Café Society

Tras ver Café Society (Woody Allen, 2016) uno entiende por qué fue recibida con gran entusiasmo en el último Festival de Cannes: estamos ante una de las películas más logradas del genio neoyorquino. Al igual de lo que sucedió con Match Point (2004) o la más reciente Blue Jasmine (2013), la nueva obra de Allen está a la altura de alguna de las obras maestras de su primera etapa como cineasta, sin duda la más fructífera e interesante. Como muchas carreras cinematográficas, la trayectoria del director de Manhattan o Annie Hall está plagada de muchas cimas, simples colinas y algún que otro desastre -a la mente me viene A Roma con amor (2012), una película que nunca debería haber existido-. La razón principal por la que Café Society habría que encuadrarla dentro del primer grupo es que es una película que mezcla con pasmosa sencillez lo bonito con lo trágico, lo agradable con lo que no lo es, el brillo y la purpurina con el vacío más atronador. Inmensamente bella pero terriblemente trágica a la vez, esta comedia dramática ambientada en el Nueva York de los años 30 consigue dejar al espectador en un profundo estado de confusión: ese que te dejan las películas que disfrutas con una sonrisa pero que, al mismo tiempo, también te dan motivos para estar triste. 

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La historia pivota en torno al personaje de Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg), un joven que se traslada a Los Ángeles para trabajar con su tío Phil (Steve Carell), un adinerado e influyente productor de Hollywood. Perdido en una ciudad que no conoce, y en la que no es oro todo lo que reluce, Bobby, en el que muchos ven el alter ego de Woody Allen, terminará enamorándose de Vonnie (Kristen Stewart), la atractiva secretaria de su tío. Historia profundamente romántica y dominada por completo por las emociones, Café Society nos habla, además de lo falsa que es la industria de Hollywood cuando se apagan los focos, de lo difícil -por no decir imposible- que resulta olvidar el amor verdadero y de lo que cuesta llevar una vida normal cuando se arrastra el peso de la pérdida. Nostálgica, de aroma clásico y capaz de dejar uno de los niveles de desazón más profundos de todo el cine de su autor, uno de los puntos fuertes de la nueva criatura de Allen es su concisión, lo depurada que está narrativamente hablando. En esta línea, cabe apuntar lo hábil que es el director en bajar el telón en el momento oportuno. En efecto: Allen cierra la película de la mejor forma posible, haciendo creer al público en un primer momento que ha asistido a un final abierto cuando, en realidad, es cerrado. Cerradísimo, incluso. 

Otra de las bazas de Café Society es su fotografía. Nos encontramos ante una película absolutamente hermosa en el plano visual, con planos apabullantes por su belleza y su rica mezcla de texturas y colores, a lo que sin duda ha contribuido el hecho de haber sido rodada en formato digital -la primera que Allen filma con esta técnica-. Magníficamente ambientada, tanto en exteriores como en interiores, destaca la estilización de los decorados, la excelsa composición de los planos -como si cada uno de ellos estuviese milimétricamente estudiado- y una labor de vestuario sublime. Claro que nada de esto serviría de no estar pilotada por actores de primera línea como son en este caso un Jesse Eisenberg que encaja como un guante en su papel y una Kristen Stewart que debuta en el universo Allen con nota. La ex ídolo teen, que se está fraguando una carrera tan sólida como interesante, demuestra aquí una variedad de registros y una madurez interpretativa impensables para los que la mirábamos con recelo hace algunos años, cuando la fiebre crepuscular brillaba en todo su esplendor. Y ni qué decir tiene el otro peso pesado de la función: un Steve Carell glorioso que repite con Allen tras Melinda y Melinda (2004). Pero no solo ellos: la interpretación de todos y cada uno de los actores de esta película roza la perfección. 

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Menos ligera de lo que parece, con más enjundia de los que nos tenía acostumbrados en los últimos años, Café Society es una película que no disgustará a los fans del neoyorquino pero que tampoco pretende gustar a los que no lo son. A estas alturas de su carrera, con 80 años de edad y con el encomiable mérito de alumbrar una película anual, algo al alcance de muy pocos directores, Allen está por encima del bien y mal. Con su desapego a los corrientes de moda, el director sigue siendo fiel su estilo, a su universo tan único inimitable. El cineasta no busca a estas alturas de su vida ganar nuevos adeptos, simplemente que los que pagan por ver cada año sus películas pasen un buen rato, aunque eso implique de cuando en cuando, como es el caso, dejarte un nudo en el estómago. Café Society es una obra de primera magnitud firmada por un cineasta que también lo es. El día que falte lo echaremos de menos. 

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