Cuatro bodas y un funeral

El mayor mérito de Cuatro bodas y un funeral (Mike Newell, 1994) no es su habilidad para conjugar dos resortes tan opuestos, en apariencia, como las risas y las lágrimas, ni siquiera su influencia en posteriores trabajos encuadrados en el género de la comedia romántica. Lo que más llama la atención de la película que terminó de consagrar al director de El despertar (1980) y Bailar con un extraño (1985) es el haber atesorado una nominación al Oscar a Mejor Película, categoría históricamente alérgica a un género tan denostado. Quedaba probada, por tanto, la calidad de este film escrito por Richard Curtis -eficaz director y guionista romántico, como terminó de demostrar en Notting Hill (Roger Michell, 1999) o, más recientemente, en Una cuestión de tiempo (2013), su despedida tras las cámaras-, que consiguió también una merecida nominación al Mejor Guión y terminó convertida en una de las películas más taquilleras de su década. A pesar de que el tiempo no la ha tratado muy bien o que bordea el pastel en más momentos de los permitidos, Cuatro bodas y un funeral es un film que se ve con cierto interés y que deja buen sabor de boca. 

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El argumento pivota en torno a un grupo de amigos monógamos de la alta sociedad inglesa que, en una edad en la que todos sus conocidos se han casado, se dedican a ir a las diferentes bodas de sus conocidos. En una de ellas, el eterno soltero Charles (Hugh Grant, en el papel que lo convirtió en un gran estrella de Hollywood) conocerá a Carrie (Andie Macdowell), una americana de la que no tarda en enamorarse. Sin embargo, los planes del británico por cortejarla se desmoronan cuando, en la siguiente boda en la que coinciden, la joven le presente a su prometido. A raíz de entonces, comenzará un tira y afloja con final predecible -qué remedio- entre el torpe y despistado protagonista y la decidida mujer. A pesar de la falta de química entre ambos o que la propia elección de Macdowell se revele como un estrepitoso error de casting -podían haber puesto en su lugar a Kristin Scott Thomas, uno de las grandes secundarias con las que cuenta el film-, al final terminamos cogiendo cariño a ambos, especialmente a un Grant que nos conquista con sus expresiones, sus gestos y que explota hasta el límite su don para la comedia. Estructurada en los cinto actos a los que hace referencia su título, llama la atención como es el funeral el que funciona como el grueso de la película y el fragmento que aporta el golpe definitivo de madurez a la película, además de componer los minutos más entrañables del film. 

Con cierta crítica a la inmadurez y la superficialidad con la que mucha gente se toma un compromiso tan serio como el matrimonial, Cuatro bodas y un funeral nos regala instantes tan tronchantes como el protagonizado por el mítico actor Rowan Atkinson -el eterno Mr Bean, serie creada por el propio guionista de la película- en la piel de un despistado cura, el bochornoso momento en el que Charles comparte mesa con varias de sus ex novias en la segunda boda o el inoportuno brindis del padrino: fragmentos que, lejos de ser disparatados, encajan dentro de la mirada corrosiva que se arroja sobre estas ceremonias nupciales. A ello se suma su impecable selección musical, desde la inclusión de varias piezas de Elton John hasta el tema principal Love is all around, del grupo inglés Wet wet wet que, junto con la escena de la lluvia, es por lo que 20 años después se sigue recordando a este trabajo. Lástima que para ser una gran película le falte algún giro de tuerca al romance entre los protagonistas, el cual da la impresión de avanzar a trompicones y no estar del todo bien desarrollado. 

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Rodada con frescura y elegancia, el caso de Cuatro bodas y un funeral es curioso porque es capaz de agradar incluso a los que no son incondicionales del género, en parte también porque su argumento funciona como un espejo de la sociedad británica de la época, en la que se intentaba dejar atrás unos años ochenta dominados por el conservadurismo y cierta mojigatería. Puede que le falte chispa, que la condición de clásico le venga grande y que, en el fondo, no tenga ninguna estampa realmente memorable, pero es una cinta inofensiva que sigue gustando al gran público y que sigue contando con una incontable legión de fieles. Por algo será. 

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