Star Trek

¿Te consideras un mitómano inconfesable de Star Trek? ¿O, por el contrario, vives alejado de la que es, junto con Star Wars, la saga con más seguidores de la historia? Tanto si eres un trekkie acérrimo -término con el que se conocen a los fans de una serie estrenada por la NBC en 1966 y de quien Robert Wise firmó su primera adaptación al cine en 1979- como si no, te resultará igual de fascinante el lavado de cara al que J. J. Abrams somete la saga en Star Trek XI (2009)Reboot empecinado en complacer a quien nunca estuvo familiarizado con dicho fenómeno cultural, estamos ante un trabajo de ciencia ficción en la que -¡por fin!- los efectos especiales se ponen al servicio de la historia, no viceversa. El creador de Perdidos -fenómeno catódico cuya influencia en el film es innegable, sobre todo en lo que respecta a los viajes temporales-, es el máximo responsable de una obra de encomiable sentido del espectáculo, en la que los aderezos digitales campan a sus anchas sin que el resultado final quede histriónico o impostado. Star Trek no es una película rendida a los tópicos del blockbuster mononeuronal, sin alma ni esencia, sino un film de aventuras solvente, altamente adictivo y, lo que es más importante, con personalidad propia. 

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La trama explica los orígenes de dos personajes tan icónicos de la saga como James T. Kirk (Chris Pine), un joven rebelde amante de las emociones fuertes, y Spock (Zachary Quinto), un ser medio humano medio vulcaniano, es decir, aquellos que se guían por la razón y no por las emociones. Dos rivales cuyos periplos pasan por combatir a Nero (Eric Bana), villano que amenaza con destruir todos los planetas de la Federación y que, ya desde los primeros minutos, comienza a demostrar su destructivo talante. Lo único que puede desconcertar en esta re-escritura de las aventuras de la Enterprise son sus continuos vaivenes temporales, acaecidos por unos personajes inestables en el tiempo y las elipsis que preñan el relato. Aunque por instantes deshilachado, el resultado es una obra ecléctica que, por su afán de aglutinar en dos horas más hechos de los que seamos capaces de imaginar, exige un plus extra en el espectador. Conviene estar con los cinco sentidos para no desviarse en este cúmulo de uniformes estrafalarios, naves espaciales y remotas galaxias que pueblan una trama, ya digo, tan enrevesada como atrayente. Mención aparte merece su trabajo de producción, entre los que destaca el diseño de los extraterrestres, las imponentes panorámicas del hielo y las de la propia lucha espacial.

A su encomiable sentido del entretenimiento, a la que es la aventura interespacial más cara de la historia -120 millones de euros-, hay que sumarle su capacidad de conectar con el público juvenil, en parte por sus agradecidos aires teen -esas juergas de adolescente del personaje de Chris Pine, antes de que rebose en él el compromiso de capitanear la exploración cósmica-. A pesar de su desfile de monstruos, seres estrambóticos y cuerpos verdes de mujer, hay algo en Star Trek que conecta no sólo con este público joven, sino con todo tipo de espectador. Pero es que además de reconocible -gracias al hecho de rodar principalmente en localizaciones reales-, los hechos se nos narran con gran sensibilidad, como si de verdad al director le importasen los antológicos personajes creados por Gene Roddenberry, padre de la saga. De ahí que los dote de alma y que, en algunos de sus capítulos -como la confesión de un Spock anciano al joven Kirk– tengan más de cine intimista que de cine palomitero puro y duro. La emoción alcanza también la escena inicial del parto, en la que Abrams conjuga, cámara lenta y omisión del sonido ambiente mediante, las imágenes de lucha interespacial con las del alumbramiento, como si no descuidara que la razón de ser de su película son los personajes. Una banda sonora llena de energía, obra de Michael Giacchino, termina de dotar de entidad estos minutos de gran cine, que durante sus 126 minutos ayudan también a crear el enigmático entorno atmosférico en el que se desenvuelven sus personajes. 

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En definitiva, más que la undécima película de Star Trek, podríamos afirmar que esta es la primera; un recomendable reseteo de una franquicia que demostró que aún tenía mucho que contar, tal y como lo evidenció su segunda parte, Star Trek: En la oscuridad (2013) del mismo director; un Abrams que superó con nota la prueba de fuego de embarcarse en un blockbuster neto -siempre y cuando dejemos de lado Misión imposible 3 (2006)- Una space opera que no se conforma con ser un mero producto de entretenimiento: los fastos ideológicos y metalingüisticos terminan de engrandecer una película que deja atrás el carácter autoparódico en el que había caído la franquicia y que, como la propia nave Enterprise, se muestra dispuesta a llegar a esos rincones donde nadie había llegado anteriormente.

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