Contratiempo

Contratiempo (Oriol Paulo, 2016) es, ante todo, una película pensada para el público. Este matiz, al que sin duda aspiran todas las películas -ningún director rueda una película sin pensar en los espectadores que más tarde la disfrutarán-, se cumple en esta ocasión de forma más que explícita. El nominado al Goya al mejor director novel por El Cuerpo (2012), confecciona en su segundo largometraje un espectáculo para que los que somos adictos al cine negro y a los giros de guión capaces de dejarnos con la boca abierta, nos lo pasemos pipa. Y vaya si lo consigue. No son muchas las películas que se estrenan que, al margen de que estén mejor o peor hechas, te tengan con un nudo en el estómago todo el metraje al tiempo que consiguen que te hagas mil y una preguntas sobre cada uno de sus personajes, sin saber nunca quién dice la verdad o quién miente. Todo esto, a priori algo muy fácil de lograr pero en el práctica verdaderamente difícil, lo consigue Contratiempo, un eficaz truco de magia de 100 minutos de duración que me ha tenido embobado de principio a fin. 

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El cuerpo

Siguiendo la estela de películas de cine negro clásicas de la década de los 40 y 50 y calculada hasta en sus más mínimos detalles, no cabe duda que El cuerpo (Oriol Paulo, 2012), está más cerca de ser un juego de intriga que una película en sí. Tomando como referente al mejor Hitchcock y tratando siempre al espectador como un ser inteligente -algo en lo que pecan, a menudo, este tipo de producciones-, el debut en la dirección de Paulo, guionista de la también notable Los ojos de Julia (Guillem morales, 2010), no ha podido ser más satisfactorio. Por un lado, porque su punto de partida, la desaparición de un cadáver de la morgue -escenario donde se desarrolla buena parte del film, lo que le confiere a la historia un halo de terror bastante logrado-, resulta tan estremecedor como eficaz a la hora de mantener enganchado al personal. Por otro, por la aparente sutileza con la que el director va regalándonos pequeñas pistas, detalles, con los que el espectador deberá elaborar su propio puzle o explicación de los hechos; una tarea nada fácil debido a sus constantes (e imprevistos) giros de guión y el carácter impredecible de una propuesta engrandecida por su final. 

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