La teoría del todo

Era cuestión de tiempo que la vida del astrofísico Stephen Hawking, una de las mentes más brillantes del siglo XX, quedase reflejada en la gran pantalla. Era de esperar, pues, una película como La teoría del todo (2014), dirigida por el británico James Marsh, responsable de trabajos tan magníficos como los documentales Man on Wire (2008) o Proyecto Nim (2011). Adaptación de Travelling to Infinity: Mi life wih Stephen, el libro que escribió la primera esposa del científico con el objetivo de plasmar la personalidad del genio y la historia de amor que vivió con él, La teoría del todo es una película que sorprende por su delicadeza y su total ausencia de trucos para conseguir la lágrima fácil. Estamos ante un biopic cuya valor arma para emocionar es la mera admiración y profundo respeto que hasta el más común de los mortales siente por una eminencia científica y humana de tal calibre, que demostró que hasta en la peor de las circunstancias siempre hay un motivo para salir adelante, de perseguir tu sueño.

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Ambiciosa hasta la médula, La teoría del todo se propone un reto abismal: narrar nada menos que un periodo de 30 años en la vida de Hawking, desde comienzos de los años 60 -cuando, con apenas 21 años, se le diagnostó la esclerosis lateral amiotrófica, una terrible enfermedad degenerativa que con el paso del tiempo le afectaría a su movilidad y capacidad de habla- hasta finales de los 80. Y lo cierto es que Marsh sale ileso de tamaño objetivo: no hay un solo rato muerto en una película de más de 2 horas de duración, en las que destaca en todo momento el buen gusto y el tremendo respeto con la que sus creadores tratan a la figura central. Sin embargo, la excesiva dulcificación y el constante tomo amable con la que el director refleja a Hawking puede que juegue en contra de una película que, al igual que lo que sucede con muchos biopics sobre personalidades víctimas de una enfermedad, tiende a dulcificar a su protagonista y, en consiguiente, a la historia. Con esto no me refiero a que tendrían que haberse recreado más en la enfermedad del divulgador científico, pero sí a mostrar los lados menos amables de su personalidad, que los tendría como cualquier persona. Se hubiera agradecido, por ejemplo, que se hiciese especial hincapié en los motivos de ruptura con su primera esposa, autora del libro en la que se basa la película y madre de sus tres hijos, antes de que Hawking se casara de nuevo con la que hasta ahora era su enfermera.

Dejando al margen este buenrollismo general que perjudica levemente a la película, La teoría del todo es una película correcta de la que pocas cosas negativas se pueden decir. Lo que más llama la atención es la portentosa interpretación de Eddie Redmayne que justifica con cada segundo que está delante de la cámara su nominación al Oscar. Actuación comparable a la de Danial Day-Lewis en Mi pie izquierdo (Jim Sheridan, 1989), Redmayne, que calca la forma de hablar, moverse o mirar del original, sale victorioso del que sin duda es -y con toda probabilidad será- el papel de su vida: el de un joven que desafió a las leyes de la medicina al dinamitar los escasos 2 años de esperanza de vida que los facultativos le dieron cuando le diagnosticaron su trastorno neurológico; el de alguien que se ha mantenido siempre férreo en negar la existencia de Dios y acogerse a las leyes de la física para explicar el origen del universo. La película se sirve de su fascinante personaje principal para elaborar un manifiesto a no dejarse nunca vencer por la adversidad, de ahí que se elija la icónica frase de Hawking de “mientras hay vida hay esperanza” como broche de oro a la función. 

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Modélica en ritmo y en buen gusto, algunos reprocharán al film el estar exento de la complejidad y la profundidad científica que se esperaba, principalmente por el hecho de tener a Hawking como figura central. Sin embargo, no puedo más que aplaudir la decisión del director por opta, en su lugar, a limitarse a incluir los postulados más significativos de sus investigaciones, los titulares más destacados, y no perderse en jeroglíficos indescifrables para el gran público, lo que le restaría un valor comercial que la película necesita. La teoría del todo debe llegar a cuanta más gente, mejor. No todos los días se estrenan películas con un tejido humano tan extraordinario.  

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