Alien: Covenant

Hay pocas sagas en la Historia del Cine que me vea capaz de defender con uñas y dientes en su totalidad. Por mucho que sea amante de una saga en concreto, siempre encuentro uno o varios capítulos de la misma que me resultan decepcionantes, cuando no malos. Por eso acudo temeroso a mi cita con cada nueva película de la serie Alien porque esta es, precisamente, una de las escasas sagas que nunca ha dejado de entusiasmarme. Porque, aunque la lista de películas que la integran sean mejores o peores, todas me terminan ganando porque me dan exactamente lo que les pido. No obstante, con Prometheus (Ridley Scott, 2012) esta relación de amor casi se va al traste. ¿Era mala? En absoluto, pero sí era la más floja de todas las rodadas hasta la fecha, ahogada en su (impostada) pretenciosidad y sin escrúpulos a la hora de traicionar una de las reglas fundamentales de la serie: dar miedo de verdad. Prometheus era visualmente impoluta, y tenía escenas muy logradas, pero la presencia de las criaturas malignas era tan escasa que casi había que parar la película para presenciarlas. Sin embargo, y a pesar de que despertó mis temores de que a partir de ahí todo fuese cuesta abajo, Prometheus me gustó. Pero nada comparado con Alien: Covenant (2017), su secuela, sin duda la entrega más visceral, entretenida y gore de la saga.

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X-Men: Primera generación

Aunque X-Men 3 (Brett Ratner, 206) dejaba las puertas abiertas para la continuación de la saga, la tibia aceptación por parte de la crítica y de los fans de los cómics condenaron a la franquicia a la pena de muerte. No ayudaron demasiado los spin off del personaje de Lobezno (Hugh Jackman) que, lejos de contribuir en avivar el interés por la misma, se recibieron con el mismo desinterés, en parte porque no contenían un ápice del espíritu ni del universo de los mutantes alumbrados por Stan Lee. Por eso X-Men: Primera Generación (2011) fue acogida con tanto entusiasmo: porque consiguió resucitar una serie estancada, casi en el olvido. El responsable de la hazaña fue el británico Matthew Vaughn, cineasta elegido por Bryan Singer -director de X-Men (2000) y X-Men 2 (2003)- para ponerse al frente de la mencionada X-Men 3, labor que abandonó dos semanas antes de comenzar el rodaje, siendo finalmente Brett Ratner el elegido. La labor de Vaughn es aún más merecedora de elogio al tratarse de la película más arriesgada de la franquicia, en parte por encuadrar esta historia sesentera, nostálgica y bondiana a más no poder con capítulos claves de la Historia de telón de fondo, como la Guerra Fría, el conflicto nuclear o la crisis de los misiles en Cuba. Realidad y ficción nunca habían caminado tan de la mano.

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12 años de esclavitud

Que la Academia de Hollywood tiene especial debilidad por las películas sobre el racismo, la superación personal o sobre aquellas que penetran en alguno de los capítulos de la Historia USA no es ningún secreto. Quizá por ello, 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013), adaptación de la autobiografía de Solomon Northup sobre sus vivencias como esclavo en la América sureña, se ha vendido como “la gran favorita” de estos premios. Pocas veces una obra goza de un beneplácito tan aplastante de la crítica. Y, claro, las expectativas se disparan. No las de un servidor, al que el oficio de crítico de cine le ha enseñado a ser, ante todo, cauteloso. El tiempo me ha instruido a no dejarme llevar por las corrientes mayoritarias, tanto si son condescendientes con un producto como si no. Dicho lo cual: sin poder superar a El mayordomo (Lee Daniels, 2013) como gran decepción del año, 12 años de esclavitud se queda cerca. El nuevo proyecto del director británico no es tan tramposo ni manipulador como el desastre de Daniels, pero lleva grabado a fuego algo peor: sus ganas de convertirse en “La Gran Película sobre la Esclavitud”. Y al que esto firma, que no cree que por abordar un asunto espinoso en cine -ni siquiera el de la trata de esclavos, con las consabidas alabanzas de los Académicos- te convierta automáticamente en una gran película, le da por reírse. 

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Shame

Ha sido catalogada como la película más provocadora y salvaje del año y, su protagonista, Michael Fassbender, se ha convertido, por méritos propios y a pesar de su dilatada trayectoria cinematográfica (Malditos Bastardos, Hunger), en la gran revelación de los últimos años gracias a este film. Pero Shame (Steve McQueen, 2011), más allá de su indudable condición de ser una de las cintas británicas más polémicas de todos los tiempos, es una historia de carnalidad desbordante, tan superlativa como repleta de capas, en donde siempre hay que mirar más allá, indagar en su infinita profundidad…

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