Todas las mujeres

Se tiende a juzgar el mayor o menor grado de ambición de una película por su presupuesto o los medios técnicos empleados para ponerla en marcha. Todas las mujeres (Mariano Barroso, 2013) echa por tierra este argumento. En el que es su mejor trabajo hasta ahora, el director catalán satisface la demanda del espectador de películas ambiciosas, sí, pero no de envoltorio, sino de contenido. Y ahí, en su médula genética, la cinta es ambiciosa hasta la desmesura. Aunque su idea original fue concebida para el cine, empezó siendo una miniserie de 6 capítulos dirigida por el propio Barroso para el canal de televisión de pago TNT para finalmente permutar en uno de los espectáculos con más enjundia del cine español reciente. El director apunta alto en un trabajo de esencia eminentemente teatral que, en el fondo, no es más que un periplo de alto voltaje emocional entre cuatro paredes. Las materias primas esenciales de la obra son un buen guión y unos eficaces intérpretes; Todas las mujeres es una película de (pluscuamperfectos) diálogos y de actores, absolutamente entregados a la causa. Eduard Fernández vuelve a estar genial, pero las seis mujeres que le rodean no se quedan atrás.

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En la mejor línea del cine intimista y de comienzo desconcertante y enigmático, Todas las mujeres narra la historia de Nacho (Fernández), un veterinario de 43 años asqueado con su vida actual. Un día se propone dar un giro de 180 grados al robarle a su suegro, para el que trabaja, cinco novillos de ganado. Su plan es venderlos en Portugal y ganar así un dinero extra. En la arriesgada misión, Nacho no estará sólo: le ayudará la amante (Michelle Jenner) que se ha buscado tras abandonar a su mujer. La película pretende ser una crónica de cómo el protagonista ha de enfrentarse a las mujeres que, de una u otra forma, han jugado un papel fundamental en su vida. Todas coincidirán en lo mismo: Nacho debe decirle la verdad a su suegro y, de esta forma, evitar males mayores. Sin embargo, ser sincero no siempre es fácil y menos cuando no te queda ilusión por vivir, cuando tu autoestima brilla por su ausencia. Nacho es un fracasado, o a todas luces lo parece, pero Eduard Fernández -el actor, dicho sea de paso, que mejor fuma en pantalla de nuestro cine- lo dota de una ternura, un encanto y un humanismo que terminamos por cogerle cariño. Con ganas, incluso, de darle un abrazo. ¿Héroe o villano? Puede que ninguna de las dos cosas, o puede que las dos. El espectador deberá entender, diseccionar y, posteriormente, juzgar a un rol lleno de aristas, espléndidamente trazado. 

Dejando de lado su rica y variada lista de temas -cómo el valor se convierte en requisito indispensable en la vida a la hora de afrontar los problemas; cómo decir la verdad está al alcance de muy pocos…-, lo más llamativo de esta historia por capítulos es que logra un sorprendente equilibro de calidad entre todos ellos, en sintonía con la también espléndida Una pistola en cada mano (Cesc Gay, 2012). Me resulta difícil quedarme con tan sólo uno de ellos, aunque por su tono cómico y sus desternillantes diálogos podría escoger el fragmento de Petra Martínez, en el papel de madre del protagonista; minutos de alta comedia sustentados, como toda la película, sobre el drama; un drama que alcanza su cénit en el monólogo final de Nacho, apabullante, ante un sofá que ejemplifica muchas cosas: la valentía, la madurez y, en última instancia, la redención. La forma que escoge Barroso para cerrar esta peripecia emocional, en la que el último plano deja un final menos abierto de lo que parece, es insuperable. 

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Estrenada con el beneplácito de la crítica en el Festival de Málaga, Todas las mujeres es un estimulante banquete de alicientes, cada cual mayor: líneas de guión de sublime arquitectura verbal, un conjunto que trasciende lo que a simple vista aparenta, la forma en la que los personajes se retroalimentan entre sí y, cómo no, su habilidad para moverse entre lo sereno y lo intenso, dependiendo del momento exacto de la narración. Se intuye, en efecto, un proceso creativo complejo detrás de esta intentísisima historia condensada en 90 minutos. Todas las mujeres está predestinada a convertirse en un (pequeño) título de culto. Infinitamente más ambicioso, por cierto, que muchos de los que pululan por ahí.

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