La Reina de España

18 años después de la triunfal acogida de La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998), se estrena la secuela de esta película que consiguió una conexión con el público casi mágica. Quizá porque la regocijante galería de personajes que Rafael Azcona y el resto de guionistas crearon en esta primera parte eran tan humanos, tan reconocibles, que cualquiera podíamos identificarnos con ellos. Casi dos décadas después el director madrileño se reencuentra con toda esta tropa de personajes impagables que tan dentro quedaron grabados en la memoria colectiva y nos muestra en qué han cambiado sus vidas. Dirigida y escrita por él, si algo vuelve a poner de manifiesto La reina de España (2016) es el extraordinario director de actores que es Fernando Trueba. Al igual que en la primera parte, sorprende cómo a lo largo de sus dos horas largas de duración, les da oportunidad a todos y cada uno de sus actores a lucirse y tener su momento de gloria. Este hecho, a priori nada significativo, es tremendamente difícil de conseguir en una película coral, donde a veces unos personajes quedan deslucidos o pasan totalmente inadvertidos. Aunque algunos tienen evidentemente más peso que otros -Resines, Cruz, León-, todos tienen ocasión de brillar, de seguir demostrando que su talento interpretativo permanece intacto.

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El artista y la modelo

“El tiempo no importa: importa la idea”. Es una de las lapidarias y más significativas frases que se pueden escuchar a lo largo de El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012), la cinta más personal de toda la filmografía del cineasta madrileño y, sin duda, su más contundente obra maestra tras la aclamada Belle Époque (1992). Dicha reflexión bien podría usarse como pretexto para empezar a hablar de una película que desafía los cánones de buena parte del cine actual y apuesta por la contemplación, por el silencio, por las pausas. Trueba, en efecto, sabe que lo que importa es la idea -o el conjunto de ideas-, y, en este artefacto tan redondo como alérgico a la pedantería, de importantes tintes autobiográficos, se propone mostrar la estrecha relación que surge, en pleno contexto de la II Guerra Mundial, entre un artista retirado (Jean Rochefort) asqueado con el mundo actual y afincado en la frontera francesa, y una exiliada española (Aida Folch) convertida por un capricho del destino en su nueva musa. A raíz del potente vínculo que surge entre ambos, el realizador y  también guionista -junto con Jean-Claude Carriere- habla de la muerte, la guerra, el arte o el paso del tiempo. Temas universales que el director disecciona con mayor o menor intensidad, pero que siempre están ahí, latiendo como un inexorable telón de fondo, aportando solidez a una obra que ya de por sí parte de una idea tan consistente como superlativa.

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