Posdata: te quiero

Pocas cosas hay más dolorosas para un crítico de cine que encontrarse frente a una película que no tenga reparos en desaprovechar su original e insólito punto de partida. Posdata: te quiero (Richard LaGravenese, 2007) es de los más claros ejemplos al respecto. En su adaptación del best seller homónimo de la irlandesa experta en relatos sentimentales Cecelia Ahern el director y guionista hace crecer las expectativas con un arranque prometedor, de esos que hacen presagiar una comedia romántica (¡por fin!) fuera de los cánones habituales. Su excelente primer cuarto de hora, correspondiente a la discusión de pareja, está tan bien escrito y resuelto que cualquiera podemos sentirnos identificados. Después llegan los títulos de crédito y, tras éstos, la escena que termina de dejarnos los ojos como platos: asistimos, de golpe y porrazo, al funeral de ese hombre que medio minuto antes habíamos visto reconciliarse con el amor de su vida. Terminamos de ilusionarnos con el fragmento posterior, en el que la protagonista recibe una grabación de su pareja que le había dejado preparada antes de morir por un tumor cerebral, advirtiéndole en la misma que a partir de entonces recibirá una misiva que suya al final de cada mes. Una primera media hora fascinante tras la cual la película se desploma. 

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El motivo por el que la escena inicial entre Holly Kennedy (Hilary Swank) y Gerry (Gerard Butler) sea tan larga responde a dos hechos: que en ella deben quedar claras las ilusiones, frustraciones y miedos de la pareja -en este caso los de ella, a vísperas de su 30 cumpleaños- y, por otro lado, reflejar el carisma de unos personajes que debemos sentir como extractos de la realidad para conectar con lo que inmediatamente después se cuenta. En lo tengo más dudas es si las más de dos horas de duración de la cinta están igual de justificadas. Innecesariamente larga e inmensamente irregular, Posdata: te quiero no sólo estira hasta la saciedad su potente materia prima, sino que se ve incapaz de desarrollarla. Así, en lugar de seguir una narración cronológica, LaGravenese reboza el relato de flashback, viajes temporales o ensoñaciones que impiden obtener un resultado sólido, coherente. Más cercano al mero collage que a una historia atractiva y ordenada. Además, aunque no dudo de las buenas intenciones de su autor, me veo incapaz de creerme a una protagonista que -por mucho que se lo ordene desde ultratumba el que ha sido su pareja durante diez años- se va a cantar a un karaoke o de fiesta con sus amigas pocos días después de tan terrible pérdida. Pero bueno, aceptemos pulpo como animal de compañía, justifiquemos la actitud de Holly con el fin de remarcar la idea central del relato. Pero, ¿cuál es ésta idea?

Algunos dirán que su principal linea temática es reflejar lo difícil que es sobreponerse a la pérdida de un ser querido -no lo parece,  viendo como se comporta la protagonista-, mientras que otros esgrimirán que la película no es más que un homenaje al amor y el papel que juega a la hora de descubrirnos a nosotros mismos; una tesis más sólida y, sin duda, más eficaz. Con todo, lo mejor de la película no son sus pretensiones sensibleras, ni su ánimo trascendental -le falta madurez para que esto ocurra-, sino su excelente plantel de secundarios, desde la eterna friend Lisa Kudrow hasta la veterana Kathy Bates, perfectas en sus papeles. Terminan de salvar la función su sofisticado apartado musical, que se integra a la perfección a lo meramente visual, y unas paisajes tan llenos de encanto como los de Islandia, un lugar que el director transforma en una especie de retiro espiritual, ya que será donde Holly recuerde algunos de los capítulos más vitales de su vida. 

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Posdata te quiero no es el film memorable que podría haber sido, pero no es una mala película. Correcta y convencional, pero ya está. Se le nota rodada con mimo, por mucho que la idea de situar a su protagonista a una situación extrema diese para mucho más. Su competencia técnica, su hermoso final -ese guiño cómplice de la madre de Holly a su hija, diciéndole “puede que estemos solas, pero estados unidas en la soledad” vale su peso en oro- y sus ingeniosos golpes de humor dotan de empaque un producto que, no tengo la más mínima duda, hubiese sido un título de culto de no dejarse llevar por el tópico, de no haberse empeñado en recorrer las sendas más manidas del género después de su inusitado, poderoso inicio. 

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