Buenas noches, y buena suerte

Hay películas que exigen, para poder ser disfrutadas en su integridad, de una exhaustiva documentación previa. Buenas noches y buena suerte (George Clooney, 2005) es una de ellas. Y es que, este brillante ejercicio de concisión, tan depurado como directo a la yugular, nos remite a uno de los escándalos más sonados que azotó Estados Unidos durante las décadas de los 40 y 50: la denominada caza de brujas. Un tema que, a pesar de servir como materia prima a numerosas producciones cinematográficas, continúa siendo desconocido para el gran público y que, sin embargo, sus consecuencias desde el punto de vista de los medios de comunicación bien podrían ser extrapolables a la sociedad actual. En su segunda película como director, Clooney nos sitúa en la Norteamérica de los años 50, en pleno nacimiento del periodismo televisivo, para narrarnos la agria relación que mantuvieron Edward R. Murrow (David Strathairn), un presentador estrella de la cadena CBS otrora locutor de radio durante la II Guerra Mundial, y el senador republicano McCarthy, un abanderado de la cruzada contra el comunismo que ha pasado a la historia por sus investigaciones sobre personas de esta ideología infiltradas en diversos campos de la sociedad como la administración o el ejército. Sirviéndose de esta polémica, el cineasta se propone destripar el engranaje de este medio de comunicación en fase casi embrionaria llamado televisión, desgranar cuáles son -y deberían ser- sus fines y subrayar el valor de la libertad de expresión y el derecho a la información en las sociedades democráticas. 

Es preciso elaborar un trabajo de información previo, digo, por una narración estructurada por fechas y, sobre todo, sustentada en vertiginosos y punzantes diálogos -que incluso llegan a pisarse unos a otros-, disparando información quizá más rápido de lo que el espectador es capaz de digerir pero dando como resultado, sin duda, un trabajo de elogiable síntesis, libre de cabos sueltos. Todo está perfectamente medido en una obra que no podía empezar mejor que con ese prólogo de Murrow ante un auditorio donde el glamour, la elegancia y sofisticación se nos presenta ya como señas de identidad de la película, en consonancia con una factura fotográfica en blanco y negro tan cuidada como impecable. Esta discurso inicial ya pone sobre la mesa el tema sobre el que versará la obra, que no es otro de la importancia de saber administrar correctamente los medios de comunicación para que se puedan sacar de ellos todo su potencial; en este sentido, la película es una crítica a las interferencias del poder político en los mass media, puesto que contribuyen al adoctrinamiento y a la alineación del individuo y lo alejan del que deberían ser los tres principales vértices entre los que se debe mover y que, además, es lo primero que se enseña en todas las facultades de comunicación: formar, informar y entretener. 

No es una casualidad este primer discurso con el que se abre esta obra de tintes políticos -muy en la línea de Los idus de marzo (2011), otra película imprescindible de Clooney-, puesto que a lo largo de ella serán una constante, hasta el punto de poner el punto y final a la obra. Es por ello que algunos la han acusado no ya sólo de pretenciosa, ignorando que se limita a mostrar un hecho verídico de nuestra historia reciente de la forma más neutral y alejada del morbo posible, sino también de discursiva. No obstante, si los discursos en cine son la mitad de enriquecedores, encierran tanta verdad y están tan bien trabajados como cada una de las intervenciones de Murrow, que remata con ese característico “buenas noches, y buena suerte”, bienvenidos sean. No es, sin embargo, justificable ese exceso de teatralidad que se respira en todo momento, provocado principalmente por una dirección contenida y sobria, un rodaje íntegramente en interiores -que no sólo le resta carácter épico a la película sino que, además, dificulta al espectador situarse en su contexto histórico-social- y un cierto estancamiento de los personajes de este espacio físico. Añadir exteriores al rodaje y, así, dotarlo de una mayor grandiosidad, no hubiera sido, en absoluto, incompatible con ese ritmo apacible y sosegado que caracteriza a un film que baila al ritmo de los cigarrillos, la música jazz y  unos primeros, primerísimos planos de Murrow con los que se nos recuerda que es él el que lleva la voz cantante de la función y su auténtico mensaje de denuncia. Su rostro en unos perfectos claroscuros que traspasan la pantalla y le sitúan en primera fila de la acción hablan por sí solos.

A pesar de que no emociona lo suficiente y de su excesivo aroma a documental -empleando incluso imágenes de archivo del propio McCarthy-, Buenas noches y buena suerte nos regala escenas como esas confrontaciones televisadas entre el senador y Murrow, donde el primero llega a acusar al segundo de haberse dedicado a la propaganda de la causa comunista en el pasado o el de tener amigos de esta condición. El periodista, a través de un medio con el que llegaba a millones de espectador gracias a su horario de máxima audiencia, no sólo aprovechaba para desmentir ciertas informaciones, sino para reivindicar el papel de la amistad o el afecto por encima de ideología de cualquier índole. Y es que, como digo, la película justifica su visionado sólo por las intervenciones -presenciales y televisadas- del periodista, en las cuales nos recuerda de los males que podrían adolecer -y que él sufrirá en primera persona- el mundo televisivo si no se le deja actuar con libertad. Pero Murrow no carga las tinta sólo contra los políticos o los máximos directivos de los medios, sino también contra todos y cada uno de nosotros, por permitirlo: “Somos una sociedad opulenta, acomodada y autocomplaciente; adolecemos de una alergia innata a la información que nos perturba”. En este aspecto se recalca el gran poder que ejercen en el conjunto de la población los medios de comunicación y cuyo correcto uso depende, en muchos casos, de nosotros mismos. La película se encarga de que no olvidemos que son unos instrumentos que pueden constituir unas útiles herramientas a la hora de alcanzar la verdad, labor que, sin embargo, siempre queda distorsionada por insanas interferencias. 

Así nos lo recuerda en el brillante monólogo final de una película nominada a 6 Oscar, y que obliga al espectador a tomar partido: “La televisión puede enseñar, puede arrojar luz y puede inspirar; pero hay que saber utilizarla con esos fines. De lo contrario sólo será un amasijo de luces y cables”No estamos, por tanto, asistiendo a un espectáculo cuyo fin sea el de demonizar el mundo periodístico, en general, y el televisivo en particular-al contrario, el propio director le debe mucho a un medio gracias al cual alcanzó la fama-, tal como piensan algunos, sino a su mala praxis. Porque, en esencia, y aunque suene risible tal y como está el patio, la televisión es un medio extraordinario. Buena suerte. 

Anuncios

4 pensamientos en “Buenas noches, y buena suerte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s