Prisioneros

Desde El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), pocas películas se habían aproximado al nivel de maestría de los dos grandes thrillers de los 90: El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) y Seven (David Fincher, 1995). Por ello, merece especial atención un film como Prisioneros (Denis Villeneuve, 2013), nuevo y mayúsculo diagnóstico de una sociedad falta de valores y contaminada por los fanatismos en el que el director de Incendies (2010) vuelve a dilapidar la apacible institución familiar. En esta ocasión, la tranquilidad hogareña se verá amenaza por la desaparición de la más pequeña del clan. A pesar de su recurrente punto de partida, la película se las ingenia para diferenciarse del resto gracias a una trama en perpetuo crescendo dramático y a una robustez argumental que va convirtiendo lo que podría haber sido una cinta más del montón en un ejercicio de tensión de intriga al más alto nivel. Prisioneros no sólo respira el aliento épico y la textura poética de los grandes ejemplos citados previamente, sino que los iguala gracias a un libreto sujeto a sorpresivos giros de guión que el espectador, desconcertado, deberá ir encajando. 

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El religioso cabeza de familia Keller Dover (Hugh Jackman, que imprime a su personaje una fuerza casi sobrenatural) y su esposa (Maria Bello) deberán hacer frente a lo que nunca hubieran podido imaginar: la desaparición de su hija Anna, de seis años, junto a su amiga Joy. Al no dar señales de vida con el transcurso del tiempo, Dover decide tomarse la justicia por su propia mano secuestrando al principal sospechoso y sometiéndolo a todo tipo de torturas. Pero, ¿quién está realmente detrás de esta doble desaparición? Uno de los grandes alicientes de Prisioneros es su forma de recordarnos que profesar una determinada religión no te convierte en mejor persona: al revés, en ocasiones aquellos que van haciendo gala de su fe y de su amor infinito a Dios son los que precisamente llegan a ser los peores monstruos. En relación con esto, el retrato que se hace del personaje de Dover es bestial: Villenueve se aprovecha de él para denunciar cómo el ser humano, en su sed de venganza, puede transformarse en la más inclemente de las bestias y renunciar a su fe -si es que alguna vez realmente la ha tenido- en pos de satisfacer su fuego interior.

A raíz de su plot-point principal, el director canadiense plantea, con convicción, numerosas formas de afrontar este conflicto: además de la inmoral, tenemos la actitud pasiva del personaje de la madre -incapaz de levantarse de la cama y, en un acto de egoísmo, acusar a su propio marido de haber permitido la desaparición de su hija-; el comportamiento basado en la aplicación de la ley, ejemplificado en el rol del extraordinario Jake Gyllenhaal -en el que, en escenas como en la del interrogatorio, se revela cómo un caso de semejante calibre puede afectar física y psíquicamente hasta el mejor de los profesionales-, la acción del padre de Joy (Terrence Howard), que accede a ser cómplice de Dover pero sin llegar a mancharse las manos de sangre, o su propia esposa, mucho más cabal, la cual espera de la forma más serena posible el resultado de la investigación policial. A este retrato de cómo el ser humano reacciona ante el dolor, se suman otras reflexivas cuestiones como si el fin justifica los medios o, dicho de otro modo, si, en dicha tesitura, la actuación de Dover podría llegar a ser comprensible o -rizando aún más el rizo- justificable. El guión de Aaron Guzikowski inventa unos personajes prisioneros, sí, pero no de un espacio físico, sino en el plano meramente ascético. Sujetos atados a sus actos, derivados a su vez de una determinada ética.

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Proyectada en la misma edición de San Sebastián donde Hugh Jackman recibió el premio Donostia, Prisioneros será recordada por su lograda atmósfera -esa ciudad apartada del ruido, lluviosa y de calles vacías, excelentemente fotografiada por Roger Deakins, tan fría como el alma de su protagonista-, así como por su forma de tejer la relación entre sus personajes, configurando un cuadro en el que nunca sabes a quién compadecer o de quién sospechar. Huyendo de la estulticia, la cinta termina de hacerse recomendable por su final abierto, puro éxtasis, a partir del cual el espectador deberá decidir el rumbo de los acontecimientos en la que es la mayor lección de cine de suspense de los últimos años y uno de los mejores estudios de la moralidad humana. Quien la ha visto, lo sabe: Prisioneros es mucho más que cine de evasión: es una película de las que dejan huella. 

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