¡Bienvenido, Míster Marshall!

Con la voz en off del narrador omnisciente Fernando Rey da comienzo ¡Bienvenido Míster Marshall! (Luis García Berlanga, 1953), una de las películas más emblemáticas de la historia de nuestro cine. Durante los casi diez primeros minutos de función esta ilustrativa voz en off no sólo nos muestra el lugar donde desarrollará la acción, ese pueblo alejado de la mano del hombre, Villa del Río, consumido por una extrema pobreza, sino también a sus carismáticos habitantes. En su primera película dirigida en solitario -tras codirigir junto a Juan Antonio Bardem Esa pareja feliz (1951)-, Berlanga empezó a demostrar su condición de espíritu creador libre, además de evidenciar que se trataba de uno de los cineastas que más varapalos y azotes propinó al franquismo, un régimen al que consiguió engañar disfrazando esta corrosiva mirada de la miseria de la época en forma de sutil, agradable y costumbrista comedia. Así, las autoridades no sólo no censuraron la película, sino que además la dejaron participar en festivales internacionales de cine como el de Cannes, donde consiguió el Premio Especial del Jurado y a partir de lo cual la película pasó de convertirse en un sonoro fracaso en taquilla a despegar notablemente.

Novedosa en el tratamiento de las imágenes, ¡Bienvenido Míster Marshall! bien podría funcionar como la crónica de la sociedad en un periodo de dictadura que no trajo otra cosa que aislamiento, anclaje, estancamiento social, miseria o analfabetismo. Nos ofrece Berlanga una película que, bajo su barnizado de pegadizos cantes flamencos, verbenas y pregones (“Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar”) -escudos donde se refugian estas gentes de Villar del Río que nunca pierden la esperanza y que sueñan, en el sentido literal, con un futuro mejor-, se esconde ese trágico día a día  de la sociedad de la posguerra. Convirtiendo este drama en seña de identidad de su filmografía, el cineasta lo continuó explotando en títulos como Plácido (1961) o El Verdugo (1963). En esta ocasión la acción dramática comienza cuando el delegado del Gobierno visita don Pablo (Pepe Isbert) con el fin de informarle de que, en poco tiempo, recibirán la ayuda para la recuperación económica de Europa concedida por Estados Unidos y que pasó a denominarse Plan Marshall -debido al  nombre del Secretario de Estados del país, George Marshall-. A partir de este momento, los lugareños tratarán de hacer todo lo posible por impresionar a los futuros visitantes, construyendo un mundo artificial, aparentando que todo funciona correctamente -quizá el ejemplo más gráfico sea ese reloj averiado de la fachada del Ayuntamiento, puesto que “no hay fondos para su reparación”-, cuando en realidad la situación es caótica. Se esconde, aquí, una decidida crítica al culto por la fachada, por el aparentar. La llegada al pueblo de la cantaora Carmen Vargas (Lolita Sevilla), acompañada de su representante, provocará un auténtico terremoto en la localidad, cautivando al público con un repertorio de canciones tan castizas como cargadas de esperanza.

A pesar de su práctica inexperencia en el campo de la dirección, Berlanga se manejó de forma extraordinaria en la dirección de actores y en el empleo de novedosas prácticas para la época como la congelación de las imágenes o los movimientos panorámicos de la cámara. En esta película ofreció, además, una excelente radiografía de las miserias de la condición humana, plagando su relato de unos variopintos seres -la profesora, el cura, el propio alcalde- obligados a vivir bajo unas circunstancias paupérrimas, pero sin que por ello pierdan un ápice de su característica alegría. De todo el cóctel de personajes quizá el más representativo sea el Delegado del Gobierno, que proporciona al film uno de los más ácidos golpes de humor mostrándose incapaz de pronunciar correctamente el nombre del pueblo. Así, no es circunstancial su tendencia a confundir Villar del Río con Villar del Campo, conducta que ejemplifica su absoluta falta de preocupación -y la de su Gobierno- por un pueblo alejado de la mano de Dios y al que nadie pretende ayudar. Se trata, pues, de una de esas muestras de ese disfraz, que encubre una satírica mirada social, al que antes hacíamos referencia. Ni siquiera los americanos ayudarán, finalmente, a este “pueblecito cualquiera” debido al desfavorable papel que jugó España en la aún reciente Segunda Guerra Mundial. Al final, todo lo que le queda a Berlanga es el potenciar el poder escapista de los sueños como única arma para enfrentar la cruda realidad, tal y como corresponden el tramo final de una película cuya primera hora es gloriosa pero que se acaba desinflando a partir de este tramo. Y es que el fragmento del sueño del alcalde, tan esperpéntico como inncesario, no está a la altura del resto del relato, aunque afortunadamente la película vuelve a repuntar en sus últimos minutos con la irrupción, de nuevo, de la voz en off.

En definitiva, estamos ante una obra cumbre del cine español, una folclórica y aguda comedia que retrata a la perfección la vida rural de la España de los años 50, esa España en donde lo andaluz era lo más típico a nivel nacional e internacional y en donde los toros constituían nuestra mayor y más clara seña de identidad en al extranjero. Al final, lo que le queda al espectador es la sensación de haber asistido a una bella -y punzante- fábula acerca de lo que pudo ser y nunca fue, de cómo cada amanecer significa una nueva oportunidad para cambiar las cosas“Ahora hay sol y hay esperanza”, cuenta el narrador, al final:  “En definitiva, ¿quién es el que no cree en los Reyes Magos?”, remata. De magia, desde luego, entendía un rato Luis García Berlanga. 

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2 pensamientos en “¡Bienvenido, Míster Marshall!

  1. Americanos, vienen a españa gordos y sanos, viva el tronío y viva un pueblo con poderío. Que grande Berlanga y que gran visionario. Como la vida misma. Cuanto me he reído con esta película.

    • Yo descubrí no hace mucho el cine de Berlanga y la palabra que mejor le define es la misma que tú utilizas: visionario. Sus películas son perfectamente adaptables a la vida moderna… y eso que algunas como esta tienen más de 50 años. ¡Me alegro que te haya gustado Ade!

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