Man on Wire

La mañana del 7 de agosto de 1974 se produjo el que más tarde fue denominado como “el crimen artístico del siglo XX“. Ese día, la gente que se encontraba paseando alrededor de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, fue testigo de un hecho sin precedentes: observó como en el cielo, entre ambos edificios, se encontraba suspendido un hombre durante 45 minutos. En efecto, el funambulista francés Philippe Petit, a la edad de 24 años y desafiando a las leyes de la gravedad y al propio sistema judicial americano, consiguió entrar a formar parte de los libros de historia protagonizando una hazaña que dio la vuelta al mundo y que recoge el documental “Man on wire” (James Marsh, 2008). Con la ayuda de un grupo reducido de amigos (“es probable que todos acabemos detenidos”, decían) y tras pasar seis años estudiando meticulosamente su plan, Petit consiguió cruzar ambas torres con la única ayuda de un alambre, a más de 400 metros de altura. Llevaba de equipaje únicamente su talento.

Aunque en un principio pueda parecer una historia poco cinematográfica, lo cierto es que Man on wire resulta uno de los documentales más entretenidos jamás rodados. A pesar de que existe un rechazo generalizado en una parte de la sociedad al propio término documental, la verdad es que esta pieza audiovisual de hora y media de duración no defraudará a nadie, mucho menos a los amantes de las buenas historias. Y es que era cuestión de tiempo que la vida del acróbata más famoso de todos los tiempos quedase reflejada en la gran pantalla. Con guión del propio director, el cineasta se sirve de recursos tales como el propio testimonio a cámara del protagonista y sus cómplices, de grabaciones domésticas de la época y, finalmente, de las dramatizaciones necesarias para otorgar a la historia de un envoltorio narrativo lo suficientemente coherente -a pesar de que éstas sean las partes menos atractivas del relato-. Empleando técnicas audiovisuales como la pantalla partida, imágenes en blanco y negro e incluso fotografías fijas, Marsh hace un repaso a la biografía del artista y estructura su documental en las tres partes clásicas de la narración, que aparecen claramente diferenciadas: la presentación (donde se nos muestra cómo empezó nuestro protagonista a sentir interés por la profesión de funambulista, además de otros trabajos suyos anteriores como en la catedral de Notre Dame ), el nudo (los problemas a los que se debe enfrentar para llevar a cabo su sueño) y el desenlace, donde vemos por fin realizado ese deseo de Philippe Petit, además de las consecuencias -legales y sociales- que supuso. La hermosa música a piano, por último, es el otro gran recurso que usa el director para dar profundidad a la narración.

El premiadísimo documental, ganador entre otros del Oscar y el BAFTA al mejor film británico, se apoya en dos grandes bazas: por un lado, la perfecta sincronización entre lo que los protagonista del logro están narrando y lo que la cámara nos muestra. En este sentido, el trabajo de montaje es espectacular. Por otro lado, el hecho de que lo que se nos está contando haya sucedido realmente yque sus imágenes sean de las más famosas de la cultura popular americana, no sólo eleva considerablemente el interés por la historia, sino que además la dota de una magia especial; magia a la que contribuye, inevitablemente, el hecho de que esas Torres Gemelas, escenario de la hazaña, ya no existan, mientras que el propio protagonista, ese que todo el mundo daba por muerto si finalmente decidía a jugarse la vida intentando algo tan descabellado como cruzar de un edificio a otro, sí. Un detalle que invita a la reflexión y que revela que nada puede darse nunca por sentado en la vida. Además, uno de los grandes aciertos del realizador, es haber dejado aparcado toda la temática del 11-S, desechando de la historia cualquier tinte político o referencias a estos trágicos acontecimientos. No es esta la intención, desde luego, de “Man on wire” y hubiese sido un error hacer lo contrario.

“Lo que verdad me atraía es el sueño de hacer algo imposible, y al mismo tiempo hermoso”, reza uno de los testimonios del Petit (encarnado por el Paul McGill en las recreaciones). Y se puede decir que lo consiguió: el acróbata no sólo logro una de las proezas más admirables de cuantas se recuerden, sino que además nos dio a todos una verdadera lección de lo que significa realmente tener un don y saber exprimirlo hasta la última gota, a pesar de que dicha facultad pueda llevarte hasta la propia muerte -en este caso, con la simple pérdida de concentración durante unas milésimas de segundo-. Algo que sabían muy bien los ayudantes de Petit, sin los cuales hubiese sido imposible lograr su misión; resulta emocionante ver cómo, casi treinta años después, no pueden evitar emocionarse al narrar en primera persona todo lo que sintieron en el momento de ver a su amigo andando por el cielo: “Era como si caminara como una nube; estábamos extasiados viendo esa imagen de Philippe tumbado ahí arriba“, cuentan, refiriéndose al momento en el que el propio acróbata se sentó y empezó a saludar a los testigos, que se dividían entre los que consideraban el espectáculo como una bella proeza y los que lo calificaban de una locura, un estúpido sinsentido. 

Quienes vivan el documental y logren ver más allá de su fachada, podrán comprobar la profundidad de su mensaje y todo lo que simboliza este logro histórico; serán personas que hayan entendido que siempre hay que luchar por nuestros sueños, por peligrosos que puedan resultar, y se emocionarán con las últimas palabras del film: “La vida debería vivirse al límite; hay que rebelarse, no someterse nunca a las normas, renegar del mérito propio, no repetirse a sí mismo,ver cada día, cada año, cada idea, como un verdadero reto… “. Esta frase del propio Philippe pone el broche de oro a un documental ágil, absorbente y que, mínimo, hay que ver una vez en la vida. Quizá así terminemos por apreciar el valor del verdadero esfuerzo. 

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