Incautos

Desde que Tony Leblanc abriese la veda con el mítico Timo de la estampita en Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959), el cine hispano ha parido, con mayor o menor fortuna, películas basadas en los llamados pillos callejeros, timadores de poca monta, amigos de lo ajeno. Incautos (Miguel Bardem, 2003) es uno de los ejemplos más destacados. El director teje una telaraña de personajes que se dedican a mentir los unos a los otros para, de paso, dar algún quebradero de cabeza al espectador que, hasta su potente giro final, nunca sabrá quien engaña a quien. Puede que la contribución de Bardem al género sea escasa -la sensación de déjà-vu está presente de principio a fin- o que la maraña de situaciones que van sucediéndose no dispongan de la suficiente cohesión -como si la ficción no fuese más que un cúmulo de delitos intercambiables, dispuestos sin ningún orden, fruto de un libreto alambicadamente meándrico-, pero nadie negará a Incautos que está rodada con ganas, con cierta ambición. Su estilo narrativo, raudo y vigoroso, se ve potenciado por ese espíritu caricaturesco reflejado en recursos visuales como la pantalla partida, la cámara lenta, el congelamiento de la imagen o el propio Ernesto Alterio interpelando directamente al espectador a través del objetivo de la cámara…

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Sin retorno

Si algo caracteriza a buena parte del cine argentino, al igual que al francés, es por invitar al espectador a la reflexión. Sin retorno (Miguel Cohan, 2010) no sólo hace pensar, sino que además es una de las más impúdicas y nada complacientes miradas a las entrañas de un sistema judicial podrido, obsoleto. El debut tras la cámara del que fue ayudante de dirección de películas como Plata quemada  o El método (Marcelo Piñeyro, 2000-2005), tardó cuatro años en escribir con su hermana una historia basada en la contaminación que los medios de comunicación, también conocidos como cuarto poder, ejercen no sólo sobre las sentencias judiciales, sino al conjunto de la sociedad; una sociedad que, amparada en el rumor y bulos varios, no duda en omitir un principio tan básico del Derecho como es la presunción de inocencia para señalar con el dedo y criminalizar al sospechoso de turno. Y es que si de algo puede presumir Sin retorno es de ambición temática, esquivando en todo instante los manidos derroteros del morbo y construyendo un relato valiente, realista y necesario.

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La habitación de Fermat

El terreno del thriller psicológico no está tan explotado como debería dentro del cine español. Es por ello que son especialmente bienvenidas propuestas como La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007), el debut en la dirección de estos dos amigos curtidos en el ámbito televisivo. El punto de partida de esta estimulante ópera prima, que se desarrolla en una claustrofóbica habitación en la que han sido citados cuatro brillantes matemáticos por alguien desconocido, bebe de clásicos como Diez Negritos, popular novela de Agatha Christie que cuenta con infinidad de adaptaciones cinematográficas, y de la mejor filmografía de Alfred Hitchcock como La soga (1948) o Crimen perfecto (1954), al tratarse de una película cuya acción se desarrolla en un único escenario. Sustentada en un notable quinteto protagonista  -Alejo Sauras, Elena Ballesteros, Lluís Homar, Santi Millán y Federico Luppi- la película nos sorprende, tras un breve prólogo, con unos de los más originales y trabajados títulos de crédito que nos ha ofrecido en mucho tiempo el cine español; no sólo supone minuto y medio de poesía audiovisual, sino que en ellos se introducen, además, sutiles pistas con las que poder averiguar quién es el malo de la función o, como apuntan ellos, “el lobo”. Porque estos personajes, una vez en el apartado lugar donde han sido reunidos,  descubren que todo ha sido una excusa para acabar con sus vidas. 

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Martín (Hache)

Cuando el escritor y guionista de cine argentino Adolfo Aristarain rodó -la que para muchos es considerada la gran obra de su filmografía- Martín (Hache) (1997), el cineasta ya era responsable de obras como Un lugar en el mundo (1991) que bien podría ser también el título de esta película. Porque esta historia de conflicto generacional y de búsqueda de la felicidad que es Martín Hache se sustenta en un cuarteto protagonista que lucha por encontrar la felicidad, su propio camino, su lugar en el mundo. A través de una corrosiva y vertiginosa riada dialéctiva, el director nos presenta una obra que se apoya principalmente en un genial guión, que se revela aquí como el ingrediente principal para que la historia funcione. En efecto, son precisamente estos acertados diálogos -discursivos en muchos casos- los que otorgan al film, no sólo de un cierto aroma de teatralidad, sino también de una potente fragancia reflexiva, mordaz, hiriente, sarcástica… elevándolo a la categoría de culto. 

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