Los nombres del amor

Los polos opuestos se atraen. Y si no que se lo pregunten a los protagonistas de Los nombres del amor (Michel Leclerc, 2010), comedia romántica del último cine francés que destaca por su originalidad e irreverencia. Ellos son Baya Benmahmoud (Sara Forestier) y Arthur Martin (Jacques Gamblin) o, lo que es lo mismo, una joven liberal, de izquierdas, deslenguada y autodenominada “puta política” frente a un hombre mucho más discreto y corriente, criado en el seno de una familia conservadora. A pesar de su antagonismo ambos testificarán que es posible enamorarse incluso de la persona, a priori, menos afín. Pero que nadie se confunda:  Los nombres del amor -traducción al español de Los nombres de la gente, en referencia a un tema tan latente en el film como hasta qué punto el llamarse de una determinada forma condiciona tu vida y la percepción que de ti tienen los demás- no se queda en la típica historia de amor con moraleja de manual, sino que utiliza a ésta como pretexto para abordar diversos asuntos sociales desde una perspectiva políticamente incorrecta. Para ello se sirve de los interesantes duelos dialécticos entre dos roles magníficamente escritos, cuyos chascarrillos y agilidad verbal remiten al mejor Woody Allen, trasladando a otro nivel el eterno derbi de la guerra de sexos.

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La algo autobiográfica Los nombres del amor -en la dedicatoria final de los títulos de crédito se desvela que la película, escrita por el propio director y su esposa Baya Kasmi, plasma (licencias narrativas mediante) el romance entre ambos- comienza a través de un espléndido prólogo en el que el protagonista, a través de la recurrida voz en off, se queja de la cantidad de gente que lleva su mismo nombre, mientras que el rol femenino de la jugada, instantes después, se congratula de la misma forma de que nadie en el país se llama como ella. Una ingeniosa y metafórica manera de poner sobre la mesa la opuesta personalidad de sus personajes, que poco después vivirán un primer encontronazo digno de recordar. Poco a poco los iremos conociendo un poco más: veremos cómo ella intenta convertir a los fachas en gente de izquierdas mediante el sexo mientras que él va sintiéndose fascinado por una mujer tan imprevisible como fascinante. Aunque no llega a ser una película política, por instantes lo parece: no tanto por sus referencias a personajes como el presidente francés Nicolas Sarkozy o al dictador Augusto Pinochet, sino por su denuncia en cómo la ideología política abre una estúpida e innecesaria brecha entre seres humanos. Un pueblo superará muchas de sus cribas, parece decir la película, cuando encuentre en la riqueza ideológica un pro, no un contra. De aquí se desliza una cierta crítica al personaje con una mentalidad tan cerrada como el de Baya, hiperbolizado rol que más de uno reconocerá.

Los nombres del amor se muestra libre de prejuicios al hablar de política y sin complejo alguno en hincar el diente a temas que aún no han cicatrizado lo suficiente en la sociedad. En esta línea, cabe destacar onzas tan polémicas como las referidas a la matanza de argelinos por parte de Francia -atención al propio nombre de la protagonista, nada casual- o la colaboración del país galo con los nazis hasta temas controvertidos como la gripe aviar, la energía nuclear o la discriminación racial. En este último sentido, hay que aplaudir la propuesta de Leclerc por su reivindicación del multiculturalismo y por resolver ese choque de personalidades entre Arthur y Baya con un mensaje conciliador. Todo esto narrado bajo el expandido sentido estético con el que el cineasta baña una película sometida a una caligrafía robusta, rica en florituras formales y en la que, a pesar de su inmediatez, también hay espacio para la retrospectiva, la nostalgia y melancolía. ¿O acaso no lo es que el protagonista se ponga en mitad de la función a recordar cómo enseñó a su madre a montar en bicicleta? De ahí, como en la relación amorosa de unos protagonistas que se doblan la edad -y que ponen de relieve a esa generación de jóvenes dispuestos a cambiar el mundo- también se desprende cierto tinte generacional.

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Junto con su éxito en taquilla, la libérrima en todos los sentidos Los nombres del amor también contó con el beneplácito de la crítica, ganando 2 merecidos Premios César: Guión Original y Actriz para Foresteir, una de las jóvenes promesas más talentosas del cine francés. Algo caricaturesca en ocasiones -la escena de la protagonista desnuda en el metro- nos encontramos ante una obra de inusitada madurez que explora en clave de comedia interesantes aspectos del mundo contemporáneo para, de paso, recordarnos cómo dos almas distintas -¿o en el fondo no lo son tanto?- pueden consolarse, abrazarse y apoyarse mutuamente. Y, con suerte, compartir el resto de sus vidas juntos. 

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