Un profeta

El protagonista de esta historia es un joven que, al ingresar en prisión, comienza a rebanar cuellos y a codearse con las más peligrosas compañías. Nadie diría que se trata de un héroe. Sin embargo, esta forma de desenvolverse se dibuja como la única vía posible para salir incólume de una jungla habitada por hambrientos depredadores. En su película Un profeta (2009) el respetado cineasta parisino Jacques Audiard nos lanza una reflexión: ¿hasta qué punto esta selva retratada con toda la gelidez e inclemencia posibles no es más que un reflejo de lo que cuece fuera de esos barrotes o, dicho de otro modo, en la vida real? ¿Es este campo de cultivo de drogas, corrupción, luchas de poder y crimen organizado un espejo de lo que observamos diariamente en nuestro entorno o, por el contrario, la realidad es mucho más idílica? En sintonía con sus jugosos interrogantes, este cuento moral de primer orden radiografía la(s) patalogía(s) de la contemporaneidad: desde la falta de valores de la actualidad hasta su espíritu de erigirse como metáfora de una indomesticable sociedad en la que -como el protagonista- hay que buscarse las mañas de sobrevivir, pasando por una feroz crítica a un sistema carcelario podrido en el que los presos llegan a tener más poder que la autoridad.

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Malik El Djebena (Tahar Nahim) es un francés de origen árabe condenado a seis años de cárcel. Sin saber leer ni escribir, el chaval se verá inadaptado por las condiciones de un entorno en el que destaca una mafia corsa tan embriagada de poder que incluso mantiene amordazados a los propios guardias. Incapaz de vislumbrar otra alternativa, El Djebena comenzará a relacionarse con los miembros de dicha organización, hasta el punto de ganarse sus respetos. El joven ignorante y solitario del pasado irá dando paso, con la ayuda de su némesis -el veterano Niels Arestrup-, a alguien formado, tan adiestrado a la hora de la mera redacción como a la hora de manejar la cuchilla… y no precisamente para bien. La metodología que usa el director para retratar todo este proceso de degradación  -aunque, en este recorrido, lo dote de un humanismo y una conexión con el público fuera de lo habitual- y todo el mundo interior de su protagonista se aproxima mucho al cinema vérité. Reacción europea al sistema clásico de hacer películas, el también llamado cine de realidad se caracterizó, entre otras cosas, por reflejar el estado psicológico de sus personajes con un realismo abismal. Esta olvidadiza expresividad autoral se refleja, principalmente, en cómo se manifiesta el fantasma que persigue a Malik El Djebena cuando éste se halla encerrado en su celda, con quien llega incluso a interactuar.

Uno de los puntos fueras de esta producción que cosechó los elogios de público y crítica en Festivales como Toronto, San Sebastian o Cannes -en éste último ganó el Gran Premio del Jurado-, es su inmanente brusquedad. Áspera, seca y sin contemplaciones, la violencia que brota de Un profeta es tan real e implacable que incluso llega a doler. Pero, por encima de los amaneramientos formales, con lo que hay que quedarse es con lo que subyace en hechos como el del protagonista cometiendo su primer asesinato en prisión, actos por los que se irá convirtiendo en una monstruo aún mayor del que era a su entrada. Porque Malik El Djebena no sólo logrará sobrevivir de semejante odisea, sino que asciende, crece hasta el punto que llega a convertirse en una institución a su salida de entre rejas -guardaespaldas incluidos-. Es un sumergirse al abismo para salir no sólo falsamente rehabilitado, sino más en el abismo que nunca -ahora, ni siquiera el fantasma de su primera víctima en la cárcel, lo que vienen a ser los remordimientos, le persiguen-. Grandes expectativas -cumplidas- de un guión que no hubiesen servido de nada de no contar con un actor que brille con luz propia, como es el caso del debutante Tahir Nahim, a la altura de un irreprochable cast desde la primera figura hasta al último de los secundarios. En el otro extremo de la balanza, Un profeta adolece de cierta descompensación narrativa, no escapa de la inevitable sensación que su acción se podría haber comprimido en menos tiempo; a lo largo de sus dos horas y media encontramos varias escenas que, estando filmadas de forma correcta, aportan poco o muy poco a lo que aquí se nos quiere contar -así como las palabras sobreimpresas en la imagen, un recurso discutible-.

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Junto a su dilación, lo menos afortunado de Un profeta llega durante el ecuador de su función, donde se ahoga por momentos en ese laberinto de jerarquías internas, trapicheos, mafias, etcétera. Su potente idea de partida -de hecho, su primera media hora es brillante- daba para un desarrollo más clarificador de los hechos. Por suerte, sólo es un escollo pasajero, pues en su último tercio resurge y se crece como la gran obra que es; una título del subgénero carcelario que también podría funcionar como cinta de aventuras, thriller, drama e, incluso, documental. Una fábula bien ambientada que usa la cárcel como alegoría de la sociedad, en la que no importa tanto el hecho de si su protagonista sale al final o no de entre rejas como el precio que ha tenido que pagar por ello. Un profeta nos recuerda, a través de un tono frío que hiela la sangre y haciéndonos sentir siempre como un recluso más de la historia, que el fin no justifica los medios.

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