Nymphomaniac. Volumen 2.

A pesar de que el propio director dio la autorización para su división en dos partes, conviene disfrutar del primer y segundo volumen de Nymphomaniac como un todo, como un conjunto. En cualquier caso, y ya que se estrenaron en cines por separado, en este blog las hemos valorado de forma independiente. Así, si la primera entrega no cumplió las expectativas de este crítico, Nymphomaniac 2 (2013), por su parte, sí que ha conseguido un digno aprobado. Cierto es que ambas comparten los mismos rasgos estilísticos, esa atmósfera oscura y casi desagradable -aquí, si cabe, más sórdida que en la anterior-, las sobreimpresiones o la propia estructuración por capítulos -en esta ocasión del 5 al 8-, pero en esta ocasión la jugada parece mucho más indecente, mucho más descarada. Llevando por bandera nuevamente su afán por provocar, Nymphomaniac 2 contiene las escenas más abrumadoras -y políticamente incorrectas- de este díptico, como la conversación sobre la pedofilia o la del trío sexual. Eso por no hablar de otras en las que Von Trier indaga más en las prácticas sexuales de su musa, como la del sadomasoquismo -la escena del látigo- o la del sangrado de clítoris en el baño, simplemente brutal. 

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La acción arranca justo donde acabó la anterior, es decir, en esa inquietante momento con la protagonista chillando: “¡No siento nada!”, un grito de desesperación que hacía alusión a la imposibilidad de notar un estímulo, por mínimo que sea,  en el sexo. El diálogo que mantienen Joe (Charlotte Gainsbourg, que hace gala de su encomiable entereza al rodar todas las escenas explícitas) con su extraño pero noble salvador (Stellan Skarsgard) antes de que ella le siga relatando sus episodios más destacados de su ninfomanía se encuentra, por méritos propios, entre lo mejor de las más de 4 horas que dura la versión comercial de la película -la del montaje del director se alarga hasta las cinco horas y media-. Ella termina de quedar retratada como un animal herido cuando, impotente, cuente cómo en sus experiencias sexuales los hombres se excitaban bastante mientras que ella no, mientras que él le confiesa su virginidad y su condición de asexual. Una especie de prólogo que sirve para conocer más a fondo a unos personajes a los que, por primera vez, compadecemos. Es en este instante cuando entendemos su verdadero problema: son unos marginados sociales. Incluso nos preguntamos cómo serán sus vidas a partir del momento en que salgan de esa habitación convertida en refugio para los incomprendidos. 

Por encima de excesos y de ciertas escenas que no aportan absolutamente nada, hay que agradecer a Lars Von Trier el hacer llegar al gran público lo que realmente significa ser una ninfómana  Hasta entonces dicha temática había sido trasladada al cine de forma artificiosa,  irreal y, especialmente, frívola. El danés nos recuerda que es una enfermedad como cualquier otra, capaz de destrozar la vida de alguien y que, para colmo, está contaminada por los prejuicios de la gente. En relación a esto último, destaca como Von Trier transforma el discurso que Joe da a sus compañeras de terapia antes de abandonar la sala en una denuncia a la hipocresía y a la doble moral. También me gusta la fusión que el director establece entre fisicidad y espiritualidad -uno de sus temas de cabecera, de ahí también la referencia a Anticristo (2007)-, dos términos que no están tan distantes como aparentan, así como la presencia de Willen Dafoe, que hace las veces de Uma Thurman en cuanto a miembro de reparto destacado. Por lo demás, la película repite los mismos errores que la primera parte: su continua alimentación de (cargantes) metáforas, su permanente tendencia a comparar la enfermedad de la protagonista con todo lo habido y por haber -Wagner, Beethoven, Freud…-, sus impostadas consignas existencialistas y su tendencia al subrayado –Joe repitiendo una y otra vez su problema- ensombrecen un conjunto que, pese a todo, es incapaz de dejar indiferente.

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Aunque dudo que vuelva a verla en mucho tiempo, reconozco que Nymphomaniac 2 ofrece un menú más apetitoso que la primera: no sólo por su impactante manera de cerrar el ciclo, pistola de por medio, sino porque también nos regala su escena más potente: la de los dos protagonistas, de espaldas, mirando cada uno a través de una ventana como si, liberados por sin de ataduras y de sus malas experiencias, se dispusieran a encarar el futuro. Como si, por primera vez en su vida, fueran libres. Y, para quien todos estos argumentos no les convezcan,  siempre queda el que se haya abordado un tema tan espinoso desde la óptica tan absolutamente única, imaginativa e inimitable de Lars Von Trier. 

 

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