo y forma- de la que hasta ahora nos tenían acostumbradas las películas de superhéroes, así como que permanezcan intactas sus lecturas sobre la tolerancia, el respeto y la integración, el resultado es una cinta que disfrutarán los amantes del gran cine. 

Rondador-Nocturno-X2

Una película, en conclusión, que no sólo mantiene el nivel de calidad de la primera, sino que la supera. Después vendría el tercer y último capítulo de saga -exceptuando los dos spin-off del personaje de Lobezco y el reboot de la franquicia puesta en marcha en 2011-, inferior pero digno episodio a los que Bryan Singer llevó a cabo en las dos primeras entregas. El estadounidense -¡cualquiera diría que nunca ha sido un fan de los X-Men!- será recordado por su infatigable empeño en romper, en cada plano, en cada diálogo, el mito de que el cine de superhéroes es única y exclusivamente infantil. Misión que, ni qué decir tiene, cumplió con creces.

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