¿Para qué sirve un oso?

Hay una película del director Lasse Hallström en la que se recurre a la figura de un oso como macguffin para hablar de temas tan profundos como el perdón. En la infravalorada Una vida por delante (2005) el director sueco desarrollaba una historia en torno a la figura de este mamífero, al igual de lo que ocurre en ¿Para qué sirve un oso? (2011). En su segundo largometraje tras la muy estimable La Torre de Suso (2007), Tom Fernández emplea la figura de este animal para hablarnos no sólo de la reconciliación, sino de lo que finalmente se termina imponiendo: el medio ambiente. Película trufada de buenas intenciones, en esta ocasión su director retorna a la Asturias de su opera prima, entorno ideal para desarrollar la idea temática del film: el poder destructivo de la mano del hombre en la madre naturaleza. Lo curioso es que, lejos de convertirse en un panfleto ecologista, la cinta de Fernández encuentra la manera de conjugar su -no tan manifiesto- espíritu de denuncia con un grato sentido del humor.

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Desde que eran niños, Alejandro (Gonzalo de Castro) y Guillermo (Javier Cámara) han sentido una conexión especial con el medio ambiente. Con el paso del tiempo, el primero se ha convertido en un prestigioso zoólogo que vive en un árbol en el corazón de un bosque del que hace tiempo emigraron los osos. El segundo es un biólogo de renombre que, tras descubrir un brote verde en la Antártida, retorna descompuesto a su Asturias natal para reencontrarse con su hermano, con el que se instalará en su atípico hogar. Lo interesante está en ver cómo ambos manifiestan una posición contraria respecto a la crisis medioambiental: mientras que Alejandro aún confía en un futuro mejor, en que aún estamos a tiempo de revertir la tendencia destructiva, Guillermo se encuentra inmerso en una profunda crisis de fe; piensa que “la guerra ha terminado, y hemos perdido”. Lo apasionante será ir viendo la evolución de estos personajes, así como su interacción con el sugestivo plantel de secundarios -desde las siempre eficaces Emma Suárez y Geraldine Chaplin hasta el gran descubrimiento de la cinta: el hijo de Don Johnson, Jesse Johnson, en el papel de un inglés servicial- con los que vivirán historias de corte amable y entrañable. Tras su prometedor arranque ambientado en la Antártida y rodado en Islandia -lo que refleja su gran esfuerzo de producción, junto a la inestabilidad del clima asturiano al que el equipo se enfrentó-, la película ya revela una factura técnica más alta de lo habitual en el cine español, como así se termina confirmando en escenas como la de la pesca. 

La encargada de inaugurar el Festival de Málaga -donde ganó el premio a Mejor director, Actriz Secundaria para Chaplin y Montaje- puede que no contenga gags tan hilarantes como los del primer largo del Fernández, ni que el tono general no sean tan fresco como el de éste o que tampoco contenga su calado emocional, pero es un proyecto que se ve sin desdoro y sin estridencias de ningún tipo. Beneficiada por una compenetrada pareja protagonista en estado de gracia, que repite con el cineasta tras su debut, ¿Para qué sirve un oso? termina de despuntar por su inteligencia a la hora de escoger sus ubicaciones y lo comprometido que se muestra su autor con lo que está contando: cada uno de sus planos lleva implícito una marcada declaración de amor hacia su tierra natal y, por ende, a la naturaleza. La pulcritud de cada uno de sus fotogramas debería ser motivo más que suficiente para ver una película que quizá no perfile a sus secundarios de la que forma de la que merecen, pero que nos gana por su acertado tono de comedia costumbrista. Para prueba 2 secuencias: la del emblemático machetazo en la cabeza al personaje de Alejandro y la tronchante conferencia de Guillermo en la escuela ante la estupefacta mirada de los niños. 

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Volviéndose a revelar como un experto dialoguista, el otrora guionista y creador de 7 vidas o Aída vuelve a impregnar a su función de una música que, al tiempo que enternece el relato, engrandece y embellece sus ya de por sí increíbles parajes naturales. Sin ánimo de resultar pretenciosa, la película nos anima a tomar conciencia del mundo que estamos creando, y lanza su reflexión con toda la honestidad del mundo. Es evidente que el resultado final no rompe moldes, pero su simple condición de comedia ecologista familiar la convierten en imperdible.

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