Gravity

Recuerden esta fecha: 04/10/2013. Es el día en el que el cine cambió para siempre. Comparable a lo que en su momento se vivió con la transición del mudo al sonoro, o al terremoto entre el paso del blanco y negro al color, esta fecha del calendario pasará a la historia como el de la plena constatación del 3D para llevar al séptimo arte a, literalmente, otra dimensión. El artífice de semejante proeza, esta de convertir incluso al más profano de este revolucionario método narrativo, es un Alfonso Cuarón que ha parido un proyecto que ha logrado una unanimidad crítica a la que este cronista es incapaz de encontrar precedente tras siete años de sequía cinematográfica. Gravity (2013), la excelsa criatura del mexicano, ha venido no sólo para quedarse, sino también para sentar un precedente del que dentro de unos años se hablará en las escuelas de cine. Auténtica sinfonía para los sentidos, esta obra magna del celuloide se erige como una hiperrealista experiencia capaz de dejar al espectador más experimentado en los terrenos del thriller y la ciencia ficción agotado. Exhausto. Rendido ante un espectáculo visual que el cine ofrece con cuentagotas. En cualquier caso Gravity no es cine. Es algo más: es una experiencia (vital, emocional, física) de primer orden, dueña de la fuerza visual y narrativa necesaria para transportarnos a territorios nunca antes conocidos. 

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Up in the air

Up in the air (Jason Reitman, 2009), uno de esos espectáculos frescos y diferentes con los que de cuando en cuando nos sorprende el cine americano, es también un caramelo envenenado. Por muchos motivos. En primer lugar, porque tras su aspecto de película intrascendente se esconde una de las más mordaces y corrosivas críticas a la sociedad contemporánea. En segundo lugar, porque se nos ha vendido como una película comercial más, fruto de la rutinaria maquinaria hollywoodiense, cuando tiene más de cine de autor, de lenguaje propio, como todo el parido por un director responsable de las espléndidas Juno (2007) o Young Adult (2011). Pero, especialmente, por la radiografía de su personaje central. Al igual que en las dos películas citadas, Reitman se muestra amante de los personajes complejos, en constante evolución. En efecto, Up in the air es también un caramelo envenenado por lo engañoso que resulta Ryan Bingham, su rol principal, al que da vida el carismático George Clooney. El que en un principio se traza como un hombre atractivo y de férrea personalidad, más tarde se destapa como un ser arrogante y falto de valores. Y es que Bingham se gana el jornal despidiendo a gente, detestable tarea para la que las grandes empresas se lo rifan. Y él, lejos de dar síntomas de remordimientos, se muestra feliz. Parece no darse cuenta que vive al borde de una inevitable tragedia.

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Buenas noches, y buena suerte

Hay películas que exigen, para poder ser disfrutadas en su integridad, de una exhaustiva documentación previa. Buenas noches y buena suerte (George Clooney, 2005) es una de ellas. Y es que, este brillante ejercicio de concisión, tan depurado como directo a la yugular, nos remite a uno de los escándalos más sonados que azotó Estados Unidos durante las décadas de los 40 y 50: la denominada caza de brujas. Un tema que, a pesar de servir como materia prima a numerosas producciones cinematográficas, continúa siendo desconocido para el gran público y que, sin embargo, sus consecuencias desde el punto de vista de los medios de comunicación bien podrían ser extrapolables a la sociedad actual. En su segunda película como director, Clooney nos sitúa en la Norteamérica de los años 50, en pleno nacimiento del periodismo televisivo, para narrarnos la agria relación que mantuvieron Edward R. Murrow (David Strathairn), un presentador estrella de la cadena CBS otrora locutor de radio durante la II Guerra Mundial, y el senador republicano McCarthy, un abanderado de la cruzada contra el comunismo que ha pasado a la historia por sus investigaciones sobre personas de esta ideología infiltradas en diversos campos de la sociedad como la administración o el ejército. Sirviéndose de esta polémica, el cineasta se propone destripar el engranaje de este medio de comunicación en fase casi embrionaria llamado televisión, desgranar cuáles son -y deberían ser- sus fines y subrayar el valor de la libertad de expresión y el derecho a la información en las sociedades democráticas. 

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Los idus de marzo

En un país como España, donde la clase política es el tercer problema más importante para el conjunto de la sociedad (según el último barómetro del CIS), películas como Los idus de Marzo (George Clooney, 2011) dejan de ser recomendables para convertirse en, simple y llanamente, necesarias. La última obra como director de Clooney nos recuerda que los tejemanejes de las campañas electorales, la falta de transparencia de los líderes políticos y la decepción de unos votantes que esperan a que sus representados cumplan unas promesas vacías son problemas tan históricos como universales; problemas, además, en los que todos estamos involucrados de alguna manera porque la política es la que debería garantizar el Estado del Bienestar, la calidad de vida. Un apunte que conviene tener muy presente antes de disponerse a disfrutar de una historia en donde el fin, siempre, justifica los medios. 

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Los descendientes

¿Qué hacer cuando ya lo has perdido todo? El amor de tu mujer, la ilusión por vivir… incluso el cariño de tus hijos. Bajo esta premisa nace la nueva película de Alexander Payne, uno de los directores más admirados de Hollywood -aunque no lo parezca, puesto que sus películas siempre se debaten entre lo comercial y lo indie, aunque la balanza siempre suele inclinarse por esto último- y que de nuevo ha conseguido una obra maestra, como en su día lo fue la extraordinaria Entre Copas (2004).  Ocho años han pasado desde entonces y, viendo los resultados, podemos concluir que la espera ha merecido la pena. Estamos ante un film estimulante, altamente refrescante y que, bajo su aparente intrascendencia, plantea agudas cuestiones morales capaces de originar reflexivos debates.

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