El círculo

Las nuevas tecnologías están tan presentes en nuestras vidas que, a menudo, olvidamos que son un arma de doble filo. Un caramelo envenenado. ¿Son útiles? Indudablemente. Pero bien es sabido que donde existe el Paraíso -búsqueda de información instantánea, contacto directo con familiares y amigos y mil cosas más- también existe el Infierno. Y es aquí, justo aquí, donde encuentra su razón de ser El círculo (2017), el nuevo trabajo de James Ponsoldt, director de las estimables Aquí y ahora (2013) y The End of the tour (2015). Adaptación del fenómeno editorial homónimo de Dave Eggers, un auténtico best seller, principalmente entre el público juvenil, esta amalgama de thriller, drama y ciencia ficción es un trabajo que reflexiona sobre los peligros de Internet de una forma muy didáctica, amena y con una clara (y sana) vocación de llegar a todos los públicos. El resultado es una película de trazo limpio, inusitadamente entretenida y con un poder hipnótico fuera de toda duda.  

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Sully

Siempre he sido un ardiente entusiasta del cine de Clint Eastwood. Desde que tengo uso de razón lo he considerado uno de los más grandes directores en activo, poseedor de una extraordinaria sensibilidad tras la cámara, una habilidad innata para contar historias apasionantes y un gran conocedor de la condición humana. Por eso me pregunto en qué momento dejó de interesarme su cine o, dicho de otra forma, dejé de esperar sus películas como agua de mayo. Hago la vista atrás y descubro que ese punto de inflexión se produce a partir de esa -incomprendida, infravalorada- obra maestra llamada Más allá de la vida (2010), una de las películas más valientes, arriesgadas y desgarradoras de la filmografía del director americano. De ahí para atrás soy incapaz de detectar tropiezo alguno en la carrera de tan brillante creador. Sin embargo, es, ya digo, a partir de hace algo más de un lustro hasta la actualidad cuando Eastwood ha ido encadenando proyectos tan descafeinados como torpes. Películas tan rutinarias, planas y, en algunos casos, malas, que parece mentira que hayan sido firmadas por él. Me estoy refiriendo a: J. Edgar (2011) -quizá la peor película de su cosecha-, Jersey Boys (2014), El francotirador (2014) y, finalmente, la que hoy nos ocupa: Sully (2016), trabajo que acentúa el declive cinematográfico del otrora maestro Clint Eastwood. 

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Al encuentro con Mr. Banks

A pesar de que desde la trinchera combativa se acuse a Al encuentro de Mr. Banks (John Lee Hancock, 2013) de almibarada, cursi y partidista, lo cierto es que esta historia sobre cómo se cocinó Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), es recomendable no sólo a los que dicho clásico ha marcado de alguna u otra forma, sino a los amantes de las buenas películas. Aunque es cierto que al estar producida por Disney se intenta dulcificar la imagen del mítico magnate americano -nunca se hace referencia, por ejemplo, que uno de los máximos intereses de éste por hacerse con los derechos de la novela original era el económico-, la obra nos termina ganando por su clasicismo y consistente empaque formal. Al encuentro de Mr. Banks no es una gran película y sus escenas perdurables se cuentan con los dedos de una mano, pero hay algo en ella que nos seduce: la forma tan original de revivir, medio siglo después, el clásico que catapultó a Julie Andrews como reina del musical -y musa de los niños de medio mundo- y, por qué no decirlo, el poder ser testigos del proceso de guión de uno de los buques insignia de la factoría Disney

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Philadelphia

“Todos los problemas tienen solución”, la ilustrativa frase que repite una y otra vez el  personaje de Tom Hanks frente al espejo en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) sirve para explicar el germen de esta película clave en la década de los 90. Porque, en efecto, era un problema que todavía no se hubiese abordado el drama del SIDA en el cine americano; o, al menos, con la profundidad y la magnitud con el que está desarrollado este espinoso tema en la nueva película del director de El silencio de los corderos (1991). Demme plasmó en Philadelphia el temor con el que se vivieron los primeros años de este virus mortal, una imparable epidemia sobre la que existía mucha desinformación por aquel entonces; la película sirvió para arrojar un poco de luz a tal vidrioso asunto, a la vez que ayudó a concienciar a la sociedad de que los seropositivos no eran monstruos, sino personas de carne y hueso que tenían que enfrentarse a la marginación de una sociedad en la que no terminaban de encajar. Es el caso de Andrew Beckett (Hanks), un prestigioso abogado al que sus jefes no tendrán piedad en despedir en cuanto se enteren que ha contraído el sida. Convencido de que se trata de un despido improcedente, Beckett se pondrá en manos del también abogado Joe Miller (Denzel Washington), que deberá demostrar ante un tribunal que la empresa en la que trabajó su cliente cometió una terrible injusticia al despedirlo. 

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