Gran torino

Cuando Clint Eastwood aseguró que con Gran Torino (2008) ponía punto y final al mundo de la actuación sus seguidores sufriendo un duro revés. Con esta película, la primera  dirigida y protagoniza por el cineasta desde Million Dollar Baby (2004), Eastwood nos regaló una actuación, de tintes biográficos, en la que demostró su gran oficio delante de la cámara volviendo a apostar por ese prototipo rudo y valiente a partes iguales que el propio artista ha convertido en marca de la casa, muy en línea de obras como Harry el sucio (1971). En una pieza que le sirvió para reflexionar acerca de cuestiones tan trascendentales como el perdón, la religión, la fe o el sentimiento de venganza, sin pasar por alto ese choque cultural tan presente en la cinta, abogando en todo momento por un mutuo entendimiento entre ambas partes, el cineasta construyó su última gran obra maestra. Prescindiendo de grandes estrellas y con una película que recae íntegramente en el personaje principal de Walt Kowalski (Eastwood), estamos, pues, ante una obra densa, de gran calado moral, en la que con cada visionado podemos extraer una nueva lectura. 

El protagonista en cuestión es un veterano de la guerra de Corea que destaca por su agria, inflexible, racista y atormentada personalidad, como si el espíritu del protagonista de El sargento de hierro (1986) se hubiese apoderado de él. Enfrentado al sentimiento de pérdida de su esposa, escena con la que da comienzo la película, este anciano jubilado que ha trabajado media vida en Ford se limitará a vivir encerrado en su casa con la única compañía de su perro e idolatrando a lo que considera su posesión más preciada: un Gran Torino de 1973 que se convertirá en el leit motiv de la función. La película, que gira en torno a  la evolución interior de Kowalski, de cómo esos vecinos inmigrantes del sudeste asiático a los que parece odiar son precisamente los que provocan que sus aparentemente sólidos principios tambaleen y sus prejuicios queden aparcados. Se erige, pues, como un firme justiciero, como un auténtico ángel protector que transforma la vida de esta familia, muy especialmente con el menor de los vástagos, Thao (Bee Vang, toda una revelación). Dos bandos contrapuestos entre los que fluirá un enriquecimiento mutuo.

Huyendo de la moralina barata, Gran Torino viene a constituir un ejercicio tan decidido como compacto en torno a asuntos de gran interés para el ser humano como la confrontación entre la vida y la muerte. Memorable es, en este sentido, la escena en la que Kowalski se encuentra charlando con el recién estrenado cura en un bar sobre la materia: “Estuve tres años en Corea, hice cosas horribles, cosas que recordaré hasta el día que me muera con las que tengo que vivir”, le asegura el protagonista al padre Janovich (Christopher Carley), en una de las frases que bien podría ilustrar ese agrio comportamiento que muestra a lo largo de todo el film. La institución eclesiástica, por tanto, es uno de los estribos sobre los que descansa Gran Torino, de ahí que la película empiece con el simbólico plano de una Iglesia y que en todo momento este cura actúe como consejero espiritual del protagonista. Sin embargo, el trato que se le da a la institución se puede entender desde diversas ópticas. Existirá quien considere cada lapidaria afirmación del protagonista como una verdad universal (“creo que usted es un virgen de 27 años que no sabe nada de la vida, al que le gusta coger de la mano a las viejecitas supersticiosas y prometerles la eternidad”) y habrá, por el contrario, quien valore que ese “niñato recién salido del seminario”, como lo califica Kowalski, es el dueño de la verdad. No obstante, conviene no posicionarse hasta el final de la película, donde cada rol se regenera y adquiere un nuevo significado, incluso hasta el del propio Jesucristo, que no es más que esa expresión de entrega hacia el prójimo que se acabará convirtiendo en el rasgo más destacable de la personalidad de ex combatiente.

A pesar de su tendencia al subrayado a la hora de definir a los personajes -se hacen pesadas las reiterativas escenas de persecuciones callejeras-, o de su abuso de los chistes fáciles, que no ofensivos, en relación con la cultura asiática, Gran Torino tiene la gran virtud de dejar en el espectador ese sabor tan reconfortante de las que sólo las grandes películas son capaces. Porque, por encima de su agridulce y melancólica sensación final -con giro sorpresa incluido- lo que prevalece es todo un canto a la esperanza, a esa nueva vida que nace con esa escena final de una larga carretera que representa no sólo ese viaje físico al que se enfrenta un Thao ya convertido en un hombre -con todas las acepciones de la palabra-, sino un viaje desde sus entrañas por el que ya nada será lo mismo y por el que se ha visto a madurar prematuramente ante los imprevistos acontecimientos.

Criticando también a una institución familiar egoísta y materialista – “¿Qué vas a hacer con ese coche cuando la palmes?”, le llega a preguntar la nieta a su abuelo-, Gran Torino destila todo el aroma del mejor cine clásico, con unos personajes que emanan autenticidad por los cuatro costados y con un guión es de hierro. Sigue, además, un patrón narrativo clásico, tan sencillo como efectivo, por el cual la tensión dramática va in crescendo hasta desembocar en un clímax que desarma por completo y en el que la conmovedora música, obra también de Eastwood, sirve para apoyar unas imágenes que quedarán grabadas en la retina del espectador durante mucho tiempo. Una película, en definitiva, que nos recuerda que la amistad poco o nada tiene que ver con asuntos de raza, color o nacionalidad. Y, por supuesto, mucho menos de edad. Eso lo sabía bien Walt Kowalski

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8 pensamientos en “Gran torino

  1. Gran película de gran Clint Eastwood, donde se refleja difícilmente cuando un hombre se hace mayor y sus hijos hacen su vida, una persona que de fachada puede ser un hombre duro, pero tener un gran corazón, de tener unos pensamientos radicales, a cambiarlos completamente cuando conoces a unos vecinos que no son de tu cultura. Una película que llama por la integración y entender a los demás. Y como dice el protagonista “vamos atontao” jejeje

    • Subrayo todo lo que dices y me quedo con la frase “vamos atontao”, que es buenísima. La película emociona, pero también tiene tintes de gran comedia, y eso es lo que la hace grande. La sensación que deja al final es súper triste…

  2. Un gran canto a la tolerancia, la convivencia, el respeto y la multiculturalidad. Y una gran crítica a la sociedad, hipócrita deshumanizada y materialista que nos ha tocado vivir.
    Amo esta película.

    • Como bien podrás apreciar en mi crítica subrayo todas y cada una de las cosas que comentas al respecto de esta gran película. Eastwood nunca dejará de sorprendernos. Me alegro que te guste la película. Por cierto, ¿nos conocemos? Un saludo!

  3. Muy buena película y muy buena crítica. Yo más allá de verle moralidades me quedo con esa sencillez para contar una historia maravillosa. Un excelente para Eastwood, como siempre!

    • Tú lo has dicho: sencillez. Otro director hubiese necesitado más recursos y más tiempo para transmitir todo lo que transmite Eastwood en esta película… sin embargo, el genio lo hace con una breve duración y con no muchos medios. Una obra maestra absoluta, necesaria en los tiempos de incertidumbre que vivimos.

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