A propósito de Llewyn Davis

Tres años después de Valor de Ley (2010), los hermanos Coen retornaron a la gran pantalla con A propósito de Llewyn Davis (2013), una historia escrita y dirigida a cuatro manos centrada en la frontera que separa el éxito del fracaso. Ambientada en el Nueva York de 1961 -viajar al pasado se confirma como una de las constantes del cine de los responsables de Sangre fácil (1984) o Fargo (1996)-, la cinta cuenta los esfuerzos que debe hacer un primoroso cantante de folk para ganarse la vida. Sin el respaldo de las discográficas, durmiendo de casa en casa y malviviendo con las míseras propinas de los clientes, el irascible y por momentos adusto Llewyn Davis (Oscar Isaac) es la viva imagen de la derrota, hasta que un día se le presenta la que puede ser su gran oportunidad: hacer una prueba para el magnate musical Bud Grosshman en Chicago. El film propone una interesante reflexión acerca de cómo debemos relacionarnos con los demás para lograr el éxito, hasta dónde es capaz de llegar el ser humano por resistir en sus sueños o, más especialmente, de qué manera el factor suerte resulta decisivo para triunfar. De poco sirve ser bueno, parece querer decirnos la película, si nacemos en un contexto o con unas circunstancias poco proclives para desarrollar ese don.

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Una vez más, los Coen demuestran, además de una gran vocación de estilo y un don especial para crear atmósfera, un extraordinario dominio del lenguaje cinematográfico; son capaces de condensar en poco más de 100 minutos una historia ambientada hace medio siglo pero que, al mismo tiempo, es terriblemente actual: por sus -múltiples- lecturas, por la universalidad de los temas tratados y porque, aunque nos cuesta debido a su agrio carácter, al final terminamos poniéndonos en la piel del protagonista, incluso cogiéndole cariño. Nunca se hace tediosa ni aburrida, a pesar de que los directores -en un gesto cada vez menos frecuente en los musicales- incluyen las canciones en su totalidad, todas interpretadas en vivo por el propio actor; canciones que, aunque no hacen avanzar la historia, nos permite adentrarnos en la psicología del Davis. Funcionan, además, como balón de oxígeno, como método autodefensivo para alguien al que vemos consumirse poco a poco, pero que resucita ipso facto cuando se sube a las tablas de algún escenario, más o menos decente. La música, en definitiva, como bálsamo para curar las heridas.

Los Coen también se vuelven a revelar como unos excelentes creadores de personajes. En este caso destacan por ese icono que deambula por las gélidas calles del invierno neoyorkino, un anti héroe más en la extenso catálogo de los autores. Esta creación está espléndidamente llevada a cabo por un Oscar Isaac que ciñe desazón y resignación con sus gestos con una seguridad que resulta aún más llamativa al tratarse de su primer papel protagónico, tras sus intervenciones en Ágora (A. Amenábar, 2009) o en Drive (N. Winding Refn, 2011). Al mismo nivel del guatamalteco se sitúan los secundarios, que abarcan desde el ya habitual en la filmografía de los Coen John Goodman, hasta Carey Mulligan -que vuelve a sorprender por su gran calidad vocal, tal y como ocurría en Shame (Steve McQueen, 2011)- o Justin Timberlake, que se marca con el protagonista la radiante y bellísima Please Mr. Kennedy, quizá el momento más emotivo de la película. Lo único que patina en un guión primorosamente escrito es el fragmento del viaje a Chicago, una especie de road movie que parece más bien un inserto que una pieza clave del relato.

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Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes y nominada a 2 Oscar -Fotografía y sonido-, es probable que exista a quien le cueste penetrar en ella o acuse a los Coen de haber sido incapaces de romper la coraza que envuelve A propósito de Llewyn Davis y lograr, así, que su emoción contenida estalle. Personalmente no lo veo como un defecto, sino como algo premeditado por parte de unos directores que siempre tuvieron en mente hacer una película amarga, nada complaciente, y distanciarse de la típica historia de hombre fracasado con pasado, presente y futuro: en esta ocasión, el primero lo desconocemos, el segundo se nos muestra, y el tercero… queda a nuestra imaginación.

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Un pensamiento en “A propósito de Llewyn Davis

  1. Efectivamente, romper esa coraza implicaría hacer una películas sensacionalista y sin la sensibilidad que tiene ésta. Es una película de silencios, de gestos que hablan por sí solos, que ya en el propio ambiente está esa impronta de perdedor y desarraigo que tiene el personaje.

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