Barrio

Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998), segunda película de un director que ha hecho del monocultivo de la marginalidad la razón de ser de su carrera, es una de las inmersiones más profundas del realizador al subsuelo social. Tan comprometido como de costumbre, Aranoa logra sacar los colores a las ciudades que presumen de desarrolladas cuando en ellas existen barrios donde pocos se atreven a mirar, algunos incluso a pisar, en los que la miseria, la escasez y la falta de oportunidades campan a sus anchas; son esos lugares decadentes en los que se respira la injusticia y donde apenas se vislumbra otro horizonte que la monotonía. León de Aranoa nos va guiando a través de tres historias entrelazadas -protagonizadas por sus su trío protagonista-, a un relato de quiero y no puedo. Javi, Manu y Rai, todos criados en el seno de familias desestructuradas, saben que la mejor forma de combatir la ausencia de viajes a la costa que volverán a padecer la época estival por la falta de recursos es pasar las tardes enteras jugando en la calle y, con suerte, desempañando un trabajo mal pagado con el costearse los gastos. Algo que no dista mucho de lo que sucede en muchos barrios de la periferia, a los algunas instituciones públicas todavía ignoran o no prestan el auxilio suficiente. 

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Digámoslo sin titubeos: el realismo que desprende Barrio es aplastante. También reconocible, puesto que no supondrá tarea difícil para el espectador ubicar un lugar así en su ciudad. El director madrileño no teme adentrarse en la frondosidad urbana; una jungla en la que el ingenio se potencia para sobrevivir, mientras que las penosas comunicaciones con la capital multiplica esa sensación de aislamiento constante. Todo ello queda muy bien reflejado en el segundo largometraje del responsable de la opera prima Familia (1996) o las posteriores Los lunes al sol (2002) y Princesas (2005), todas con gran carga de crítica social, terreno donde el realizador se mueve como pez en el agua. A mi parecer, uno de sus secretos para transmitir esa sensación de cotidianidad es el haber apostado por caras desconocidas en el reparto, lo que impide al público asociar a los personajes con algún trabajo anterior y que recalca ese nado a contracorriente de un director que se enfrascó -con éxito- en una tarea en lo antítesis de lo comercial. Es cierto que este trío de quinceañeros sobre los que versa la acción adolecen de expresividad, les falta gancho y hasta puede ponerse en duda que sean buenos actores, pero reflejan esa ingenuidad y desconcierto de esa edad situada en la frontera entre la adolescencia y la niñez, regida por el desconcierto sexual y los sueños. Además, cada uno de ellos representan un estamento distinto dentro de este contexto social: el instintivo –Rai-, el emocional –Javi– y el racional –Manu-. Uno de los atractivos del film es ver cómo entre ambos deberán complementarse y potenciar esa amistad sin la cual los días se harían más eternos.

Producida por Elías Querejeta, la película nos sitúa en el descampado, en la extrarradio y en esas calles oscuras y deprimentes, sí, pero de forma nada gratuita. Los temas sobre los que versa Barrio abarcan desde la amistad ya citada, al amor, el dolor, la familia, el sexo, el fracaso personal y, en última instancia, la propia muerte. Elementos, muchos de ellos, que tendrán un efecto revulsivo en la vida del trío protagonista: si bien tendrán dificultades extras para subir al vagón de la vida, la madurez adquirida por el camino constituirá un plus importante a la hora de encarar sucesos venideros, aunque habrá para quien sea campo de cultivo del dinero fácil y el vandalismo. En esta inmersión social, León de Aranoa también consigue arrancarnos alguna sonrisa -esa moto de agua- y, sobre todo, emocionarnos: atención a esa escena en la que Javi, Manu y Rai caminan por las vías de tren y, sin dar crédito, comprueban de primerísima mano hasta qué punto llega la penuria y la indigencia. Es la canción Douha Alia, de Cheb Mami, la que termina de convertir a este fragmento el mejor de la película y, quizá, el puñetazo en el estómago más certero de toda su carrera. 

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Barrio conquistó 3 premios Goya -director, guión y actriz revelación para Marieta Orozco- y León de Plata del Mejor director en el Festival de San Sebastián, entre otros merecidos galardones. Ojalá que todas las películas que se estrenaran pudiesen presumir el cocinar un potaje que llegase de forma tan indigesta -sí, indigesta- a lo más hondo; un potaje en el que hasta las capas tienen subcapas y en el que apenas hay interludios reconfortantes. Un documento que debería sacar los colores a las sociedades mal llamadas industrializadas, aquellas en las que se hacen especialmente dolorosos los contrastes sociales, y en el que jamás podrás deducir qué hay de ficción y qué de realidad. Esa es su grandeza. 

 

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