Calvario

De entre todas las ramificaciones con las que cuenta el cine de terror, Fabrice Du Welz apostó por la vertiente psicológica en la, a partes iguales, inquietante y desasosegante Calvario (2004). El cineasta belga debutó en la gran pantalla con una historia rural que evoca a títulos como Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977) o La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974). Sin embargo, Calvario esquiva (en buena medida) la sangre y las vísceras para centrarse en la malsana, nociva relación que se va estableciendo entre Marc Stevens (Laurent Lucas), un cantante fracasado que se dedica a actuar en residencias de ancianos, y un extraño personaje, que se irá desvelando como un trastornado en potencia, que acoge a Stevens en su solitaria casa cuando éste tiene una avería con su furgoneta en mitad del bosque. En su arranque, potente y prometedor, ya es palpable que los acontecimientos no irán por el buen camino, en parte por la opresiva y sucia atmósfera en la que Du Welz envuelve su relato. El gran acierto de esta desconocida cinta belga es su funambulesco equilibrio entre el thriller localista y su capacidad de nutrirse de los miedos más primarios del ser humano -soledad, represión, locura, indefensión-.

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Tenemos que hablar de Kevin

A pesar de que la adolescencia problemática ha sido un tema bastante socorrido a lo largo de la Historia del Cine -desde Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955) hasta El buen hijo (Joseph Ruben, 1993)- en Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), se aprecia una firme voluntad de apartarse de los cánones del subgénero y filmar un relato con personalísima identidad. Adaptación de la novela homónima de Lionel Shriver, la directora filma un relato de amor fraternal de tintes oscuros, recónditos y, en última instancia, siniestros. El film narra el proceso evolutivo -desde el mismo periodo de gestación hasta la edad adulta- de Kevin (Ezra Miller), el hijo primogénito de un matrimonio tan aparentemente envidiable como el formado por Eva (Tilda Swinton) y Franklin (John C. Reilly). A lo largo de sus 110 minutos, la cineasta explora la compleja personalidad de un ser aquejado -ya desde sus primeros días de vida- de unas más que evidentes deficiencias mentales que, con el paso de los años, no harán sino agudizarse; en este sentido, la radiografía que elabora Ramsay acerca de la esquizofrenia y, por ende, de la locura -en el seno familiar-, es excelente.

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La cara oculta

Cuatro años después de sorprender con su opera prima, Satanás, perfil de un asesino (2007), Andrés Baiz volvió a adentrarse en el thriller en la igualmente incómoda La cara oculta (2011). De tintes psicológicos, paranormales e, incluso, de terror puro y duro, esta coproducción entre España, Colombia y USA, desgrana la historia del español Adrián (Quim Gutiérrez), un músico de Orquesta que le comunica a su novia Belén (Clara Lago) que le han contratado en la Filarmónica de Bogotá para dentro de 15 días. Aunque al principio le cuesta asimilar la noticia, la joven termina accediendo a trasladarse a vivir con él, a miles de kilómetros de su tierra. Una vez instalados, y tras descubrir que su novio tontea con una de sus compañeras de trabajo, la chica desaparece sin dejar rastro. Lo único que deja es un vídeo de despedida. ¿Cuáles son las verdaderas razones de la marcha de Belén? ¿Tiene Adrián algo que ver en este turbio asunto? Con estas y otras cuestiones sobre la mesa, el director colombiano destripa, con éxito, una trama hábilmente urdida en la que el público no deja de hacerse preguntas. 

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Saw

Hay una regla escrita en los manuales de cine que reza que “un buen final puede arreglar una mala película”. Saw (James Wan, 2004) no es, desde luego, una mala película, más bien todo lo contrario: dignificó un género tan denostado como lo es el gore apostando por un guión inteligente, repleto de matices y de giros argumentales destinados a la sorpresa continua al espectador. A medio camino entre el thriller psicológico, el terror y el propio género gore, Saw sorprendió a propios y extraños por tratarse de una de las apuestas más innovadoras, sorprendentes y asfixiantes que había dado el cine en años. Pero por lo que esta película ha pasado a convertirse en un título imprescindible y provocó un tremendo impacto en su presentación en festivales como Sundance o Sitges fue, como digo, un apoteósico final que no sólo supone uno de los puntos de inflexión más lapidarios que el que esto firma sea capaz de recordar, sino que además obliga a volver a replantearse toda la película. Y, aunque el nivel que mantiene el film es notable, este inesperado desenlace es la que hace sumar varios enteros a una película catapultada en estos últimos minutos a la categoría de obra maestra. 

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La habitación de Fermat

El terreno del thriller psicológico no está tan explotado como debería dentro del cine español. Es por ello que son especialmente bienvenidas propuestas como La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007), el debut en la dirección de estos dos amigos curtidos en el ámbito televisivo. El punto de partida de esta estimulante ópera prima, que se desarrolla en una claustrofóbica habitación en la que han sido citados cuatro brillantes matemáticos por alguien desconocido, bebe de clásicos como Diez Negritos, popular novela de Agatha Christie que cuenta con infinidad de adaptaciones cinematográficas, y de la mejor filmografía de Alfred Hitchcock como La soga (1948) o Crimen perfecto (1954), al tratarse de una película cuya acción se desarrolla en un único escenario. Sustentada en un notable quinteto protagonista  -Alejo Sauras, Elena Ballesteros, Lluís Homar, Santi Millán y Federico Luppi- la película nos sorprende, tras un breve prólogo, con unos de los más originales y trabajados títulos de crédito que nos ha ofrecido en mucho tiempo el cine español; no sólo supone minuto y medio de poesía audiovisual, sino que en ellos se introducen, además, sutiles pistas con las que poder averiguar quién es el malo de la función o, como apuntan ellos, “el lobo”. Porque estos personajes, una vez en el apartado lugar donde han sido reunidos,  descubren que todo ha sido una excusa para acabar con sus vidas. 

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