10.000 Km

Difícil de entender que hayan sido muy pocos los cineastas que han usado el tema de las relaciones a distancia como principal materia prima para sus trabajos, principalmente por su gancho y tirón comercial. Por suerte, el exitoso cortometrajista Carlos Marqués-Marcet -autor de Caracremada, seleccionado en el Festival de Venecia, o It Felt It Like Love, en Sundance- recurre a él en su primera película, 10.000 km. (2014), que nace con el propósito de desarrollar a fondo una idea que ya reflejó en su corto Mateix Iloc, mateixa hora (2012), protagonizado por el mismo actor. Escrita al alimón con la guionista Clara Roquet, el punto fuerte de esta producción es cómo elude el principal riesgo en el que podría haber caído: que todo el grueso de la relación a distancia resulte aburrido por la restricción de los recursos narrativos tradiciones. El director lo consigue gracias a su extraordinario manejo de toda la artillería de herramientas que han facilitado -en la medida de lo posible- una situación de estas características. Skype, Facebook, Google Maps… tienen aquí un peso clave y el hecho de que reconozcamos claramente cada una de ellas -el espectador ya está harto de cutres sucedáneos- inyecta credibilidad a una obra ya de por sí bastante creíble.

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Drama romántico atípico, no hay duda que uno de los puntos fuertes de esta producción que viene a testificar el potente nivel del cine low cost español es que cualquiera podemos identificarnos con su argumento. Si no en primera persona, sí por algún noviazgo cercano a nosotros que haya tenido que verse a prueba por la distancia. 10.000 km. nos cuenta el caso de Alex (Natalia Tena) y Sergio (David Verdaguer), una pareja barcelonesa que lleva 7 años juntos y que, en una definitiva apuesta por su compromiso, deciden tener un hijo. Con lo que no cuentan es con la llegada de un correo electrónico que amenaza con sacudir su estabilidad: el que les informa de una golosa beca en Los Ángeles durante 1 año concedida a Alex que, con dudas, termina aceptando la oferta. ¿Será la distancia un obstáculo insalvable en su relación o, por el contrario, una prueba de fuego por la que saldrá reforzada? Sea como fuere, de lo que no hay ninguna duda es que 10.000 km. exhuma verdad por cada uno de sus poros. Desde la forma en la que está planteado el conflicto -todo el grueso del primer acto, un arriesgadísimo plano secuencia de más de 20 minutos-, hasta su forma de desarrollarlo -su segundo bloque- pasando por su sorprendente tercera y última parte, todo lo que se ve, oye y escucha está extraído de la realidad: cada ataque de histeria, cada lágrima, cada palabra, cada gesto.  

Inspirada en la propia experiencia personal del director, quien emigró a Los Ángeles a estudiar cine y pudo comprobar lo que se siente al estar separado de los suyos, lo más meritorio de 10.000 km. no es su habilidad por mantener el interés con dos únicos actores. Tampoco su interesante y casi innovadora radiografía de la fragilidad masculina -el hombre, a diferencia de la mujer, se deja abatir por los celos, la soledad y, en última instancia, la infidelidad-. Lo más llamativo de la gran triunfadora del Festival de Málaga -Mejor Película y Mejor Director incluidos- es cómo una historia de recursos limitados, actores prácticamente desconocidos y estreno en salas limitado, llegó a tener una acogida de público abrumadora; un público que supo apreciar las sutilidades y destellos de brillantez de la obra, como ese plano fijo del email que escribe el protagonista a su novia o los momentos en los que ésta le enseña su nueva ciudad a Sergio por ordenador. Marqués-Marcet lo consigue perfilando dos jóvenes perfectamente reconocibles e hijos de su tiempo, con la preocupación del empleo como telón de fondo: ella define su beca como “un tren que se presenta una vez en la vida”, mientras que él, hastiado de la falta de oportunidades laborales, anda enfrascado en unas oposiciones. Pero, sin duda, su mayor rasgo diferenciador es que se abre y cierra con una escena casi idéntica y, al mismo tiempo, radicalmente diferente. 

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Una obra que, a través de su impactante final, desarma a quienes osen considerarla una película pequeña; su desenlace, que deja una sensación perdurable en el espectador, certifica que el tamaño de una película no se mide por su inyección presupuestaria, sino por las emociones que despierta. Y en este sentido 10.000 Km. es una película enorme. Y, además, está bien contada, con inteligencia y sabiendo bajar el telón en el momento exacto. Algunos la han comparado con Her (Spike Jonze, 2013) por el tratamiento de las nuevas tecnologías y en cómo éstas han cambiado el modo de relacionarnos y, en parte, tienen razón, salvo en un detalle vital: Her hablaba del futuro. 10.000 Km. del hoy. Del presente. Y lo más estremecedor: de todos nosotros. 

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6 pensamientos en “10.000 Km

  1. SPOILER

    Un cuento de hadas roto por la distancia. A Richard Gere se le olvidó el ramo de flores y trajo una botella de vino. Ese abrazo no era para reunirse sino para despedirse. El amor duele. Una pequeña obra maestra de nuestro cine.

    • Es tu estilo de película total… de esas que el gran público desconoce y que, si conociera, cambiarían su concepto del cine español y todos sus prejuicios contra él. Yo la vi el otro día por segunda vez y me gustó más que cuando la vi en el cine. La prueba de que con 4 duros se pueden hacer grandes películas.

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